No se te vaya olvidar…!

 (Anécdota)

La del General Álvaro Obregón Salido (1880-1924).  fue una figura hasta cierto punto familiar en Guaymas, allá por los años veinte. Con frecuencia visitaba al puerto para saludar a sus amigos y compadres y para participar en tardeadas y saraos que se organizaban  en su honor. De hecho, pocos días antes de caer inmolado en «La Bombilla», asistió a un banquete que se sirvió para él, siendo ya presidente reelecto, en un kiosko que existía en Bacochibampo.

En una ocasión, el invicto «Manco de Celaya» caminaba solitario por la plaza «13 de Julio» extasiado por el canto de los pájaros y el olor de las miles de florecitas de estación, que con gran cariño y esmero sembraba y cuidaba el «placero» don Alfredo Peralta. Los niños que se dirigían a la escuela, veían con mezcla de admiración, respeto y temor, a aquel güero quemado por el sol, de grandes bigotes entrecanos, a sabiendas que era el meritito vencedor de Pancho Villa… el mero Hombre Fuerte de México.

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Entonces, cuando caminaba, Obregón aceptó la invitación que le hizo un «bolerito» para asearle y pintarle el calzado, se sentó en una de las viejas bancas de fierro fundido, con tiras de madera pintadas de verde de aquél histórico parque. Pronto ambos platicaban entusiastamente, pero más el niño, mugroso y descalzo, ya que Don Álvaro sólo lo interrogaba de vez en cuando, para provocar su plática y deleitarse escuchando sus respuestas vivas e inteligentes.

Así supo que el “bolerito” se llamaba Manuel y que a la muerte de su padre, tuvo que convertirse prematuramente en hombre para sostener a su pobre madre y dos hermanos menores con el escaso dinero que ganaba lustrando calzado en la vía pública.

En ese momento, otro bolero largo, seco y moreno como vara prieta, que pasaba interrumpió el palique, golpeando en la cabeza a Manuelito, mientras le decía.

– ¡No se te vaya a olvidar, «Greñas»!

El niño casi entre dientes le repuso

-¡Ni a tí tampoco, «Setagüi»!

Luego fue otro limpia-botas chaparrito y gordo, vestido casi con harapos, quien al pasar le recomendó a Manuel:

 – ¡No se te vaya olvidar, «Greñas»!

– ¡Ni a tí tampoco, «Uvari», repuso el chico.

Muy lentamente continuaba su trabajo Manuelito, interrumpido por las preguntas del general y luego por nuevas recomendaciones de otros colegas boleros que al pasar le espetaban:

 – ¡No se te vaya olvidar, «Greñas»!

Para todas las cuales, siempre tuvo la misma respuesta:

 – ¡Ni a tí tampoco… «Rengo»,  «Sapo»,  «Mocos»…! Etc.

Al fin, Obregón convencido de la viveza del bolero, y conmovido por la dureza de su vida, la que enfrentaba con decisión de hombre maduro, le comunicó:

– Mira Manuelito, tú eres un chamaco muy inteligente y muy listo.  Tu lugar está en una escuela. Estoy seguro que con preparación llegarás a ser un hombre útil y un ciudadano valioso…

 – Pues sí general, -interrumpió-  pero la escuela no es para los pobres como yo.

 – El General Obregón le contestó- Ahora mismo voy a dar instrucciones a las autoridades locales para que le fijen una pensión decorosa a tu madre y así puedas asistir con desahogo a la escuela,… ya verás como vas aprender cosas interesantes… te voy a encargar con el profesor Dworak y antes de lo que piensas serás abogado o médico.

En una pequeña agenda de bolsillo, el general apuntó el nombre y la dirección de la viuda, datos que le proporcionó el muchacho con los ojos húmedos por la emoción.

– Bueno, Manuelito, pero ahora me vas a explicar del jueguito ése de -¡No se te vaya olvidar!- que traes con tu palomilla – Le interrogó Don Álvaro-.

 – Este… es que… me da pena contarle general…

 – ¿Por qué pena…?

 – ¡Es que es una leperada mi general!

 – Anda…Anda… platícame que al fin los dos somos hombres y yo ya me sé todas las leperadas del mundo -Le repuso Obregón con una risita pícara y bajando la voz, como invitándolo a la confidencia-

– Bueno mi general… le voy a decir porque usted lo ordena, pero… cuando… cuando me dicen no se te vaya olvidar, me quieren decir, no se te vaya olvidar,… no se te vaya olvidar ir a chingar a tu madre… y,… y… pos yo les respondo -Ni a tí tampoco- Explicó Manuelito, mientras guardaba trapos, cepillo y grasa con la cabeza gacha sobre el cajoncito de madera, para eludir la mirada de su interlocutor.

La carcajada de Obregón alegre y sonora, voló a confundirse con el escandaloso canto de los chanates que plagaban los viejos «yucatecos».

– ¡Ah que chamacos cabrones!, dijo mientras se ponía de pie, y le extendía al chico dos moneditas de $2.50 oro nacional.  Luego se despidió sin palabras, mesando el pelo sucio y largo del bolerito, con su mano única.

El niño, sofocado por la emoción, apretaba con fuerza aquella fortuna con su manecita sucia de grasa y en su alma, la promesa que le hizo, ni más ni menos que “El Hombre Fuerte de México”.

¡General!

Gritó de pronto Manuelito con ansiedad, pensando en la prometida pensión para su madre…

Obregón se detuvo como a unos veinte metros de distancia ya y por toda respuesta volteó la cabeza…

 – ¡General…!  ¡No se le vaya olvidar…!

El Jefe de los Ejércitos Constitucionalistas, trémulo se alisó el bigote entrecano y repuso:

 – ¡Ni a tí tampoco!  ¡Jijo de la rechingada!-. Ja,Ja,Ja.

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