CDMX: El lugar donde sí se puede

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Francisco Rodríguez ____________

 Agustín Lara, nativo del capitalino barrio de «La Lagunilla»‎, decidió «haber nacido» en Tlacotalpan y, ni tardo ni perezoso, un recordado gobernador, lo habilitó, con todo y calle principal, al lado de otros inmortales, como Gonzalo Aguirre Beltrán y Guillermo Cházaro Lagos.

El primero, usted sabe, fue propulsor de la política educativa e indigenista mexicana, y el segundo, una gloria vernácula, autor de «Los cantos del Papaloapan», las décimas más sentidas y rigurosamente académicas, dedicadas por alguien a la belleza de su tierra.

‎Muchos «académicos» gazmoños y sofisticados se sintieron heridos en su orgullo retardatario por la decisión de Lara, porque en el fondo, era un reclame al sustrato de sus tesis inmovilistas, de su pensamiento conservador y de sus designios religiosos y creencias deterministas.

Como ahora que, aunque se opongan a que algo amenace al reino de la partidocracia, el‎ 62 % de los mexicanos, acaba de apoyar la posibilidad real de las candidaturas independientes, a contrapelo de los retrecheros inmovilistas.

Sin embargo, todo el país festejó la decisión de Lara, acerca de adoptar a Tlacotalpan como su cuna, aunque supieran la verdad. Era tan grande su fama y su genio, que cualquier ciudad de las consagradas en su «Suite española», se hubiera peleado por ser escogida como cuna del «Flaco de Oro».

Madrid, Granada, Valencia, Murcia, Toledo, hubieran «dado un brazo» por ser elegidas. Inmortalizó el barrio de Lavapiés –donde tiene una estatua majestuosa–, el bar de «Chicote» y la Gran Vía de tal modo que el alcalde Enrique Tierno Galván, el más querido de los de la antigua Villa del Oso y el Madroño, era su admirador entrañable.

En el sepelio del filósofo y catedrático de la Complutense Enrique Tierno Galván, gloria del republicanismo de avanzada, al que asistieron casi un millón de madrileños que atestaron La Castellana rumbo al panteón, se tocó pura música española de Agustín Lara. Como su réquiem, «Madrid».

Y eso que la hermosa calzada de La Castellana, que atraviesa la capital española, desde más allá del barrio de Chamartín, hasta la majestuosa estatua de la Cibeles‎ y del edificio secular de Comunicaciones…

… quiso ser bautizada por Franco y sus exegetas con el nombre de «José Antonio», recordando al sanguinario fascista-falangista Primo de Rivera‎, todo porque el dictador, que también quería ponerle su nombre a La Gran Vía, motivado por sus desplantes retorcidos, quería reposar con su brazo armado, por toda la eternidad.

 Sin el «veracruzano» Lara, no existiría la identidad jarocha

 ‎Lara había compuesto todo un repertorio de hermosas canciones españolas, con un sabor tan castizo, y una descripción geográfica y de costumbres, giros idiomáticos, olores y sabores, sólo propia de un genio musical como era él…

… que, además, lo hizo sin conocer ese país, hasta que los comerciantes peninsulares radicados en México, y hasta los criollos, le ofrecieron una serie de homenajes en el Club Asturiano de las calles de Orizaba y Puebla. en la colonia Roma de la ciudad de México…

… y lo sorprendieron con sus boletos de avión a España. Hasta entonces, varios años después de sus sonados éxitos –que hasta la fecha dan marco a la fiesta taurina– conoció el país objeto de sus melodías. El mejor pasodoble es de su inspiración, dedicado a su compadre, Silverio Pérez.

Además, «tocó » con su genio, los jardines valencianos , los balcones de Toledo, las rosas de Murcia y la belleza granadina, llevada a la exaltación en un canto andaluz de altísimos registros, interpretado en todos los idiomas por los tenores y barítonos de mayor prestigio, sonata sinfónica que le ha dado la vuelta varias veces al mundo, exaltando al compositor.

Por si esto fuera poco, sin las canciones de Lara, dedicadas a la belleza secular de los jirones y de la mujer veracruzana, posiblemente no existiera esa argamasa que une la proverbial identidad jarocha. No se entendería Veracruz, si Lara no «fuera» de Tlacotalpan.

 Y en ’85 surgió la fuerza y la capacidad de los vulnerables

 Los «grandes» tienen todos los derechos. Por eso lo son. Hasta para escoger dónde nacer, bueno, hasta de decir mentiras, mientras encuentran sus verdades que hacen evolucionar al mundo. Esto, que defendió Abel Quezada en Para los hombres verdes, lo venimos a aceptar y legislar, 50 años después.

Luego de las violentas sacudidas del terremoto del 19 de septiembre de 1985, que dejó una estela de más de decenas de miles de muertos‎ en la capital mexicana y cuando el país, sus organizaciones emergentes y los damnificados, fueron despreciados e ignorados en sus necesidades por los políticos tradicionales y sus desfasadas y soberbias actitudes, surgió la fuerza y la capacidad de los vulnerables.

El Estado, insensible y represor, autoritario, tuvo que aceptar que las cosas, los procedimientos, los modos, las maneras y hasta la Constitución debía reconocer el incontenible giro que había dado la condición política, económica y social de la población.

‎A regañadientes, los gerifaltes en turno, encabezados por el «hombre gris» De la Madrid y el ya incipiente salinato encabezado por el hispano-franco-argelino José María Córdoba Montoya, tuvieron que aceptar que «la muy noble y leal Ciudad de México» se diera su propio régimen político, que al menos permitiera elegir a su gobernante.

