Lo que recordamos al quedarnos en casa

Carlos Ravelo Galindo, afirma: ______________

Y con orgullo recogemos recuerdos imperecederos, sobre el encierro domiciliario en que nos encontramos los mexicanos.

Pero antes, para que no se nos olvide.

En la Avenida Primero de Mayo, entre Tacubaya y Mixcoac, San Pedro de los Pinos, en donde vivimos una década, de una casa colgaba una jaula con un lorito.

Este, cada vez que pasaba el vecino, le gritaba insolente: “Adiós cornudo”.

Cansado el señor decidió reclamar al dueño del perico. Lo hizo con amabilidad.

Durante una semana el ave no apareció.

Terminado su castigo, la cotorra volvió al balcón, y cuando pasó el vecino le gritó:

“Adiós cornudo… y chismoso”

Muchos conocerán, cómo vivíamos entonces.

 Y, seguro, les dará envidia. De la buena.

Compartimos con entusiasmo los recuerdos de José Antonio Aspiros Villagómez, cuando en Tacubaya vivió su niñez. .

También ha servido a muchos para escombrar sus casas.

Así lo hemos hecho al menos este tecleador, su esposa Norma y sus tres hermanos -por edades: Manuel, Alfonso y Alejandro-, cada uno en su domicilio, y en esa faena ha sido desempolvada mucha historia.

Han aparecido viejas revistas, cuentos, cancioneros, discos, casetes, películas, proyectores, cámaras, tocadiscos, diapositivas, fotografías, estampillas postales, calendarios, adornos y objetos caseros o personales hoy casi obsoletos.

 Bien podrían estar en un museo donde mostrara cómo fue la vida de nuestra generación, la de la posguerra.

 Pero como por el virus fueron canceladas tantas actividades, al no poder ver carreras de automóviles por televisión -o el deporte que usted prefiera- también hemos dedicado el tiempo a reflexionar sobre las semejanzas que existen entre la Tacubaya (Ciudad de México) de nuestra infancia, y el San Juan del Río (Querétaro) de nuestra vejez.

Allá, como acá, pero con unas siete décadas de diferencia, encontramos lo mismo.

 Aparte de los mercados callejeros con sus marchantas que gritan su mercancía, están los vendedores de merengues que todavía juegan “volados”, los de camotes con sus carritos y su peculiar sonido para anunciarse, los de las nieves y los de artículos de cocina en abonos.

Los pajareros con sus altas filas de jaulas sobre la espalda, la pulquería, las carcachitas con altavoz que compran fierros viejos o venden golosinas, el afilador que suena su silbato… y también el circo de carpa, ahora ya sin animales.

Lo que no vemos por acá son las ferias con sus juegos mecánicos, pero sí -como entonces- las locomotoras con su cauda de vagones.

En efecto, por Tacubaya pasaba el ferrocarril México-Cuernavaca y ahí estaba una de sus estaciones (otra, en Mixcoac, fue convertida en restaurante).

Y por las calles de San Juan del Río cruza el tren donde se transportan como polizontes los centroamericanos que anhelan llegar a Estados Unidos.

Aquí hacen escala y se paran en los topes -que abundan- de algunas arterias, para pedir dinero a los automovilistas.

Una semejanza más es de tipo industrial.

En San Juan hay muchas empresas fabriles hoy absorbidas por la expansión urbana, y en Tacubaya estaba cuando menos la Cooperativa de Obreros de Vestuario y Equipo (COVE), cuyos tres silbatazos para anunciar la hora de entrada de los obreros, también nos servían para llegar a tiempo a la escuela.

Y qué decir del cielo.

Si en Tacubaya aprendimos a conocer el firmamento nocturno con sus estrellas fugaces, lluvias de estrellas y las constelaciones por su nombre.

En San Juan las puestas de Sol son espectaculares y todos hemos tomado fotos de ocasos, dignas de enmarcar y exhibir.

Vaya, hasta un ovni filmó hace pocas noches aquí nuestro hermano Alfonso, y lo agregó a su vasta y sorprendente colección de filmaciones personales sobre esos objetos ya reconocidos por la NASA.

Así que el encierro no ha sido aburrido, aunque ya extrañamos al ahora también inactivo maestro peluquero, que los hay aquí a la antigüita como los había en Tacubaya.

Lo pesado ha sido imaginar cómo nos irá con las restricciones y si las aguantaremos, cuando ha sido necesario salir.

Pero se ha roto la monotonía y, si bien además hemos estado al tanto de las noticias, sólo nos atenemos a lo que dicen las autoridades de salud sobre la pandemia actual e ignoramos las muchas y confusas opiniones de pretendidos “expertos”.

Unos aconsejan sanitizarnos desde el alma hasta las suelas de los zapatos, otros dicen que no pasa nada o que todo depende del sistema inmunológico de cada quien.

Ya mero se acaba según los optimistas, o se quedará para siempre al decir de los fatalistas.

El tema se ha politizado también.

Eso sí, hacemos algo importante para mantener activo el intelecto:

Dediquemos tiempo a leer libros a nuestro parecer interesantes y valiosos, lo cual además siempre es un bálsamo, con o sin coronavirus.

Este inusual recorrido nos atizó el entusiasmo.

Gracias.

craveloygalindo@gmail.com