Inflexiones desde el insomnio

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Por el terremoto perdí mi corazón y el sueño

José María Arellano Mora _______

Cursar el quinto año de primaria tiene su encanto y su presión, porque implicaba pasar al último año de enseñanza primaria, el sexto, y de ahí pasar a la secundaria.

La rutina de ir a la escuela, a veces, se hacía pesada pero tenía mi responsabilidad: solamente estudiar.

-“Estudiar es tu única responsabilidad, si no pones atención perderías el año y eso no está bien” –me dijeron mis padres cuando en una ocasión les llegó un reporte de la maestra Adela.

En fin, no me disgustaba ir a la escuela, al contrario, me agradaba pero a veces se hacía pesado.

Cierto día, la maestra nos presentó a la niña que se incorporaba a nuestro grupo. Al estar copiando lo del pizarrón, no alcancé a escuchar el nombre de la chiquilla pero cuando levanté la vista quedé fulminado, petrificado…

-“Qué linda…” –me dije en mis adentros y suspirando me quedé con el lápiz en el aire en una danza aérea. Desperté al sentir el codazo de mi compañero de pupitre.

-“Ya te caché, je je je… en verdad está preciosa”

Esos días pesados desparecieron, es más, los fines de semana pedía se pasaran rápido. Porque en lo más profundo de mí ser, quería estar por siempre con la chiquilla roba corazones.

Una vez, al presentarse el crepúsculo del domingo, el latido de mi corazón se aceleraba: “ya mañana… ¡al rato! la veré”

-“¿Te la vas a pasar todo los días viéndola? ¿Porqué no le llegas?” –el compañero de banca, empezó a presionarme. Yo timidote no me atrevía a dar el gran salto, ni sabía cómo.

-“¿Cómo me acerco? Y qué carajo le digo…” -fueron mis palabras, martillándome los pensamientos.

Por las noches, antes de dormirme, inventaba pretextos para hablarle a la chiquilla y en ese revuelo de ideas me quedaba sin poder consolidar una excusa para acercarme y admirar esos lindos ojos -muy verdes- y decirle de mi adoración por ella; y en un arranque decirle: “¿quieres ser mi novia?”. Pero al formular la pregunta saltaba la conclusión: “Si me dice que no…”

Pablo, mi compañero de lugar, en la escuela, se me quedaba viendo y soltaba tremenda carcajada, diciéndome. “si, si, ya sé no pudiste dormir” “¡ya llégale! “No te hagas pendejo mijín…”. En está ocasión no soporte sus palabras y lo empujé. “Está bien, está bien, ya no te voy a decir nada pero te seguirás haciendo…” –sonrojado y enojado me dijo el “Mármol”, por su parecido a Pablo, el de los Picapiedra.

Eloísa era el nombre de la chiquilla de mis sueños y vivía en el edificio 15 de septiembre, aquí en Tlatelolco en la tercera sección. La seguí varios días, me llenaba de felicidad verla caminar, el cómo su cabellera se movía, me arrancaba cada suspiro por su gracia.

Y sin proponérmelo, llegó el día –al menos para acercarme. En el recreo, la buscaba entre los demás niños y no le hallaba… ¡Zas! Tropecé con ella, volteé y automáticamente me disculpé, fue cuando escuché su angelical voz. “No te preocupes” y solícitamente agregué: “¡¿estás bien?!…” “¿No te hice daño?” Ella sonrió y se alejó. En esos breves segundos mis piernitas temblaron y creí escuchar en toda la escuela el cascabeleo de mis extremidades.

Ahora sí, sin problema podía estar ante ella, todos los días le saludaba y a la salida le acompañaba a su casa. Yo no caminaba, flotaba rumbo a su casa. Sacaba fuerzas para superar mi timidez y poder platicarle de cualquier cosa a veces eran tonterías pero al menos le hacía reír.

Una noche de un miércoles de un septiembre, me sentí el niño más alterado, nervioso, y todo lo demás pero tomé la determinación, al día siguiente le llegaría –le preguntaría a Eloísa si quería ser mi novia. Y así, tranquilamente concilié el sueño…

Al día siguiente, preparado para ir a la escuela fue cuando desayunando y al llevarme el bocado a la boca mi mano se desvió de la dirección y me sentí mareado. Al grito de mi mamá: “¡¡Estááá´teemmbalndddddooo!!”. Fue cuando sentí un gran vacío en mi estómago.

Una vez pasado el temblor, sin oír a mi madre, salí a la escuela con la mochila al hombro. A la entrada de la primaria las mamás de los alumnos esperaban la información de la directora porque iban a evaluar el inmueble y posiblemente las clases tardarían en reanudarse. En ese momento no me preocupaba ni la escuela, ni las clases; me preocupaba angustiosamente Eloísa. Fui a su casa y no contestaban el interfono. En la tercera sección era un caos…

No supe de ella. Días después se informó: “la escuela va a dar servicio en unos módulos instalados…”. En el terreno donde actualmente está Sanborns, Peralvillo.

Esperé ver a Eloísa pero no fue así. Ya nunca volví a saber de ella.

Ese jueves 19 de septiembre de 1985, perdí mi corazón y el sueño…

Esto pasó y pasa en la Ciudad de México y también en Tlatelolco.

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