Los desafíos de El Salvador para salvar sus lenguas maternas

Charly Morales Valido* _______________

San Salvador, (Prensa Latina).-  Las iniciativas académicas para rescatar las lenguas originarias en El Salvador (náhuat-pipil, potón y pisbi) inquietan a quienes las defienden desde la comunidad, por ciertos intrusismos que dañan las esencias.

Por ejemplo, en el afán por dejar una impronta escrita en una tradición que ha sido ancestralmente oral, han sido sumados sonidos con las letras «x» y «y», los cuales atentan contra la armonía de idiomas nacidos de la naturaleza.

Al respecto, la revista Disruptiva de la Universidad Francisco Gavidia propició un interesante diálogo entre los activistas Alfredo Rivera, Ulises Piche y Rubén Alonso, quienes temen que el remedio sea peor que la enfermedad.

Los tres coinciden en que, si las lenguas maternas de este país centroamericano siguen vivas, es principalmente por la lucha del Consejo Coordinador Nacional Indígena Salvadoreño (CCNIS).

Este legado patrimonial ha sufrido -y resistido- a colonizaciones de todo tipo y se mantiene como una suerte de código secreto entre salvadoreños de sangre pipil, aunque los lenkas y kakawiras no han tenido la misma visibilidad.

Es más, los estudiosos lamentan el escaso o nulo interés del Estado en fomentar la preservación del potón y el pisbi, quizás por el pragmatismo de incentivar el estudio del inglés y las puertas económicas que puede abrir.

«El Estado ha hecho muy poco para revitalizar las lenguas que da por perdidas, y prefiere enfocarse en el náhuat, que es más mediático», estiman los expertos en su diálogo con Disruptiva.

En tal sentido, la atención al universo originario es poca y focalizada en el Occidente del país, en zonas de Nahuizalco y Tacuba, pero las instituciones se han olvidado del Oriente, de la herencia vigente en Cacaopera o el río Lempa.

«Son dos pueblos demográficamente menores que los hablantes del náhuat, pero existen», insisten.

RAZONES PARA LUCHAR

Lejos de rendirse, el Consejo mantiene una esperanza fundamentada en el rescate en 2007 de la danza ancestral, una liturgia que venció los prejuicios y el recelo, y hoy goza de arraigo en territorios de fuerte impronta originaria.

Otro antecedente del optimismo fue la reforma constitucional que en 2014 reconoció la existencia de los pueblos indígenas y avaló el fomento de políticas para mantener su identidad y cultura.

El CCNIS acompañó el proceso que llevó a dicha reforma, y desde las comunidades batalla por trascender la mera supervivencia del idioma y lograr un arraigo patrimonial, una defensa del imaginario y la cosmología cuscatleca.

«Las nuevas generaciones debemos identificarnos y apropiarnos», afirma Alonso, recalcando que la obligación de proteger esta riqueza parte de las propias comunidades, que a veces han contribuido a invisibilizar su habla por miedo y prejuicios.

Tal recelo tiene motivos: para reprimir el alzamiento campesino de 1932, el entonces presidente Maximiliano Hernández ordenó matar a toda persona con rasgos indígenas, una brutal masacre que obligó a los pueblos comunitarios a ocultar sus costumbres para sobrevivir.

«Estamos volviendo a visibilizar a nuestra gente y al mundo entero, pero ese esfuerzo debe ir aunado a nuestro conocimiento ancestral, para impedir que se pierda la esencia misma de cada palabra», advirtió Piche.

En este contexto, alertan sobre ciertos personajes que llegan a última hora, con el trabajo hecho, y se llevan el mérito del esfuerzo de las comunidades para preservar sus valores y costumbres.

En ese grupo ubican a los académicos, que distorsionan el idioma originario a partir de sus criterios técnicos, ignorando muchas veces que la etimología de cada palabra, sobre todo en el náhuat, tiene un marcado trasfondo espiritual, y ahí radica su belleza.

«El náhuat nace de los sonidos de la naturaleza, es un idioma armónico, que marca la diferencia con otras lenguas similares: hasta los conquistadores españoles creyeron que oían el idioma de los ángeles», señalan los activistas.

Por eso hay una gran diferencia entre el náhuat aprendido por vía oral y el que enseñan en las universidades: «El ego académico nos pone barreras, el esfuerzo comunitario se pierde y el Estado se apropia de los logros», agregan.    Otro problema ha sido la proliferación de las religiones evangélicas y del catolicismo, para las cuales los saberes ancestrales -idioma, ritos, cosmovisión- son «brujería», y como tal atacan a sus practicantes y tratan de «convertirlos».

Por otro lado, según el censo de 2007, apenas un 0.2 por ciento de la población salvadoreña se identifica como indígena, lo cual ha sido cuestionado por grupos autóctonos, antropólogos y la academia.

Aunque hay más indígenas de lo que muchos reconocen, lo cierto es que las tres lenguas maternas de esta nación centroamericana fueron catalogadas en «peligro de extinción» por la UNESCO desde 2008, y poco o nada se ha avanzado para evitar su desaparición.

* El autor es Corresponsal Jefe de Prensa Latina en El Salvador.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: