Todos, después de todo somos historia

Carlos Ravelo Galindo, afirma: ______________

Don Claudio Raúl González Huerta, es un nuevo escritor que pide a todos nuestra opinión sobre su trabajo, que reproducimos íntegro.

Gente estudiosa como él honra a México, a los maestros.

Pero sobre todo a su madre Claudia Guadalupe y a su abuela Lupita, con quienes vive en Acolman, estado de México.

Empezamos:

“Siempre he tenido la fascinación por escuchar a esas personas que quieren ser escuchadas, que tienen historias por contar y no vacilan en cuanto tienen oportunidad.

Historias de felicidad, de tristeza.

De leyendas, de penas, de bienaventuranzas y desventuras, hechos que vivieron o que se las contaron alguna vez.

Cuentos que escuchaban cuando eran niños o vivencias que los llevaron a ser quienes son ahora.

 Siempre había querido plasmar lo que mis oídos han escuchado, sea un pequeño compendio de historias, que, aunque  insignificantes para la historia general, dejan huella sobre la crónica diaria de una vida común, de quienes la viven y que permanecerán aun cuando sus narradores ya no estén, pues después de todo, somos historia…

Tiene razón cuando acepta que después de todo, somos historia.

Los que me conocen, saben que disfruto mucho poder viajar y descubrir lugares, pero, sobre todo, cuando viajo, me encanta escuchar historias de la voz de quienes viven en los lugares visitados o las han escuchado de sus antepasados y que no se pueden encontrar en los libros, pues estas, solamente viven en la memoria personal.

 Cada oportunidad que tengo para viajar ha sido una oportunidad para platicar con el señor de las gorditas de Bernal Querétaro, la señora que vende pan en Honey Puebla, le señora que fue mordida por una víbora en Tetela del volcán Morelos.

 Siempre que tengo oportunidad, disfruto mucho poder entablar tan simples conversaciones como la de don Chano (Graciano) que se permite contarme que está harto del lugar donde trabaja porque lleva 4 años sin descansar, todos los días en su horario nocturno de seis de la tarde a ocho de la mañana, en donde no encuentra tiempo para poder cuidar sus huertos.

Y es que dice, que en el Rancho donde está, no deja de haber algo por hacer, pero al mismo tiempo, prefiere no irse, pues ahí tiene a sus amigos don Pedro y don Epifanio que han durado lo mismo que él y que al final del día disfruta lo que hace.

O conversaciones tan singulares como la que tuvo lugar en el mismo sitio que la anterior.

Con don Epifanio justamente, quien de la nada y a razón del apagón que tomó por sorpresa al rancho (que sirve como hospedaje para foráneos y parque de esparcimiento para locales) tuvo que improvisar una fogata.

Mientras hacía lo propio, nos escuchó platicar a mi hija de 9 años, mi esposa y a mí, sobre duendes y hadas que habitan el bosque y que, si teníamos suerte, podríamos ver uno.

Entre conversaciones y pequeñas risas, don Epifanio se acercó a nosotros y con mucha solemnidad nos contó que, en una ocasión que se le había hecho tarde por andar en “las aguas”, llegó a su casa, y como pudo entró, y cuando lo hizo, se encontró de frente a una personita de aproximadamente 30 cm sentado en la silla principal de su comedor, con un aspecto que “parecía renacuajo, verde y escamoso”, ojos profundo y grises, nariz aguileña y puntiaguda, y en sus dedos, en vez de uñas, tenía unas garras afiladas y negras.

 Como quien viera un fantasma, don Epifanio salió de su casa y se arrodillo ante al santuario de San Judas Tadeo que tiene en su jardín a orar como no había orado en su vida.

Con la valentía que su fe había provocado, regreso a casa, vio al pequeño duende y sin pensarlo dos veces, le soltó un puñetazo en la cara.

Asombrado, no  podía dejar de escucharlo con atención, pues con cada palabra, don Epifanio se estremecía, sus ojos reflejaban la intensidad con la que nos narraba aquel suceso, como si volviera a experimentar aquel hecho de terror y valentía que había vivido.

 Cuando reviró en lo que había hecho, don Epifanio ya se encontraba “tumbado” en la mesa e imposibilitado de las manos pues el duende había respondido a aquel certero golpe.

Como pudo, se zafó de una mano y empezó a gritar desenfrenadamente para que su esposa pudiera socorrerlo. Cuando la esposa reaccionó, solamente encontró rasguños y pequeños golpes en su esposo.

Desde aquel entonces, no ha vuelto a ver a aquel pequeño personaje. Y concluyo con “no se la cuento a todos porque hay mucha gente que ni cree en eso y pus ¿para qué?”

Cuando terminó su historia, encontró en su audiencia un silencio que solamente el tronar de los carbones incandescentes desaparecía, pues no encontrábamos palabras para expresar nuestro asombro ante tal relato y, sobre todo, ante aquella sensación de satisfacción de haber sido de los pocos afortunados en escuchar su historia.

Siempre he tenido la fascinación por escuchar a esas personas que quieren ser escuchadas, que tienen historias por contar y no vacilan en cuanto tienen oportunidad; historias de felicidad, de tristeza, de leyendas, de penas, de bienaventuranzas y desventuras, hechos que vivieron o que se las contaron alguna vez, cuentos que escuchaban cuando eran niños o vivencias que los llevaron a ser quienes son ahora.

 Siempre había querido plasmar lo que mis oídos han escuchado, dejando un pequeño compendio de historias, que, aunque son insignificantes para la historia general, dejan huella sobre la crónica diaria de una vida común, de quienes la viven y que permanecerán aun cuando sus narradores ya no estén, pues después de todo, somos historia…cgonzalezhue@uaemex.mx

Servido con entusiasmo don Claudio.

craveloygalindo@gmail.com

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