Una mujer detective

Carlos Ravelo Galindo, afirma: ________________

Ni duda cabe que la mujer, desde tiempo inmemorial, destaca.

Sor Juana Inés de la Cruz cobra vida y se percibe muy próxima en la grata novela del escritor mexicano Oscar de Muriel, Muerte en San Jerónimo, donde la admirable monja y poeta se convierte en detective y nos ha recordado en algunas coincidencias a Guillermo de Baskerville, el personaje de la magistral obra de Umberto Eco, El nombre de la rosa.

               Lo disfrutamos mejor con una taza de café, como adelante modestamente nos presume, con quien platicamos.

  Nos referimos al libro pues está más detallado que la película homónima, la cual en su género es también excelente y donde el actor Sean Connery interpreta al antiguo inquisidor que visita la abadía de Melk, junto al Danubio.

Ahí, como la reverenda jerónima, resuelve casos criminales, aunque con sus respectivas singularidades.

Y aun cuando la obra de Oscar de Muriel la presenta el editor como “de ficción juvenil”, se puede leer a cualquier edad mientras no se exija o espere algo igual o más complicado que el Ulises de Joyce o los grandes tomos de Tolstoi.

 Es posible pasar tardes de café muy relajadas con su lectura. Reflexiona el también escritor José Antonio Aspiros Villagómez. Y, claro, contribuye con más.

 En Muerte en San Jerónimo (Montena, 1a edición, 2019) son varios los asesinatos por investigar en un contexto donde se presentan dentro del convento las prácticas religiosas tanto católicas como prehispánicas con idolillos incluidos, las diferencias socio-raciales propias de la época, los baúles de doble fondo y hasta las recetas de cocina de aquellos tiempos.

  La novela se desarrolla en 1689, seis años antes de la muerte de Juana Inés, y, en ella, el propio autor lleva la voz narrativa con abundantes y detalladas descripciones, adecuación a la mentalidad de los personajes y cierta reiteración de adjetivos para ambientar estados de ánimo -de terror, principalmente- de sus protagonistas, a fin de contagiar de ellos a los lectores.

Al principio Juana de Asbaje -con 20 años ya dentro del convento- aparece como figura de reparto, mientras que la novicia sor Elena -Alina como nombre de pila- lleva toda la acción principal, compartida con su sirvienta Matea, una indígena muy protagónica en la trama, lo mismo que otras nativas y hasta esclavas africanas.

 Pero, una vez sucedido un crimen y descubiertos otros dentro del convento, para indagar los motivos que llevaron a cometerlos y descubrir al, o a la culpable, es sor Juana quien asume el rol estelar, con Alina y Matea muy de cerca.

En el tiempo que transcurre la historia, finales del siglo XVII, ya la monja de Nepantla carecía de buenas relaciones en la corte virreinal, pero no deja de publicar sus obras en España y, en sus diálogos, suele intercalar sus versos e impacientar a veces a sus interlocutoras.

 En sus primeros capítulos, Muerte en San Jerónimo es una novela de terror, pero conforme avanza la trama se torna policiaca en una época cuando, en lugar de ministerio público, lo que había era el tribunal de la Inquisición.

Y es precisamente el capítulo donde aparecen los inquisidores para investigar la muerte de una monja y los demás casos de que se enteran sobre la marcha, uno de los que más nos gustó por las descripciones casi fotográficas que hace De Muriel de aquellos seres siniestros, lo mismo que del confesor de las internas, algunas de las cuales tienen que romper sus votos en aras de la historia.

 El autor explica al final cómo documentó su relato y qué tanto -muy poco- puede haber de verdad en él, pero sí se perciben fidedignas las descripciones que ofrece de aquella Ciudad de México virreinal, con sus calles, canales, mercados y personajes típicos.

No pierde detalle el literato cuando describe los atuendos, el carácter, los escenarios y el físico de todas las monjas y monjes que aparecen en Muerte en San Jerónimo, desde la “abuela desalmada” de Alina (como la de La cándida Eréndira, pero con distinta actitud malévola), hasta las monjas encadenadas, flageladas o ayunantes, las mujeres de la cocina y los comerciantes que conoce Matea en el mercado, uno de los cuales entra a escondidas al convento y tiene relaciones con una de las sospechosas. Lo cual también nos recuerda una escena de El nombre de la rosa.

Con el apoyo de un croquis tomado de la tesis Arqueología monacal (INAH, 1981), de Guillermo Pérez Castro Lira (1952-2003), y que además está reproducido en la novela con ligeras alteraciones ad hoc, Oscar de Muriel lleva al lector por las entrañas y penumbras de un convento donde las internas compraron su celda, tienen sirvienta, sufren pesadillas demoniacas, algunas poseen libros como en el caso de sor Juana y sor Elena -más de cuatro mil, la primera-, y comen como benditas hasta que una nueva abadesa impone disciplina, austeridad y limpieza. Y no más sangre.

Al final se descubre el enigma de las muertes dentro del convento, luego de un desfile de personas sospechosas que ayuda a dejar en suspenso los varios capítulos de que consta la novela, no numerados ni con índice porque así se estila hoy en la producción editorial, sino con títulos alusivos a su tema, algunos en latín.

Con un doctorado en ingeniería química, y traductor y violinista por añadidura, el escritor Oscar de Muriel reparte su tiempo entre Inglaterra y México.

Tiene larga carrera como autor de novelas de corte policiaco.

Hizo una serie de obras con el detective McGraw y el inspector Frey como protagonistas.

Algunos de sus títulos son La fiebre de la sangre y La sonata del diablo y, qué creen: la segunda parte de Muerte en San Jerónimo, bajo el título de La sangre es tinta, donde aparece, o más bien desaparece, don Carlos Sigüenza y Góngora.

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