Moira Millán persevera contra el «terricidio» en Argentina

Maylín Vidal (*) ___________

Buenos Aires (Prensa Latina).- Moira Millán sufrió durante años persecución, amenazas y el dolor de ver masacrar a su gente pero esta mapuche argentina siguió adelante en la reivindicación de los pueblos originarios.

A sus 50 años, esta weychafe (guerrera), una de las líderes del Movimiento de Mujeres Indígenas por el Buen Vivir, ha recorrido el país de punta a punta dando la batalla por sus hermanas, frente al «terricidio» y el femicidio constante de las que son víctimas, con prácticas aberrantes en este siglo XXI.

En medio de la pandemia continúa la ofensiva y desde el 14 de marzo, Día Mundial de Lucha contra las Represas, emprendió junto a sus hermanas una caminata de norte a sur del país -para denunciar el «terricidio» como crimen de lesa humanidad y lesa naturaleza-, que esperan concluir en Buenos Aires el próximo 25 de mayo.

Todo comenzó en 2013, cuenta en entrevista exclusiva con Prensa Latina Millán, quien en septiembre de ese año emprendió rumbo a Ushuaia, la ciudad más austral de Argentina, para conocer en profundidad lo que sucedía con las mujeres mapuches y de varias etnias.

Al llegar a cada territorio se acercaban ellas, de diversas comunidades, para contarme sus problemas. En el 2015 realizamos una primera gran marcha de mujeres indígenas para el buen vivir, presentamos a la nación un proyecto de ley y nos organizarnos como movimiento. Hoy somos 500 de las 36 naciones, dice.

Relata esta mujer, quien soporta constantes frases de odio y amenazas, que cuando comenzó a desandar por Argentina era tan solo un sueño amasado reunir a sus compañeras en un movimiento, pero nunca imaginó que creciera tanto.

HISTORIAS DESGARRADORAS

Ahí, en ese caminar, conoció historias desgarradoras, algunas que había vivido en carne propia y una en particular por la cual hoy luchan todas, la nefasta práctica del chineo, nombre que en su momento dieron los criollos a las aborígenes niñas o adolescentes por su rostro medio achinado.

Es aborrecible. Criollos de cierto poder social y económico eligen niñas de entre ocho y 10 años para violarlas, viven esto como un rito inicial, ellas mueren muchas veces producto de estas violaciones, a veces en manadas, en otras ocasiones ellas se suicidan, cuenta Millán. La situación es aún más dolorosa cuando esas pequeñas quedan embarazadas.

«Esto lamentablemente tiene el consentimiento cómplice de la comunidad, se callan, los violadores muchas veces son políticos, comerciantes, gente notable del pueblo y compensan a las familias de la víctima con una vaca o comida, se han visto incluso casos de que a cambio le han dado al padre un trabajo», denuncia la líder mapuche.

Millán refiere el caso de una violación en manada a una niña de 12 años en el chaco salteño (en el noroeste argentino) y a esto le sumaron la ingesta de cerveza con vidrio molido. «Hay situaciones de violaciones con objetos, ensañamiento sobre sus cuerpitos, mutilaciones de los pechos, es terrible lo que pasa».

«Pasa por el racismo imperante, la indiferencia social, la indolencia de toda una sociedad que asume que los cuerpitos de las niñas y de las mujeres indígenas son descartables, que la vida indígena no tiene valor, está devaluada», apunta uno de los rostros más visibles de la lucha de las mujeres originarias en esta nación austral.

CONTRA EL «TERRICIDIO»

Junto a esta batalla, también se puso al frente de otra, contra el «terricidio», un concepto, expresa, que en lo personal he ido construyendo y es aceptado por el movimiento de mujeres indígenas.

Hemos logrado que se le considere un concepto que contribuya a construir una categoría penal, el terricidio como crimen contra la naturaleza y de lesa humanidad. Es la acción de matar los tres sistemas de vida que reconocemos como pueblos indígenas: el mundo tangible, el perceptible y el de los pueblos, explica.

