Buena inversión la prisión moderna

Carlos Ravelo Galindo, afirma: __________________

A propósito del breve pero conciso Segundo Informe de labores presentado por Andrés Manuel López Obrador, el presidente del Consejo Internacional de Empresarios (COINE), Martín Rodríguez Sánchez coincidió en la necesidad de elevar la armonía y buena relación que guardan gobierno Federal y la Iniciativa Privada.

Sobre todo en momentos en los que México necesita de alianzas y colaboración mutua.

Martín Rodríguez afirmó que otro de los aciertos del gobierno Federal radica en el combate a la corrupción, ya que este punto otorga garantías a la actividad empresarial, fundamental para el crecimiento económico del país.

Y después de nuestro aplauso, recordamos que como reporteros   hemos vivido, lo que a continuación nos platican al alimón los escritores doña Norma Vázquez Alanís y don José Antonio Aspiros Villagómez.

Esto nos permite narrar una anécdota, que parece chiste.

Preguntaron al gobernador después de inaugurar un reclusorio, con alberca, frontones, restaurantes, el por qué el derroche en un lugar que alberga delincuentes.

En lugar de construir escuelas.

Respondió, ufano;

Al colegio no creo regresar.

Y al tema de nuestros huéspedes, que evocan las cárceles en México: desde jaulas de madera, hasta las Islas Marías.

Es una historia resumida de las cárceles desde tiempos prehispánicos hasta nuestros días en México,

Narran desde que entre los nativos no existía la pena de privación de libertad, hasta el reciente cierre de las Islas Marías, que se calificó como una aberración.

Entre las culturas prehispánicas lo que había eran jaulas de madera donde los acusados de delitos graves esperaban ser sacrificados como ofrenda a los dioses, y sobre situaciones recientes consideran que los penales de máxima seguridad -16 en la actualidad- creados durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, son a todas luces violatorios de la Constitución por numerosos motivos.

La prisión o penitenciaria nació del sistema de Derecho Canónico en la época feudal, cuando no existía diferencia entre pecados y delitos, y el castigo se cumplía en una celda como la que ocupaban los religiosos enclaustrados hasta que el inculpado se enmendara.

 Tras la Conquista, fue trasplantada a suelo americano la legislación española, se construyeron cárceles para inhibir la comisión de delitos, los presos no debían ser maltratados.

Fueron separados hombres de mujeres, había rondines en la noche para detectar si los reclusos necesitaban algo, y estaban prohibidos los juegos de azar y las bebidas alcohólicas.

 Inclusive los indígenas deberían ser tratados bien, como establecía una bula del papa Pablo III.

 En ese tiempo las autoridades no se hacían cargo de alimentar a los presos, quienes eran mantenidos por su familia o algún benefactor.

Había un libro de registro de internos y los presidios estaban obligadas a tener un capellán que oficiara misas los domingos y diera auxilio espiritual a los reos.

Al comentar la charla de la experta abogada penalista y  maestra, Elizabeth Rembis, afirman que citó las diversas cárceles que hubo en Nueva España, como la Perpetua, la Acordada, la de Belem y otras.

 La de la Perpetua estaba frente a la Plaza de Santo Domingo, junto al Tribunal del Santo Oficio, el cual en 1820 -un año antes de la consumación de la Independencia- fue transformado en cárcel del Estado.

Ahí mismo estaba la cárcel secreta donde torturaban a los acusados para que confesaran sus delitos, y sus gritos de dolor provocaban que otros detenidos que los oían, declaraban lo que fuera para no sufrir lo mismo.

Existieron para mujeres las llamadas Casas para Recogidas, con una disciplina muy férrea tipo conventual.

 En ellas estaban, aunque separadas por clases sociales, las prostitutas, limosneras, mujeres que se recluían voluntariamente mientras se anulaban sus matrimonios, y las hijas rebeldes de familias de la alta sociedad.

 Después de la Independencia el Estado se hizo cargo de la manutención de los presos, pero en la mayoría de las cárceles tenían que trabajar en obras públicas.

La excepción era la cárcel de Belén o cárcel Nacional (donde estuvo el bandido Chucho el Roto), que sustituyó en 1863 a la de la Acordada.

En Belén había talleres, escuela, enfermería, cocina, atolería, salón para visitas, bodega para alimentos y un cuarto de archivo; los presos estaban separados según fueran procesados, condenados o detenidos, pero había celdas de primera y de segunda conforme al poder económico del reo.

También había un pabellón psiquiátrico.

Las mujeres se prostituían con los guardias para tener alimentos hasta que terminara su reclusión, y todos los condenados a muerte eran fusilados ahí mismo en los patios. Había también la pena de destierro, que consistía en enviar al reo a sitios lejanos a realizar trabajos forzados, como el Valle Nacional, en Oaxaca, de donde nadie salía con vida.

Con el presidente Porfirio Díaz hubo un código penal, se estableció que todos los presos aprendieran a leer y escribir, y que podrían entrar a una caja de ahorros con lo que ganaran en los talleres, para contar con recursos cuando salieran de la prisión.

 La cárcel de Lecumberri, inaugurada por Díaz en 1900, tuvo el propósito de acabar con las condiciones precarias que vivían los presos en la de Belén.

Tenía jardines y talleres, pero después llegaron la corrupción, las drogas, el alcohol, el juego y el hacinamiento, y surgió el apando como uno de los peores castigos no sólo para los internos con mala conducta, sino para quienes debían dinero a la tienda de la cárcel, y para los políticamente incorrectos.

En ese lugar estuvieron presos por motivos políticos el escritor José Revueltas y el pintor David Alfaro Siqueiros, así como los estudiantes detenidos en 1968.

La penitenciaria albergó también a mujeres, hasta que en 1954 se puso en servicio la primera prisión femenil en Santa Marta Acatitla.

Lecumberri fue cerrado en 1976 para convertirlo en el Archivo General de la Nación.

Acerca de la isla María Madre, la mayor de las Islas Marías, dijo la abogada penalista que Porfirio Díaz estableció en ella en 1905 una colonia para reos altamente peligrosos.

El presidente Lázaro Cárdenas la convirtió en de baja peligrosidad al autorizar que las familias de los presos vivieran con ellos.

Y en 2019 el presidente Andrés Manuel López Obrador decretó su cierre y, mientras unos reos fueron liberados, otros regresaron a sus penales de origen, “lo cual es una aberración”.

 En la isla tenían hospital, escuelas, bibliotecas, canchas de futbol, diversión con obras de teatro y música de orquesta, y los reos trabajaban en labores agrícolas y podían vender la sobreproducción, con lo que el penal era autosuficiente.

Finalmente se refirió a la cárcel conocida como Almoloya en el Estado de México, que al principio fue una prisión abierta, idea del experto penalista y hoy excelente escritor don Sergio García Ramírez y luego fue convertida en prisión cerrada por decisión de un gobernador.

craveloygalindo@gmail.com

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