Cárceles en México: desde jaulas de madera, hasta las Islas Marías

Textos en libertad

José Antonio Aspiros Villagómez (con información de Norma Vázquez Alanís) ______________

         Una historia resumida de las cárceles desde tiempos prehispánicos hasta nuestros días en México, fue presentada por la abogada con maestría en política criminal y materia penal Elizabeth Rembis Rubio, durante una conferencia por plataformas virtuales en la Academia Nacional de Historia y Geografía (ANHG), de la cual ella es presidenta.

         Con ilustraciones que amenizaron más su exposición, narró desde que entre los nativos no existía la pena de privación de libertad, hasta el reciente cierre de las Islas Marías, que calificó como una aberración.

La licenciada en Derecho por la Universidad Franco Mexicana expuso que entre las culturas prehispánicas lo que había eran jaulas de madera donde los acusados de delitos graves esperaban ser sacrificados como ofrenda a los dioses, y sobre situaciones recientes consideró que los penales de máxima seguridad -16 en la actualidad- creados durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, son a todas luces violatorios de la Constitución por numerosos motivos.

Dijo que la prisión o penitenciaria nació del sistema de Derecho Canónico en la época feudal, cuando no existía diferencia entre pecados y delitos, y el castigo se cumplía en una celda como la que ocupaban los religiosos enclaustrados hasta que el inculpado se enmendara.

         Habló de cómo, tras la Conquista, fue trasplantada a suelo americano la legislación española, se construyeron cárceles para inhibir la comisión de delitos, los presos no debían ser maltratados; fueron separados hombres de mujeres, había rondines en la noche para detectar si los reclusos necesitaban algo, y estaban prohibidos los juegos de azar y las bebidas alcohólicas. Inclusive los indígenas deberían ser tratados bien, como establecía una bula del papa Pablo III.

         En ese tiempo las autoridades no se hacían cargo de alimentar a los presos, quienes eran mantenidos por su familia o algún benefactor. Había un libro de registro de internos y los presidios estaban obligadas a tener un capellán que oficiara misas los domingos y diera auxilio espiritual a los reos.

         La maestra Rembis citó las diversas cárceles que hubo en Nueva España, como la Perpetua, la Acordada, la de Belem y otras. La de la Perpetua estaba frente a la Plaza de Santo Domingo, junto al Tribunal del Santo Oficio, el cual en 1820 -un año antes de la consumación de la Independencia- fue transformado en cárcel del Estado.

Ahí mismo estaba la cárcel secreta donde torturaban a los acusados para que confesaran sus delitos, y sus gritos de dolor provocaban que otros detenidos que los oían, declaraban lo que fuera para no sufrir lo mismo.

Existieron para mujeres las llamadas Casas para Recogidas, con una disciplina muy férrea tipo conventual. En ellas estaban, aunque separadas por clases sociales, las prostitutas, limosneras, mujeres que se recluían voluntariamente mientras se anulaban sus matrimonios, y las hijas rebeldes de familias de la alta sociedad.

         Después de la Independencia el Estado se hizo cargo de la manutención de los presos, pero en la mayoría de las cárceles tenían que trabajar en obras públicas. La excepción era la cárcel de Belén o cárcel Nacional (donde estuvo el bandido Chucho el Roto), que sustituyó en 1863 a la de la Acordada.

En Belén había talleres, escuela, enfermería, cocina, atolería, salón para visitas, bodega para alimentos y un cuarto de archivo; los presos estaban separados según fueran procesados, condenados o detenidos, pero había celdas de primera y de segunda conforme al poder económico del reo. También había un pabellón psiquiátrico.

Las mujeres se prostituían con los guardias para tener alimentos hasta que terminara su reclusión, y todos los condenados a muerte eran fusilados ahí mismo en los patios. Había también la pena de destierro, que consistía en enviar al reo a sitios lejanos a realizar trabajos forzados, como el Valle Nacional, en Oaxaca, de donde nadie salía con vida.

         Con el presidente Porfirio Díaz hubo un código penal, se estableció que todos los presos aprendieran a leer y escribir, y que podrían entrar a una caja de ahorros con lo que ganaran en los talleres, para contar con recursos cuando salieran de la prisión.

         La cárcel de Lecumberri, inaugurada por Díaz en 1900, tuvo el propósito de acabar con las condiciones precarias que vivían los presos en la de Belén. Tenía jardines y talleres, pero después llegaron la corrupción, las drogas, el alcohol, el juego y el hacinamiento, y surgió el apando como uno de los peores castigos no sólo para los internos con mala conducta, sino para quienes debían dinero a la tienda de la cárcel, y para los políticamente incorrectos.

En ese lugar estuvieron presos por motivos políticos el escritor José Revueltas y el pintor David Alfaro Siqueiros, así como los estudiantes detenidos en 1968. La penitenciaria albergó también a mujeres, hasta que en 1954 se puso en servicio la primera prisión femenil en Santa Marta Acatitla. Lecumberri fue cerrado en 1976 para convertirlo en el Archivo General de la Nación.

         Acerca de la isla María Madre, la mayor de las Islas Marías, dijo la abogada penalista que Porfirio Díaz estableció en ella en 1905 una colonia para reos altamente peligrosos; que el presidente Lázaro Cárdenas la convirtió en de baja peligrosidad al autorizar que las familias de los presos vivieran con ellos, y que en 2019 el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó su cierre y, mientras unos reos fueron liberados, otros regresaron a sus penales de origen, “lo cual es una aberración”. En la isla tenían hospital, escuelas, bibliotecas, canchas de futbol, diversión con obras de teatro y música de orquesta, y los reos trabajaban en labores agrícolas y podían vender la sobreproducción, con lo que el penal era autosuficiente.

         Finalmente se refirió a la cárcel conocida como Almoloyita en el Estado de México, que al principio fue una prisión abierta, con autogobierno y libertad en parte del día o los fines de semana, tenía jardín, auditorio y cocina, los reos estaban separados en sentenciados, procesados y detenidos, pero luego fue convertida en prisión cerrada por decisión de un gobernador.

Al comentar la charla de la maestra Elizabeth Rembis, el académico Stephen Murray recordó que por un intento de proclamación de independencia en 1640, cuando llegó a Nueva España, el irlandés Guillén de Lampart permaneció preso 19 años y lo quemaron en 1659. Nos ocuparemos de él próximamente.

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