El Cristo Negro

Triana y Aguascalientes le rinden pleitesía

.- La bendita imagen que según la tradición «al hachazo de un labrador apareció en frondoso árbol» en Bocas de Ortega en el año de 1744, se empezó a venerar el 13 de noviembre a manera de novenario durante el siglo XIX, sin poder precisar la fecha.

Heriberto Bonilla Barrón _______________

Hoy Aguascalientes está de fiesta, festeja de manera muy sencilla, por la pandemia del COVID, al milagroso y venerado Cristo Negro del Encino.

Hoy en que tantos sinsabores enfrentamos, El Cristo Negro nos llena el corazón de alegría y de amor y es válido decir que así como ha crecido la ciudad, también ha crecido la devoción en la ciudad, el Estado y aun en el país por el Cristo Negro.

El templo está asentado en el Barrio más antiguo de la Villa Asunción de las Aguas Calientes.

Muchos no lo saben, pero al castizo Barrio de Triana originalmente se le conoció, cuando Aguascalientes pertenecía a Teocaltiche, como el Rincón de Nuestra Señora de los Remedios.

Y para conocimiento de los lectores de FUERZA AGUASCALIENTES y de Mi Raíces Digital, en el mundo existen sólo tres Barrios de Triana. El de Sevilla, el de Palma de la Gran Canaria y el nuestro.

Octavio Paz decía que el mexicano ama las fiestas y las reuniones públicas, toda ocasión es propicia para reunirse y cualquier pretexto es bueno «para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos».

El investigador del INAH, Vicente A. Esparza Jiménez, nos dice que durante el período de la historia conocido como Porfiriato (1876-1911) en la ciudad de Aguascalientes se celebraban varias fiestas religiosas.

La sociedad de Aguascalientes, dice, siempre se ha distinguido por su gran devoción y caridad y eso lo está demostrando con su devoción al Cristo Negro.

Para algunos historiadores «la fiesta en México es una forma de entender la vida y afrontar el tiempo; siempre celebran algo, ya sea real o ficticio, es un acontecimiento vivido y creído y en ocasiones creado».

Las fiestas religiosas empezaban con la Cuaresma y concluían con la Semana Santa.

Otras eran las dedicadas a Todos los Santos y la que se realizaba en el Barrio de Triana también en el mes de noviembre, y que festejaba al Señor del Encino, que eran seguidas por la celebración de la virgen de Guadalupe en el mismo barrio.

Las fiestas religiosas daban ocasión para la diversión, por lo que poco a poco fueron perdiendo la devoción y solemnidad que las caracterizaba, pues los hombres transformaron el sentido original de las cosas y las tornaron más materiales y mundanas.

Durante el Porfiriato, dice Vicente A. Esparza Jiménez, las festividades religiosas populares sufrieron algunos cambios, pues el Estado y la elite veían en ellas algunos elementos que era necesario reformar, ya que daban paso a la «aglomeración de personas», a los juegos de azar y al alcohol, que resultaban en desórdenes «algunas veces graves», como decía en 1881 el Dr. Jesús Díaz de León.

Como dijimos, la fiesta del Señor del Encino comenzaba una vez terminada la celebración a Todos los Santos.

Para un testigo de la época en este festejo era tal la licencia que se daban los habitantes en estos días, que en lugar de llamarla «conmemoración de los fieles difuntos» consideraba que se le debería nombrar «festividad de los fieles difuntos», ya que muchos hacían de esta celebración una auténtica fiesta.

En Aguascalientes esta celebración se llevaba a cabo en El Parián, que a decir de Eduardo J. Correa, en esos días se convertía en sede de una «fiesta profana» donde había cantinas, loterías, ruletas y dados.

Inmediatamente acabada esta fiesta se celebraba otra, el novenario del Cristo del Encino en el barrio de Triana, donde también había puestos de comida, lotería y ruleta. Igual ambiente tenía la celebración del 12 de diciembre en honor a la virgen de Guadalupe, donde había «cohetes, vocerío, estrépito».

En todas estas fiestas, cabe mencionarlo, corría en abundancia el alcohol y los juegos de azar estaban por doquier, porque eran tolerados por las mismas autoridades quienes a través de una multa permitían la instalación de partidas, ruletas, chuzas y carcamanes.

Según un documento que se encuentra en el Archivo Histórico Municipal, así ocurrió en 1881, cuando «por disposición superior» se permitió el juego de azar por tres días en las funciones de Todos los Santos y el Señor del Encino.

El Cristo Negro del Encino, que según la tradición «al hachazo de un labrador apareció en frondoso árbol» en Bocas de Ortega en el año de 1744 se empezó a venerar el 13 de noviembre a manera de novenario durante el siglo XIX, sin poder precisar la fecha.

La fiesta, advierte Esparza Jiménez, se realizaba en la llamada calle Ancha (hoy Eliseo Trujillo) a un costado del templo, mismo que empezó a construir en el año de 1773 el cura párroco Vicente Antonio Flores Alatorre y que terminó en 1796 el cura Miguel Martínez de los Ríos.

Según un testigo de la época, le explicaba a un amigo que en esa calle Ancha el ambiente que se notaba todas las noches era muy parecido al de hoy en día, con la salvedad que en vez de volantines movidos por mulas hoy tenemos juegos mecánicos:

«Flamearán los mecheros de manteca en los puestos de limas, cañas, tejocotes y guayabas; se escucharán los pregones de: éntrele al bien tostao; en el volantín se cansará la mula que lo mueve, mientras el organillo parecerá dormirse al arrullo de sus sones monótonos; en la lotería la murga atacará polcas y mazurcas; la rueda de marfil de la ruleta se reirá de la candidez de los jugadores, cayendo en la casa grande cuando en el tapete esté vacía de apuestas, y la buena gente del suburbio, como enciende en asombros su curiosidad ingenua, iluminará zaguanes y ventanas para recibir a la emoción un año esperada…»

Ya casi para concluir la charla con FUERZA AGUASCALIENTES y con Mis Raíces Digital, Vicente A. Esparza Jiménez dice que el cambio más significativo de esta fiesta ocurrió en el siglo XX.

En 1947 se consagró el templo del Encino y la fiesta se transformó de forma pero no de fondo, pues a partir de 1948 el novenario pasó a ser trecenario.

Sin embargo, a pesar de los cambios, la esencia de la fiesta del Señor del Encino sigue siendo la misma, tal como la relató Francisco Díaz de León a mediados del siglo XX.

«La calle Ancha, sola y triste de ordinario, amaneció transformada el 13 de noviembre. Como por encanto brotaron tiendas vestidas de manta, que albergaban loterías; cerrando la calle se había instalado un volantín e innumerables personas colocaron en el suelo empedrado sus vendimias».

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