Cuando Orellana descubrió el Amazonas, pero Pizarro no halló el País de la Canela

Norma L. Vázquez Alanís _______________

Una aventura extraordinaria fue la que emprendió Francisco de Orellana, otro de los grandes de Extremadura, España, que llegó muy joven a América para unirse a las expediciones de los hermanos Francisco y Gonzalo Pizarro, con quienes estaba emparentado por parte de su abuela materna.

En la conferencia titulada ‘Francisco de Orellana y el descubrimiento del río Amazonas’, la maestra en Humanidades, escritora, historiadora y poeta ecuatoriana avecindada en México, Alicia Albornoz, hizo una semblanza de este personaje, quien nunca pensó que sería autor de una proeza grandiosa.

El descubrimiento por parte de Orellana del río Amazonas, el más caudaloso del mundo y que nace en Perú y atraviesa Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela y Brasil -donde desemboca en el Océano Atlántico-, lo consiguió después de una serie de episodios sorprendentes; sin embargo, su hazaña fue opacada por lo que consiguió su paisano Hernán Cortés, explicó la ponente.

Cuando se trasladó al Nuevo Mundo para integrarse a la reducida hueste de Francisco Pizarro en 1527, sólo era un muchacho de 16 años y quería emular las gestas de sus paisanos en este lado del océano, de manera que participó con él en la conquista del imperio de los incas, en la que se reveló como un soldado hábil e impetuoso. Antes de cumplir los 30 años, Francisco de Orellana había tomado parte en la colonización de Perú y fundado la ciudad de Guayaquil, de acuerdo con datos consignados en La enciclopedia biográfica en línea (Barcelona, España).

Francisco de Orellana.

El padre de la conferenciante, Miguel Albornoz, era un admirador de Orellana y se fue a recorrer el Amazonas, y a ella le contaba las experiencias que plasmó en el libro El caballero del Amazonas. Así, Alicia Albornoz indicó que Orellana arribó primero a Nicaragua y luego pasó a Perú, donde estuvo poco tiempo y siguió hacia Ecuador, donde perdió un ojo en las luchas contra los indios manabíes.

En 1534, recién fundada por Diego de Almagro la ciudad de Quito (según consta en los textos de su escribano Juan de Espinoza), el explorador Francisco Pizarro mandó a su hermano Gonzalo para que saliera de ahí a buscar el País de la Canela, comentó Albornoz, porque era una especia muy cotizada en Europa y habían oído que los naturales de esa región usaban un polvo que parecía canela, pero que era ixtingo, un condimento local.

También buscaban El Dorado, pues la leyenda decía que cuando los muiscas, que poblaron los Andes del norte en la actual Colombia, iban a coronar a un nuevo monarca, se le desnudaba y cubría por completo con una capa pegajosa de resina sobre la que se había soplado un fino polvo de oro, y el resultado era un brillante hombre de oro, literalmente un «hombre dorado» que saltaba a la laguna y, al salir limpio de oro, se convertía en el rey. Al inicio de la ceremonia la clase dominante arrojaba un fabuloso tesoro de oro y joyas a la laguna, mientras los súbditos en las orillas lanzaban asimismo sus ofrendas de ese metal precioso a las aguas sagradas.

Recordemos, dijo Albornoz, que en 1541 están todos descubriendo la América, se hablaba de Cuzco y los españoles estaban fascinados con el oro, por eso buscaban El Dorado. Gonzalo Pizarro, quien había sido gobernador de Quito, estaba empeñado en ganar fama con el descubrimiento de aquel País de la Canela y en febrero de 1541 salió de Quito al frente de 220 españoles y cuatro mil indígenas, caballos y perros que les daban mucho miedo a los naturales de estas tierras pues eran mastines de guerra, y no esperó a que llegara Francisco de Orellana quien venía de Guayaquil con más caballos para unirse a la caravana.

Francisco Pizarro.

Pizarro se fue bajando hasta llegar al valle de Zumaco, en la selva, donde lo encontró Orellana para continuar con la expedición, pero era imposible seguir por esa zona pantanosa e inhabitable, y entonces Pizarro resolvió tomar el curso de un río cercano, pero para navegarlo había que construir un barco, continuó Albornoz. Los hombres se apresuraron a cortar árboles, preparar hornos, hacer fuelles con las pieles de los caballos muertos y forjar clavos con las herraduras.

