Escasa orfebrería en los hallazgos del Templo Mayor

Textos en libertad
José Antonio Aspiros Villagómez ____________

(Primera de cinco partes)

         Hace pocos años, alumnos de un diplomado universitario de investigación sobre robos de arte en México buscaron a este tecleador para que les expusiera sus experiencias como reportero y articulista de temas arqueológicos.

La invitación derivó en un texto titulado ‘Expolio del patrimonio arqueológico’, del cual han sido rescatados para esta serie algunos fragmentos con datos y testimonios de interés por su carácter factual, ya sin las consideraciones jurídicas y técnicas expuestas en el documento. Están narrados en primera persona y se resumen enseguida:

“Aun cuando actualmente ya abordo muy poco en mis artículos el tema de la arqueología y del saqueo de bienes, procuro seguir enterado por las noticias, pero nunca he visto esos objetos sólo como obras de arte o piezas de museo, sino principalmente como evidencias de primera mano, de cómo fueron las culturas que nos antecedieron.

“Tal vez mi principal experiencia sobre el tema esté relacionada con el descubrimiento del monolito Coyolxauhqui en 1978. Los reporteros íbamos dos veces por semana a la zona del hallazgo, en el lado oriente de la Catedral, y por lo general nos atendía el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, director del naciente Proyecto Templo Mayor.

“Él era nuestra fuente casi única de información, y unas pocas veces cedió la tarea de atendernos a otros arqueólogos, en especial Eduardo Contreras, pero cuando éste nos habló de que habría ciertas demoliciones de edificios del rumbo, no le gustó al coordinador del proyecto y ya no le permitió volver a hablar con los reporteros. En fechas posteriores, siempre hubo un arqueólogo asignado para acompañar a los periodistas dentro de la zona de excavaciones, para que no habláramos con personal no autorizado.

“No obstante, una vez me dijeron los trabajadores que habían sido sacados dos baúles con objetos coloniales (hay vestigios arquitectónicos de esa época en el lugar) y, en otra ocasión, aseguraron que habían sido encontrados diversos artículos de oro, todo lo cual no fue posible corroborar con la fuente oficial.

“Pensé en hacer una investigación sobre lo que llamé El oro perdido del Templo Mayor, pero como las versiones de los excavadores no eran fiables ni suficientes, necesitaba contar con fuentes calificadas y datos concretos. Desde luego, cuando hablé con Matos al respecto, me explicó que entre los aztecas las plumas, el jade y otros minerales eran más valiosos que el oro, y por eso ningún hallazgo contenía dicho metal.

“Pero, aunque muy poquito, sí encontraron oro, seguramente antes o después de que yo cubrí los trabajos en 1978, ya que en realidad han excavado allí desde 1948, aunque sin mucha difusión antes de la aparición de Coyolxauhqui.

“Rastreando por la Internet, encontré la revista semestral Estudios de cultura náhuatl, de julio-diciembre de 2015, donde hablan de esas piezas de oro los doctores -uno en arqueología y otro en ciencias- Leonardo López Luján y José Luis Ruvalcaba.

“Dicen que ‘el territorio mexicano no es rico en yacimientos de oro nativo” y por eso las civilizaciones mesoamericanas lo usaron “en cantidades siempre modestas’.

“Y que sólo en 14 de las 204 ofrendas localizadas en el Templo Mayor a lo largo de 37 años, hallaron en total 267 piezas completas, casi siempre de tamaño y peso reducidos, además de 1,090 diminutos fragmentos con un peso total un poco mayor de medio kilogramo. O sea, nada, comparado con los ricos hallazgos de objetos áureos en Zaachila, Monte Albán o los cenotes de Chichén Itzá.

“Pero, a su juicio, la importancia científica de esa modesta colección ‘es enorme’, ya que fueron muy pocas las piezas que se salvaron del crisol, y mientras unas se las llevaron los conquistadores y ‘por su alta calidad estética (…) hoy se exhiben en museos de Europa y los Estados Unidos’, otras en cambio se salvaron del saqueo porque fueron enterradas como parte de ofrendas mortuorias.

“Mi malicia sobre el oro, se debió a que, el 25 de marzo de 1981, el presidente López Portillo anunció que había sido encontrado en los cimientos de lo que sería el Banco de México y luego la Secretaría de Hacienda, en la avenida Hidalgo de la Ciudad de México, un tejo o lingote de oro, que habría pertenecido al tesoro de Moctezuma. Sólo un tejo, el único, cuando el saqueo que hicieron Hernán Cortés y sus soldados fue cuantioso según los relatos disponibles, pero en su huida perdieron gran parte en las aguas del lago. ¿Y lo demás?

“Ustedes pueden ver ese tejo de oro en la sala Mexica del Museo Nacional de Antropología, pero si el hallazgo fue mayor, nadie o casi nadie lo sabe.

“No me correspondió asistir al anuncio del tejo, hecho por el propio presidente López Portillo, porque eso lo cubrió la fuente presidencial, pero en mi búsqueda de pistas encontré que la revista México desconocido, de julio de 1982, retoma un hallazgo hecho en agosto de 1976 de un conjunto de barras de oro y joyas en el Golfo de México, a unos ocho kilómetros del puerto de Veracruz, en un punto llamado Río Medio, con peso de 16 kilogramos, y del que nunca se volvió a saber nada.

 

“Según el autor anónimo del artículo de México desconocido, cuando el presidente hizo el anuncio del tejo de oro, los arqueólogos esperaban que hablara de ese otro tesoro, pero ‘el tema no fue tocado’.

El antropólogo e historiador Roberto Williams García dijo a la revista que ese gran hallazgo en Veracruz sería el tesoro de Axayácatl y parte del de Moctezuma, que habría salido en 1528 por San Juan de Ulúa, pero la nave naufragó y un tal capitán Figueroa, que huía con él, perdió la vida.

“Hasta 1982 cuando se publicó el reportaje, nadie con autoridad sabía dónde estaba el tesoro del Río Medio, cuyo valor es artístico, histórico y cultural. Ni el INAH, ni el Museo de Antropología de la Universidad Veracruzana, ni el Museo de Historia de Veracruz, ni el Banco de México, dijeron a donde habría sido transferido el hallazgo.

“Cuando otros investigadores indagaron al respecto, les dijeron: ‘¿de qué tesoro habla usted?’. La revista donde leí lo anterior, comentó con ironía que ya no importaba tanto saber dónde estaba, sino quién lo tenía.

“Porque hubo incluso peritajes a cargo de arqueólogos designados por el Ministerio Público Federal y de buzos comisionados por la Procuraduría General de la República, y los primeros informaron que se trataba de barras de oro, algunas de fundición reciente que carecían de valor arqueológico, pero también otras de origen prehispánico y piezas de orfebrería tales como pectorales y brazaletes.” (Continuará)

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