Bridgerton y The Midnight Sky

Gillian Turner _______________

Enero 2021

  1. ¿Podemos empezar a pensar en posibles escenarios post-Covid? Por favor, no regresemos a la “normalidad” de antes. Hacen falta cambios positivos, amigables, sustentables. ¿Una fantasía? Ojalá y no.

De todas maneras, empiezan los cambios. Hacemos más operaciones en línea. Los que pueden trabajan desde casa. Adquirimos la costumbre de pedir entrega a domicilio – de prácticamente todo: de la farmacia, del súper, de comida hecha cómodamente empacada en plástico. Con los cines cerrados y el estreno de la última cinta de James Bond, con Daniel Craig por última vez como Bond, pospuesto hasta abril 2021, hasta los más cinéfilos se ven obligados a quedarse en casa viendo las películas y series que ofrecen las varias plataformas – con pantallas cada vez más grandes ¡compradas por Internet!

Una curiosa serie se estrenó hace poco en Netflix. Se llama Bridgerton y se basa en las novelas histórico-románticas de una estadounidense llamada Julia Quinn. La serie es una fantasía fruta de la imaginación febril de la Sra. Quinn y su peculiar perspectiva de la alta sociedad británica, incluida la familia real. Sin embargo, parece que la idea de introducir personajes para actores negros no fue idea suya sino del creador de la serie, Chris Van Dusen. En Bridgerton la Reina Carlota, esposa del Rey Jorge III (el Rey Loco) no es la alemana Duquesa de Mecklemburgo-Strelitz, sino una señora negra con quien el Rey se casó por amor. Siguiendo este hipótesis, el Príncipe Regente, gordito y frívolo, ha de haber sido de “raza mixta”. ¡A ver que nos dice la siguiente temporada! Lo bueno es que ha servido para dar papeles a varios muy buenos actores negros (¡y de muy buen ver!), interpretando miembros de la alta aristocracia en la Inglaterra del siglo  XIX.

La Sra. Quinn nos da un retrato romántico y color de rosa de aquella época. La mayoría de los protagonistas viven en mansiones excesivamente grandes, son excesivamente ricos, visten ropa excesivamente ostentosa y tienen una agenda social excesivamente cargada – baile tras baile, tardeadas y soirées sin parar —  hasta les da tiempo para un duelo. La servidumbre es leal y dedicada. Los granjeros inquilinos en las extensas tierras de los nobles acaudalados son agradecidos y respetuosos. En fin, todo es dicha y belleza, amor y alegría – con una buena dosis de escenas artísticas de sexo. ¡Escapismo puro! Me recuerda las novelas románticas de Georgette Heyer que devoraba en mis años de la adolescencia. La Sra. Heyer, muy sensata, luego abandonó el romance por el crimen y llegó a ser una exitosa escritora de novelas policiacas.

Otra opción curiosa es la película dirigida y protagonizada por George Clooney: The Midnight Sky (El Cielo de Medianoche). Clooney es Augustine Lofthouse, un científico viejo y enfermo, aparentemente el único sobreviviente de un misterioso “evento” catastrófico que ha destruido el planeta (estamos en el año 2049). Es el único que queda en una remota estación de investigación en el Árctico ya que todos los demás han sido evacuados. ¿Adónde? Quien sabe ya que supuestamente el planeta Tierra ya no es habitable. Resulta que después de todo Lofthouse no está solo, ya que olvidaron a una niña llamada Iris. Iris no habla y resulta una acompañante ideal para el monosilábico Lofthouse. Los dos emprenden viaje a otra estación aún más remota, en un intento desesperado de advertir de la catástrofe a una nave espacial para que la tripulación no intente regresar a Tierra, sino retornar mejor a un nuevo planeta descubierto por Lofthouse mismo en su juventud.

La acción de la película alterna entre Lofthouse en su solitario bunker, la tripulación de la nave espacial Aether, y algunos flashbacks hacia la juventud del brillante pero insufrible Dr. Augustine Lofthouse. Con los exteriores filmados en Islandia, los paisajes son de una belleza imponente. La nave espacial, ligera, etérea, flota en el espacio (fruto del talento e ingenio de Jim Bissell). Clooney como el científico moribundo y Caoilinn Springall como la niña Iris, trabajan muy bien juntos – dos solitarios en una relación sin palabras, sin futuro.

No es propiamente una película de acción. Es melancólica, meditativa y fría. Hay poco calor humano y mucha frialdad, ¡y no refiero solamente a los glaciares islandeses! Lo que tampoco  ayuda es la música disruptiva de Alexandre Desplat, que consigue romper más que construir un hilo narrativo coherente.

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