Cuando terminaron el bergantín, como no cabían todos los hombres y animales que tenían, Pizarro mandó a Orellana en busca de alimentos, considerando que su lugarteniente podría entenderse directamente con los indígenas en caso de encontrarlos, pues conocía el quechua; lo acompañarían fray Gaspar de Carvajal y unos 60 hombres.

Navegaron en el “San Pedro” por los ríos Coca y Napo y siguieron la marcha durante días y días sin encontrar poblado alguno. Hay que recordar, dijo Albornoz, que el Amazonas es el río más grande del mundo porque atraviesa el continente de lado a lado. Como Orellana no hallaba provisiones quiso regresar al campamento de Pizarro, pero hacerlo contracorriente en un rio tan caudaloso era muy difícil y, aunque mandaron un mensajero, éste nunca pudo llegar, entonces Pizarro se desesperó y regresó a Quito muy enojado, y acusó de cobarde y traidor a Orellana, expuso la conferenciante.

En el Amazonas había animales muy peligrosos, además de mosquitos y víboras, aunque los manatíes los sorprendieron, relató Albornoz, e indicó que en esa larga expedición había poco alimento y tenían que comerse sus cinturones u objetos de cuero hervidos con algunas yerbas, así como los caballos y perros que se morían también de hambre; otras veces los indígenas se compadecían y les daban de comer perdices y tortugas.

Así sucedió el 3 de enero de 1542, cuando llegaron a las tierras de un cacique llamado Aparia, con quien Orellana pudo comunicarse amigablemente, los recibió generosamente y les ofreció grandes cantidades de comida.

Puesto que había nula esperanza de reunirse con Gonzalo Pizarro, jefe de la expedición, Orellana fue elegido capitán del grupo y decidieron construir un nuevo bergantín al que bautizaron “Victoria”, a fin de continuar por el río hasta mar abierto.

En su recorrido en busca de la desembocadura, Orellana y sus hombres encontraron un lugar donde vivían mujeres guerreras que sólo tenían un seno, de manera que las relacionó con la leyenda de las Amazonas, a las cuales desde niñas les cortaban uno para facilitarles el uso del arco y el manejo de la lanza; su nombre proviene del griego ‘amazwn’, que significa ‘las que no tienen seno’.

Cuenta el padre Carvajal -apuntó Albornoz- que vivían solas en una comunidad femenina y que una vez al año se apareaban con hombres de lugares cercanos; si tenían un hijo varón se lo daban al padre y si era niña se quedaba con ellas, describe que eran blancas y de cabellos rubios que peinaban trenzados en forma de corona; relata el cronista que la reina de ellas, Onori, se enamoró de Orellana. Los navegantes bautizaron el río como Amazonas en honor de tan fabulosas mujeres.

Al fin el 24 de agosto de 1542, Orellana y su grupo llegaron a la desembocadura de aquella impresionante masa de agua. Durante dos días lucharon contra las olas que se formaban al chocar la corriente del río con el océano y, al fin, consiguieron salir a mar abierto, que era lo que quería Orellana.

Posteriormente llegaron a la isla de Cubagua, en el mar Caribe, donde fueron bien recibidos; de ahí el explorador regresó a Europa, específicamente a Portugal, país que le ofreció volver al Amazonas bajo bandera portuguesa, lo cual rechazó y se fue a España donde convenció a su padrastro de que lo apoyara económicamente para retornar al Amazonas en una nueva expedición. En ese viaje murió. (Estos datos están consignados en La enciclopedia biográfica en línea).

Precisó la maestra Albornoz que, gracias al fraile Gaspar de Carvajal, conocemos muchos detalles de esta expedición que descubrió el Amazonas, en una prosa muy fluida y entretenida; fue el cronista de Orellana. Por los escritos de Carvajal sabemos que un tallador de maderas preciosas que iba en ese viaje fue quien hizo posible construir un barco para seguir explorando. Todos los que vinieron a América conocían el lenguaje del mar y eran medio marineros, agregó la conferenciante.

Albornoz recomendó leer a Carvajal, pues aporta muchos datos acerca de la expedición de Orellana, quien pensaba encontrar el País de la Canela, una de las especias más importantes para la cocina europea, pero que era muy cara porque la traían de la India y sólo Portugal tenía acceso al comercio con esa nación.

A manera de colofón, Albornoz comentó que todos los españoles aventureros estaban influenciados por las novelas de caballería.

Por su parte, la académica Teresa Ponce se refirió al libro El caballero del Amazonas, de Miguel Albornoz, padre de Alicia, el cual consideró muy ilustrativo respecto a la acometida de los españoles por descubrir y conquistar América.

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