Lo que ha dejado quedarnos en casa

Textos en libertad

José Antonio Aspiros Villagómez ________________

Para mi querida prima hermana Martha Villagómez

por una década más de vida.

Nació el año en que comencé a publicar artículos

y se le extraña desde que se fue a vivir

a Puerto Rico y Estados Unidos en 1986

 El encierro domiciliario en que nos encontramos los mexicanos, ha servido a muchos para escombrar sus casas. Así lo hemos hecho al menos este tecleador, su esposa Norma y sus tres hermanos -por edades: Manuel, Alfonso y Alejandro-, cada uno en su domicilio, y en esa faena ha sido desempolvada mucha historia.

Han aparecido viejas revistas, cuentos, cancioneros, discos, casetes, películas, proyectores, cámaras, tocadiscos, diapositivas, fotografías, estampillas postales, calendarios, adornos y objetos caseros o personales hoy casi obsoletos, pero que bien podrían estar en un museo donde se mostrara cómo fue la vida de nuestra generación, la de la posguerra.

Y con la familia política, por medios digitales hemos intercambiado información, comentarios y opiniones sobre equipos y pilotos preferidos, debido a nuestro gusto compartido por el automovilismo deportivo ahora que se han cumplido 70 años del inicio de la categoría estelar, la Fórmula Uno.

Hemos comentado que anteriormente los pilotos eran personas maduras, mientras que en la actualidad la competencia es por ver quién es el más joven, pues los contratan a los 17 o 18 años, cuando ya llevan al menos dos décadas de sobresalir desde los karts hasta las categorías de ascenso. A juicio del tecleador, así les arruinan su infancia y mucho de su juventud.

En cuanto al espectáculo de las carreras propiamente, hablamos de si éste es todavía atractivo cuando es tan marcada la disparidad de los equipos, unos más poderosos que otros en cuanto a recursos económicos y, en consecuencia, en su desarrollo tecnológico, lo cual ha repercutido en que sean escasos los pilotos de esa élite que suben al podio, y menos todavía los que logran campeonatos.

Pero como por el virus fueron canceladas tantas actividades, al no poder ver carreras de automóviles por televisión -o el deporte que usted prefiera- también hemos dedicado el tiempo a reflexionar sobre las semejanzas que existen entre la Tacubaya (Ciudad de México) de nuestra infancia, y el San Juan del Río (Querétaro) de nuestra vejez.

Allá, como acá, pero con unas siete décadas de diferencia, encontramos lo mismo: aparte de los mercados callejeros con sus marchantas que gritan su mercancía, están los vendedores de merengues que todavía juegan “volados”, los de camotes con sus carritos y su peculiar sonido para anunciarse, los de las nieves y los de artículos de cocina en abonos; los pajareros con sus altas filas de jaulas sobre la espalda, la pulquería, las carcachitas con altavoz que compran fierros viejos o venden golosinas, el afilador que suena su silbato… y también el circo de carpa, ahora ya sin animales.

Lo que no vemos por acá son las ferias con sus juegos mecánicos, pero sí -como entonces- las locomotoras con su cauda de vagones. En efecto, por Tacubaya pasaba el ferrocarril México-Cuernavaca y ahí estaba una de sus estaciones (otra, en Mixcoac, fue convertida en restaurante), y por las calles de San Juan del Río cruza el tren donde se transportan como polizontes los centroamericanos que anhelan llegar a Estados Unidos, pero que aquí hacen escala y se paran en los topes -que abundan- de algunas arterias, para pedir dinero a los automovilistas.

Una semejanza más es de tipo industrial. En San Juan hay muchas empresas fabriles hoy absorbidas por la expansión urbana, y en Tacubaya estaba cuando menos la Cooperativa de Obreros de Vestuario y Equipo (COVE), cuyos tres silbatazos para anunciar la hora de entrada de los obreros, también nos servían para llegar a tiempo a la escuela.

Y qué decir del cielo. Si en Tacubaya aprendimos a conocer el firmamento nocturno con sus estrellas fugaces, lluvias de estrellas y las constelaciones por su nombre, en San Juan las puestas de Sol son espectaculares y todos hemos tomado fotos de ocasos, dignas de enmarcar y exhibir. Vaya, hasta un ovni filmó hace pocas noches aquí nuestro hermano Alfonso, y lo agregó a su vasta y sorprendente colección de filmaciones personales sobre esos objetos ya reconocidos por la NASA.

Así que el encierro no ha sido aburrido aunque ya extrañamos al ahora también inactivo maestro peluquero, que los hay aquí a la antigüita como los había en Tacubaya. Lo pesado ha sido imaginar cómo nos irá con las restricciones y si las aguantaremos, cuando ha sido necesario salir.

Pero se ha roto la monotonía y, si bien además hemos estado al tanto de las noticias, sólo nos atenemos a lo que dicen las autoridades de salud sobre la pandemia actual e ignoramos las muchas y confusas opiniones de pretendidos “expertos”, pues unos aconsejan sanitizarnos desde el alma hasta las suelas de los zapatos, otros dicen que no pasa nada o que todo depende del sistema inmunológico de cada quien, o que esto ya mero se acaba según los optimistas, o se quedará para siempre al decir de los fatalistas. El tema se ha politizado también.

Eso sí, hacemos algo importante para mantener activo el intelecto: dedicamos tiempo a leer libros a nuestro parecer interesantes y valiosos, lo cual además siempre es un bálsamo, con o sin coronavirus.