Inflexiones desde el insomnio

Tlatelolco.

Sin maquillaje

José María Arellano Mora ______________

 Hojeando revistas de la farándula, algunas páginas en internet y las redes sociales me encontré -entre en una de estas- donde con gran expectación hablan de “celebridades sin maquillaje”, cirugías y demás.

Siendo actrices y actores, indudablemente es comprensible porque ellos viven de su imagen, de su cuerpo. Deben verse sexys ante el público, las cámaras, en “alfombras rojas” y pasarelas.

Esas notas quieren sorprender e impresionar, despertando el morbo de lo “fatal” que se ven sin maquillaje, principalmente las actrices. Pero habiendo preferidas, siguen gustando del todo, sin pizca de maquillaje.

En los años 80s, en la línea 2 del metro se veía a un joven de estatura baja, con el rostro y cuello con rastros de haberse quemado; se dibujaban a lo largo como las lagrimas de las gotas escurridizas al caer la cera de una vela. Era impresionante verlo. Subía en la estación Hidalgo y guturalmente decía algo y extendía la mano, pedía dinero. Las personas lo evitaban y quienes se aprestaban a darle una moneda, eludían el contacto esquivando la mirada.

En esa época por el trabajo me daba tiempo para medio calmar el hambre, comer en un local de comida rápida con la consabida marina de atún, torta de jamón y agua de horchata. Ubicado en la misma estación; actualmente ya no existe. En una ocasión le vi charlando con un comerciante ambulante y diciendo groserías. Pues sí, hablaba no del todo bien pero lo hacía.

Dejé de usar el metro por la rutina de trabajo y, años después, no he visto a singular personaje.

A finales de los sesentas, en la escuela primaria estuvo una compañera cuyo rostro y cuello mostraba quemadura así como parte del cuero cabelludo de la frente. Le hacía ver avejentada. En verdad era impactante, pero con el tiempo le veía sin problema alguno. Nunca le oí pronunciar palabra. Ella de complexión delgada, de andar sereno. Se sentaba, por lo regular en la acera colindante a la sala de usos múltiples, pocas veces la vi jugar a la hora del recreo. Su comportamiento era tranquilo y sus cercanos compañeros de grado la trataban con respeto.

En aquellos años, no se usaba la tela especial para cubrir su daña piel. En aquel entonces me preguntaba el cómo le sucedió, sus quemaduras. No me respondí, ni busqué información.

Salí de la primaria, ya cursando la secundaria, en ocasiones la llegaba a ver caminar junto a su mamá en algún pasillo de la Unidad Tlatelolco. Siempre ecuánime.

Años después, a lo lejos le vi, venía caminando en dirección opuesta. En esta ocasión, me sorprendió porque la mitad de su cara estaba restablecida. Mostraba una piel uniforme y  blanca, con rasgos bellos… ¡¡impresionante!! Y, de ese día, jamás supe de ella.

Para algunos la cirugía plástica es para ganarse la vida, aunque para otros es necesario para ser aceptados en un mundo “normal”.

Esto pasó y pasa en la Ciudad de México y también en Tlatelolco.

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