El asesinato sobre el ecosistema, tangible; el perceptible serían los lugares sagrados, donde hay un ecosistema espiritual, que regenera el círculo de la vida, el latifundio por ejemplo es una forma de «terricidio», señala.

Los latifundistas alambran lugares sagrados donde se solía dialogar con la naturaleza para el fortalecimiento del vínculo de la vida. Hoy, remarca, es imposible porque están en manos de ellos. «En el caso del sistema de vida de los pueblos se trata de una estructura cultural que pueda contribuir a crear una matriz civilizatoria».

Ejemplifica Millán cómo las empresas trasnacionales se emplazaron a lo largo de todos los territorios acaparando miles hectáreas de tierra, como es el caso del italiano Luciano Benetton, que tiene alrededor de un millón de hectáreas en la Patagonia, rica en minerales.

Parte de esos territorios entran dentro de la cuenca de interés hidrocarburífico, y una mayoría de los latifundistas se asientan en lugares donde hay mucha agua dulce, minerales y petróleo.

«Las transnacionales gozan de total impunidad, arrasan con la vida de los territorios, violan todo tipo de derecho de los pueblos indígenas bajo la complicidad de los distintos gobiernos que se han sucedido bajo el Estado», subraya.

RECONOCIMIENTO A LA PLURINACIONALIDAD

Tras resaltar que es bien complejo demandar derechos frente a un Estado históricamente racista, Millán pide, en representación del movimiento que ella y otras coterráneas lideran, el reconocimiento a la libre determinación de los pueblos, de los territorios y de la plurinacionalidad de los territorios.

Que el Estado asuma una verdad categórica, que no haya una hegemonía ciudadana, sino muchas naciones sobreviviendo en un mismo territorio. Estamos sometidos bajo las normativas y homogenización de la visión de un modelo de país con el cual no concordamos, extractivista, contaminante, depredador, que no respeta la vida, manifiesta.

Millán da la batalla hoy por el reconocimiento de unos territorios donde hubo pueblos originarios que, indica, continúan vigentes. «Tenemos derecho a definir políticas en relación con nuestra propia visión como pueblo, en la salud, en lo comunicacional, en el trasporte y producción de alimentos, en el modelo educativo».

Quisiéramos que se respetaran también los derechos lingüísticos para poder comprendernos, añade. A una pregunta sobre cómo es vivir entre el miedo y la fortaleza a la vez de defender a un pueblo masacrado durante siglos, apunta que ambos sentimientos se retroalimentan.

«El miedo es vencido por el deseo de garantizar la vida, de soñar un mundo mejor y construir un nuevo pan solidario, equitativo, justo, donde podamos alimentar los sueños de los pueblos hacia la libre determinación».

Para Millán es muy importante no callar, denunciar, tratar de construir y elaborar propuestas. No podemos esperar condiciones milagrosas para poder hacerlo porque han pasado siglos y siglos de crímenes contra nosotros, de despojo, empobrecimiento, reducción territorial, asevera.

Hay que valerse de mucho coraje para poder plantear lo que queremos, hacia donde queremos ir, cuesta bastante porque tenemos el ninguneo, la persecución, el acallamiento machista de sectores nefastos del poder, pero también a veces de los maridos, de las autoridades comunitarias, expone.

Más allá de la judicialización y los mensajes de odio, Millán afirma que seguirá peleando con el espíritu weychafe que habita en ella y la hermandad entre sus compañeras de todos los pueblos, quienes a veces, dice, sufren más que yo.

A los extractivistas, les manda un mensaje: que se cuiden porque sus días de «terricidas» van a acabar. «La tierra en su movimiento telúrico está despertando a las mujeres y pueblos del mundo para decir basta. Confío en esa fuerza de la tierra para terminar con tanta muerte».

Por último, agrega que los pueblos indígenas deberán seguir reclamando sus derechos por la espiritualidad y la construcción de una nueva matriz civilizatoria para este planeta que lo necesita en tiempos de tanta crisis.

(*) Corresponsal de Prensa Latina en Argentina.

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