De las palabras a los hechos falta un buen trecho en El Líbano

Armando Reyes * _______________

Beirut (Prensa Latina).-  Si bien figuras clave de la política en El Líbano aseguraron que aceptarían un cambio en el sistema confesional, de las palabras a los hechos todavía hay un buen trecho en este país del Mediterráneo oriental.

El presidente de la República, Michel Aoun, abogó por la creación de un Estado civil y abandonar el sistema sectario religioso de la actualidad.

Aoun emitió un llamamiento a todos los líderes espirituales y políticos para consensuar enmiendas constitucionales sobre la formación del Gobierno.

Hago un llamamiento a declarar El Líbano un Estado civil y me comprometo a establecer un diálogo para alcanzar un formato aceptado por todos, que se traduciría a través de enmiendas constitucionales apropiadas, subrayó. Es necesario mejorar, enmendar y cambiar el sistema actual, dijo.

El Líbano necesita un nuevo enfoque en la gestión de sus asuntos, agregó, que se base en la ciudadanía y la naturaleza civil del Estado.

A juicio del primer mandatario libanés, el sistema actual no es válido y obstaculiza cualquier avance o reforma. «…Ha llegado el momento de buscar una nueva fórmula», apuntó.

Respecto al Acuerdo de Taif que puso fin a la guerra civil libanesa de 1975-1990 mediante el cual se distribuyeron a partes iguales cargos oficiales entre cristianos y musulmanes, acotó, tiene puntos fuertes y débiles que surgen en cada coyuntura.

El llamado sistema confesional divide el poder entre las comunidades cristianas e islámicas en el país mediterráneo que es formalmente una república parlamentaria.

La Constitución redactada por la metrópoli, Francia, que concedió la independencia a El Líbano en noviembre de 1943, estipula que el presidente debe ser cristiano maronita; el primer ministro, musulmán sunita; el titular del parlamento, musulmán chiita, y así sucesivamente hasta repartir cargos y puestos para 18 confesiones religiosas.

Para sus muchos críticos, el sistema paraliza al Estado y alimenta la corrupción, la inercia, consolida el poder de caudillos y barones sectarios que provienen de un puñado de familias poderosas.

Una vez elogiado como pilar de la convivencia, el sistema mostró que su efectividad es incierta, contraproducente y está de espaldas a la realidad.

Una explosión gigantesca en el puerto de Beirut el 4 de agosto que mató al menos a 191 personas, hirió a miles y devastó gran parte de la capital, renovó los llamamientos a cambios radicales.

Pero los intereses arraigados impiden esas modificaciones por ser base de toda la vida política durante décadas.

El Líbano reconoce 18 sectas religiosas oficiales, y sus 128 escaños parlamentarios se dividen por igual entre musulmanes y cristianos, un arreglo único en la región.

Parece un reparto justo y equitativo sobre el equilibrio demográfico, aunque desde 1932 no se realiza censo oficial, en gran parte porque en los tiempos que corren cambió el tamaño relativo de las comunidades.

Estimaciones extraoficiales afirman que los cristianos constituyen un tercio de la población de unos 4,6 millones y el resto son musulmanes.

El acuerdo de repartirse el poder en 1943 consagró una mayor representación a los cristianos, una de las causas de la guerra civil de 1975 a 1990.

Las partes enfrentadas pusieron fin a las hostilidades en el acuerdo Taif, en Arabia Saudita, establecieron paridad confesional en la Cámara y limitaron algunos poderes del presidente cristiano en favor del primer ministro y de los legisladores.

En esa anuencia, se dijo que el sistema confesional debía ser provisional y temporal, pero en la práctica los antiguos caudillos que, de uniformes militares pasaron a vestir trajes de última moda, asumieron todos los cargos públicos, potencian su dominio sobre bases religiosas.

Los ciudadanos criticaron desde siempre ese método de distribución de poder contra el cual se verifica hoy más intensidad ante la peor crisis económica en décadas, la pandemia de la Covid-19 y la explosión de la terminal portuaria.

Un movimiento de protesta integrado por todos los sectores salió a las calles desde octubre pasado para exigir una revisión completa de un sistema político que en general se considera roto.

La explosión del puerto de Beirut avivó la ira popular, que atribuyó esa tragedia a décadas de negligencia y corrupción de la élite gobernante. Y mientras los líderes políticos hablan sin rumbo fijo, el país se hunde, resumió el canciller francés, Jean-Yves Le Drian.

Los libaneses están a bordo del Titanic, pero sin la orquesta, de acuerdo con la descripción de Le Drian. «La gente habla sin cesar, pero no pasa nada», subrayó.

*Corresponsal de Prensa Latina en El Líbano.

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