Postigo

Activistas sin vocación

José García Sánchez ____________

La adversidad convierte a las personas en activistas. Si hubiera justicia y legalidad en México, las manifestaciones callejeras no existirían ni los medios darían cuenta de la multiplicación de las ONGs que proliferan dentro y fuera del sistema político, y judicial del país. Algunos defendiendo causas justas y nobles, otros haciendo como que defienden pero informando sobre las intenciones y efervescencia social que guarda cada una de esas asociaciones.

Los familiares de las víctimas del múltiple asesinato de la Narvarte, de los jóvenes a los que les siembran droga en el aeropuerto, los padres de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, los familiares de las 20 personas desaparecidas hace unos días en Acapulco, etc. Nunca planearon crear comités de lucha, asambleas de debate, grupos de acción, asociaciones, compromisos con otros grupos, crear contingentes, elaborar pancartas, imaginar consignas.

Las circunstancias obligaron a todos ellos a cambiar su vida para luchar por encontrar, por lo menos, el cadáver de sus hijos. Los grupos de inconformidad directa o indirecta por las víctimas del autoritarismo y la arbitrariedad se multiplican. Mucha gente sólo espera que a ellos no les toque en su persona o a su familia, pero incapaces de mover un dedo para evitarlo.

Exigir justicia ante un reclamo social no convierte a la gente en activista, sin embargo, un acto tan natural como la exigencia de justicia y legalidad es radicalizado por los medios y posteriormente, satanizado. Las víctimas de la represión, se convierten en victimarios de la noche a la mañana y en lugar de pugnar para que les resuelvan sus exigencias que son legítimas como reclamar el cadáver de sus hijos o castigo a quienes responsabilizan injustamente a los jóvenes, los medios los señalan como obstructores de caminos, gente dañina al tráfico vehicular, estorbos de la sociedad mexicana, cuando en realidad cualquiera puede estar en su lugar en un país donde no hay justicia ni legalidad.

A pesar de que la rabia les invade ante un continuo peregrinar por oficinas burocráticas sin respuesta, los inconformes tienen la obligación de no desesperarse y de ser pacíficos en sus marchas, de otra manera no ´solo descalificarán el movimiento gracias a la interpretación de los medios electrónicos sino que pueden terminar en la cárcel.

En un país donde gobierna la fuerza y no la razón, el autoritarismo y no la legalidad, la expresión de inconformismo no es activismo sino subversión.

Si una manifestación no es pacífica entonces incurre en un doble delito y es comentada por una clase media en extinción como el colmo de la agresión hacia la población porque no sólo incurren en el grave delito, o delito grave, de impedir el libre tránsito de los vehículos sino que además pintan las paredes de instituciones tan nobles y patrióticas como los bancos o los supermercados. De ahí que se les obliga no sólo a ser pacíficos y tragarse su rabia sino a ser pasivos y convocar a la indiferencia.

Así, las consignas de los inconformes de las calles se borran para dar lugar a una sola noticia, caos vehicular en una ciudad de por sí llena de automóviles.

Ante esta reacción injusta de los medios, los inconformes se radicalizan y se convierten, prácticamente sin sentirlo, en activistas. Las banderas comienzan a tener los mismos tonos y matices, las consignas las mismas palabras, las movilizaciones las mismas rutas, los victimarios son los mismos.

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