Una parodia: «El Grito», descremado

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Francisco Rodríguez _________

Aunque resulte difícil de creer, hubo un tiempo en el que la maquinaria del aparato político estaba reluciente y aceitada. Su motor era como el de un Ferrari; su suspensión, parecía de Alfa Romeo. Sus conductores eran puros campeones del engaño sutil.

El aparato político –del que el llamado Partido Oficial era un brazo operativo más, sólo una franquicia– era una serie de engranajes en los que todos los miembros del gabinete opinaban, sugerían y solucionaban en su terreno las frustraciones de los candidatos y todos los intentos fallidos.

Asumían las responsabilidades de las decisiones mal tomadas, aunque en ello fuera en juego la mitad de su carrera. Eran unos profesionales que, antes de pensar en el porvenir personal, sudaban la camiseta tricolor, con eficiencia y pundonor.

Sí, claro, hacían negocios y se enriquecían. Pero dejaban algo para los demás y a veces hasta para el país. Ayudaban hasta personalmente a los pobres que se les acercaban. No se encerraban en una cueva de sicarios y extorsionadores. Daban la cara.

‎Las excepciones de quienes se enriquecían a lo bruto estaban muy señaladas: los alemanistas y los hankistas. Aunque Alemán –Valdés, no su hijo, ese pobre diablo con nistagmus– tuvo la precaución de que sus capitanes de negocios nunca ejercieran oficialmente en cargos públicos.

Con «El Profeta» Hank no pasó lo mismo. En el grupo Atracomulco, el prevaricato era no sólo consigna, sino santo y seña. Al tomar posesión cualquier miembro del gabinete estatal mexiquense, por ese solo hecho, ya estaba invitado al «banquete de Petronio».

‎Desde que los toluqueños se sentaban en su escritorio adquirían todas las canonjías del soborno, la extorsión y el chantaje. Además, eran habilitados como miembros efectivos de los Consejos administrativos de las empresas proveedoras del Estado de México.

‎En el famoso rejuego de destruir para volver a construir y ganarse los jugosos «moches» eran unos obsesivos. Había carreteras que, recién inauguradas, eran «levantadas», para volver a construir otra, con ligeras variantes.

Lo mismo pasaba con los carros que adquirían en las ensambladoras establecidas en ese pequeño territorio. Eran desechados con poco kilometraje, para que el gobierno estatal adquiriera otras flotillas más nuevas, «en mejores condiciones», todo a cargo del torturado erario.

El enriquecimiento de los clanes alemanista y hankista no tenía más ciencia. Metían las manos y robaban a mansalva, sin algún falso pudor, sin recato, sin compasión por el «por supuesto»‎, perdón, el presupuesto.

‎A los políticos que en ese sexenio, ya no les tocaba «hueso», ni con$ideraciones, se conformaban con ser invitados a la celebración anual del cumpleaños de «El Profe», en su rancho San Catarino, donde eran objeto de tratos suavecitos, golpecitos en la espalda, un «ya iremos viendo cómo se cargan los dados»… y tan tán.

 A López Mateos, lo querían; a De Gaulle, lo necesitaban

 Pero era otro carro. Eran otros López. El aparato político nacional, suplía y complementaba esos fraudes maquinados. Eran tiempos en los que, a una sola ocurrencia, por ejemplo, de recibir al presidente africano que aterrizaba mañana…

… el aparato solito de la CNOP del D.F., «convocaba», en sólo unas horas, a cientos de miles de ambulantes, taxistas, vivienderos, tianguistas, y todo tipo de favorecidos con mínimas concesiones de un metro de banqueta…

… y acudían, como un solo hombre, en cientos de miles, a vitorear, con una sinceridad y emoción que de fuera parecía real a los «distinguidos invitados», aunque los huéspedes fueran caciques atrabiliarios en las estepas africanas o en las montañas asiáticas o sabanas latinoamericanas, bajo su mando macabro.

Largas filas, desde el Aeropuerto capitalino, en cuyas gradas sólo se sentaban los jefes, los operadores de la gigantesca multitud, repleta la avenida Fray Servando, y ya no se diga el Zócalo capitalino, donde el barullo llegaba a ser ensordecedor y disciplinado.

Los visitantes «distinguidos» jamás habían visto una cosa igual, en cualquier parte del mundo que hubieran visitado. A los pocos días, llegaba una comitiva, enviada ex profeso a aprender y asimilar las técnicas de «persuasión» de masas, de «buen gobierno». Era imposible.

Así paso con Sukarno, Tito, Nyerere, Sengor, De Gaulle, Kennedy y quién usted se imagine. El trato principesco y hasta rayando en lo divino, que les daban los «acarreados» de México, era, simplemente enloquecedor.

Al preguntarle De Gaulle a López Mateos, cómo lograba que la gente se comportara de ese modo, el mexiquense le contestó –mientras saludaba a la multitud con sus característicos ademanes–, la mirada al infinito:

«Es que a mí la gente de México me quiere, mi General».

El héroe de la resistencia gala, perplejo ante tal desplante, sólo pudo contestarle:

«A mí en Francia no me quieren, sólo me necesitan, señor Presidente».

