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Morir lejos de casa

Teresa Gil ______

Morir lejos de casa ya se está convirtiendo en una costumbre para los mexicanos. Te matan policías en Nueva York cuando eres migrante y por lo mismo te mata la migra,  el desierto inclemente o  el aniquilador río Bravo. Ya en el pasado murieron mexicanos en medio oriente asesinados por un grupo terrorista que se llevó entre sus balas a familiares de un actor famoso, allá por 1986. Más para acá, turistas de Jalisco y una estudiante joven de Veracruz  mueren en  accidentes en Egipto y España respectivamente y se suman a  otros mexicanos, cada vez que se anuncia un desastre en el mundo. México con sus muertes siempre da más dentro y afuera. Quizá por ello nos conocen como los que festejamos y hacemos guiños a la muerte y le ponemos panes en su día. Pero no deben confundirse, matar a mansalva como lo ha hecho ahora el ejército egipcio es un acto criminal que debe ser considerado de lesa humanidad. Y aunque se le ha revertido al gobierno mexicano por las muchas muertes que ocurren en el país, el mal de muchos no debe operar. Un crimen es un crimen donde quiera que se cometa. Y hay una muerte en el extranjero -Austria-, que genera profundas dudas, y que también debe investigarse. No está  claro que sea auténtica la declaración del Instituto de Medicina Legal de Innsbruck sobre los restos de Jhosivani Guerrero de la Cruz, han dicho los peritos argentinos que investigaron  el caso Ayotzinapa. La muerte que nos quieren endilgar en este caso, es metafórica. Jhosivani vive, han dicho sus padres. La muerte lejos de casa de dos estudiantes extranjeros, roza la dimensión onírica de Paul Bowles en su novela Muy lejos de casa (Seix Barral- Biblioteca breve, 1993)  escrita en 1966, que inicia la obra novelística del también compositor estadounidense fallecido en Tánger en 1999. Es un trabajo breve, preciso en su escritura, que fascinó a los admiradores de este autor operístico y miembro destacado de la generación  beat que floreció en los años cuarenta y cincuenta. Una mujer visita a su hermano en el norte de África y empieza  a tener pesadillas después de que unos agresivos estudiantes de Yale les echan encima una moto a ella y a un chamán negro que la acompaña. El africano resulta herido. A partir de ahí ella empieza desear la muerte de los dos estudiantes, cosa que ocurre, sin que ella intente salvarlos cuando está en posibilidades de hacerlo. La mujer cree que el negro la induce a tener las pesadillas en una curiosa transmisión de mensajes. Una cosa que se advierte es la proclividad de Bowles por elevar la conciencia ética de Sekou el negro, quien, en el sueño,  más bien intenta llevar a la joven al perdón. Ella  lo hace, pero Bowles no define el carácter responsable del agresor…

Laislaquebrillaba@yahoo.com.mx

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