Desplazando la figura del «Regente», un pobre Jefe de Departamento, que según la figura del colonizador, era sólo el encargado de cuidar la plaza y transmitirla, mientras llegaba a la madurez el heredero.

‎El «Regente», que era normalmente el empleado más tozudo del régimen, el que tenía que atender todos los problemas que rebotaban en la Capital, mientras los querubines del gabinete se enseñaban con sus desafíos de politicastros.

Hasta le mandaban más problemas. Lo atosigaban con tal cantidad de chambas y manifestaciones, que le hacían imposible salir airoso y poder pretender la mano de «Doña Leonor», disputándola al de antemano elegido por el «gran dedo» presidencial.

Cuando Ernesto P. Uruchurtu, el «Regente» que demostró que podía con «el paquete»‎ les demostró que tenía el empaque para aspirar a distinciones mayores, el propio Presidente envidioso lo revistió de improperios, haciendo que la voz popular le llamara «Don Gladiolo».

Haciendo referencia a los reclamos de los afectados por la apertura de la prolongación hacia el norte del Paseo de la Reforma, misma que al ser terminada fue atestada de gladiolas en su camellón central, para hermosear la obra, de alguna manera.

Lo menos que decían los presidentes a sus círculos íntimos, para que lo esparcieran como un chiste popular en las carpas y comederos políticos, era que Uruchurtu bien podría ser un buen Presidente, «los primeros 18 años”.

‎La vida de los «regentes» priístas, durante su encargo, se desenvolvía como un drama. Negociando con taxistas, ambulantes, precaristas, establecidos de los mercados públicos y toda la gama de peticionarios y reclamantes de servicios modernos, en una ciudad que rebasaba su capacidad para albergar más de siete millones de habitantes… y el problema se complicaba…

… porque, además de ser el guardián y el velador del Zócalo y de los acontecimientos criminales en el Centro Histórico, debía aguantar las puntillosas críticas cotidianas de los «heraldos» a sueldo de los poderosos…

… y hasta de «divas» locales, como María Félix, que llegaron a atribuibles que por su manifiesta incapacidad y falta de olfato físico, no se daban cuenta que el Centro y sus edificios emblemáticos ¡olían a orines!

Todo un circo. Un monstruo de mil cabezas que reclamaba saciar sus apetitos de mil maneras, en el ámbito de los voraces hambreadores, de los potentados, de los artistas que reclamaban seguridad en los teatros‎, de los líderes populares y de las plumas ofrecidas al mejor postor, listas para denostar cualquier intento.

Todos, jalando por su lado, tratando de estirar una cobija raída y súper explotada.

 La Capital Social y sus programas que replican los estados

 ‎Gobernar una ciudad que –parafraseando a De Gaulle, cuando expresó que era muy difícil gobernar un país con quinientos tipos de quesos– que llegó a albergar 400 bares con música viva, cuando corría el dinero, porque no había nacido el fatuo virrey Videgaray.

Era ciertamente imposible, sin cambiar urgentemente. El terremoto devastó ese sistema político. A partir de la llegada de movimientos de izquierda moderada, todo ese perfil se transformó. Se demostró que «¡sí se puede!».

Obras culturales y de infraestructura de gran envergadura, sin tener que consultarlas a la criba de la envidia, una legislación de avanzada que permitió la defensa y la tutela de madres solteras, población discriminada, adultos mayores con espacio propio, ayuda a los vulnerables, indigentes, necesitados de techo y escrituras, de quienes no tienen posibilidades económicas para preservar su estado de salud físico y emocional…

… hasta la protección legal de quienes quieren cambiar de sexo, de asumir otras preferencias, de alentar el remozamiento de sus entornos, la defensa de la dignidad y de la integridad, han hecho posible que el país no se haga pedazos en el corazón de su principal motor ciudadano.

‎La creación, después de 18 años, de una ciudad ejemplo de la instauración de un Estado social de Derecho. Con un clima de libertades, que poco a poco se va convirtiendo en ejemplo para otra entidades que han asumido sus programas sociales, le otorga aires frescos al país, sumido en la parálisis institucional y en el terror de los ñoños a la pobreza a la que sólo hacen crecer.

‎Una ciudad, ya reconocida por propios y extraños, como la Capital Social de los mexicanos, que se erige sobre un concepto del éxito social, muy diferente del que enarbolan los voraces depredadores que están repantigados en sus covachas de Los Pinos, y no pueden ni asomarse a la banqueta, poseídos por el miedo a los reclamos de la gente.

‎Lo siento por los medrosos. Lo festejo en nombre de todos los que anhelan el cambio, siempre vivificador, de los audaces e inteligentes.

La Capital Social es una realidad, que sólo los insensibles y paletos no pueden ver.

 Índice Flamígero: Tanta alharaca por el formato del III Informe de gobierno de Miguel Ángel Mancera y los representantes de todas las bancadas desaprovecharon la oportunidad de tener ahí presente a la máxima autoridad política de la capital nacional. Frases sobadas, huecas, pocas y hasta nulas referencias a la gestión gubernamental… dedicaron los laaargos 10 minutos que correspondieron a cada uno a temas que sólo interesan a ellos, a la partidocracia. Mucho hicieron los asistentes, Mancera entre ellos, en escucharlos. Lástima de diputados. No saben ni leer.

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