 Presas del delirio, los Presidentes creían sus mentiras

 Esta anécdota, que le dio la vuelta al mundo, lo reflejaba todo. Los mandatarios, presas del delirio se creían sus propias mentiras, y hasta se engañaban con una realidad prefabricada, que nunca reflejó el fondo de los malestares, menos de las necesidades inaplazables.

En los tiempos dorados, las elecciones, ganadas de antemano, hasta asegurando el número de votos que se obtendrían en cada entidad y en cada región. Los candidatos de la «oposición», designados previamente, sabían días antes hasta por cuántos votos iban seguramente a perder, en favor de las cuentas del «elegido».

‎El voto corporativo estaba «amarrado», mejor que en cualquier dictadura de piojito. Los caciques regionales, subvencionados por los aparatos crediticios oficiales, eran implacables en su eficiencia electoral y de movilización.

Los gobernadores eran sólo los responsables de que «no se alborotara la gallera «en los «palenques» de sus terruños. Pero también eran gente que se dejaba ayudar y tenían la gracia de contar con dos dedos de frente.

Los responsables sabían mover «los hilos del poder». Ejecutores del «toma y daca», de la gracia y el castigo, de la ley de premios y recompensas políticas. Parecía que gobernaba un aparato infalible.

El pueblo mexicano «raso» tenía un comportamiento parecido a los animalitos sujetos a los experimentos de Pavlov. Ante cualquier estímulo secretaba aires de futuro, esperanzas de ascenso, muchas veces truncadas desde el inicio.

Pero los políticos sabían engañar, lo hacían hasta con poses prosopopéyicas y palabras dignas de un Demóstenes.‎ En nombre de «la Revolución», todo se podía hacer, nadie podía alegar contra ese argumento, que funcionaba como freno de mano, y como palanca de amenazas.

 Y todavía venden hasta lo que no es suyo

 Pero, «tanto va el cántaro al agua, hasta que se rompe». Los gobernantes, elegidos entre la casta de los hijos de los hijos, se tornaron soberbios, se creyeron inmunes‎, se perdieron en los laberintos del halago y el frenesí del poder omnímodo.

Llegó el momento en que hasta una mujer despechada, como Carmen Romano de López Portillo, llegó a ordenar a sus ayudantes que le escrituraran el inmueble de la sala Ollin Yoliztli…

… al fin y al cabo ella había tocado el piano, en sus años mozos de extra cinematográfica..Como ese ejemplo, muchos (hasta la fecha, en que los rematadores de lo que no es suyo, confunden vender un mechero, con una zona geográfica de exploración y explotación petrolera).

Lo hacía, bajo el argumento de que «nadie podía decirle que no… al cabo era la primera dama, la esposa del mero Presidente de la República». Esto, que pudiera parecer ficción, fue relatado por su jefe de finanzas, treinta y cinco años después, todavía presa de la aflicción.

 Pareciera que EPN trae encima la espada de Damocles

 Cuando ganaron los panistas, fueron cautivos de la molicie y la sangre, tronaron para no volver jamás, afortunadamente. Las patéticas escenas de la noche de «El Grito» en Palacio Nacional, el pasado 15 de septiembre, son el «fin de fiesta» de esa tragedia política.

Unos cientos de «acarreados» de los suburbios de Ecatepec y Chalco –del Estado de México, but of course— gritando «a medio gas», consignas insulsas‎. Un mandatario temeroso, con los ojos saltones, exageradamente maquillado, desganado, teniendo que leer en el teleprompter hasta cada uno de los nombres de los héroes nacionales, sin posibilidad física de entusiasmar al respetable.

Rogando a Dios que pasaran rápido los 15 minutos de exposición pública, precedidos de infames parodias televisivas, protagonizadas por los actores de telenovelas fresitas, con vedettes de la casa, disfrazadas de «adelitas». Una vergüenza internacional, captada a toda cámara por corresponsales extranjeros.

Un Presidente que parece que trae sobre su testa la pavorosa «espada de Damocles». Desconfiado hasta de su propia sombra en los pasillos del «Salón de Embajadores» del Palacio Nacional, al que casi nunca puede ir, por aquello del «no te avientes que está hondo», como decía «Pichoseco», el oráculo tlacotalpeño.

¿Qué sigue?

Esa es la pregunta ante la crisis terminal del Estado mexicano…

Índice Flamígero: El punto de vista femenino, a cargo de Rosi L.N.: «Desde que abrieron las puertas al Presidente, ‘La Gaviota’ saludando con la mano. Fuera de protocolo. Él entro bien, saludando únicamente con la cabeza. Igual le llamaron la atención a ‘La Gaviota’ porque no soltó al Presidente en TODO el evento. Le ponía el brazo atrás o le agarraba la mano. ¡RIDÍCULO! Ni para aplaudir lo soltó. Prefirió quedarse agarrada de su ‘amado’. La cámara tomo vistas por atrás para que viéramos que cariñosa es su esposa… Él muy serio…». Gracias Rosi.

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