Baudelaire irrumpe los cielos estelares

José Luis Aguirre Huerta (*) _______________

El parisino Charles Baudelaire, contemporáneo de Allan Poe, un poeta impecable, mago de la lengua francesa, y maestro de las flores malsanas, logra en su poesía constituirse en el intérprete de la condición humana, sin ambages con el corazón al desnudo, muestra en su creación literaria dos postulaciones simultaneas, una hacia Dios y otra hacia Satán, el gozo hacia la espiritualidad en su deseo de ascender de grado y el disfrute de la animalidad satánica para rebajarse a los placeres dionisiacos, no obstante su esencia es angelical a pesar de saborear los sumos espesos del pecado, desentrañando la naturaleza del hombre, ubicado en una estatura intermedia entre la Bestia y el Ángel, atender a la llamada del mal es consustancial a la ontología humana, para escudriñar los goces más excelsos, eh ahí la complejidad del alma humana que confiere un poder de irradiación entre lo sublime y lo perverso, descubriendo el bien como dictámenes represores o autoritarios, compendios de locura emanados de seres superiores al sujeto moral.

Nos encontramos en presencia del Baudelaire que desprecia todo signo de autoritarismo, a la par de Kafka con respecto a la enciclopedia de deberes y deshumanización de que le imprime el padre educastrante, es nuestro poeta la rebelión del verso contra la fuerza del látigo de los sacerdotes y los ministros, como una revolución de la moral, insurrección a la adoración de los ídolos que infringen sufrimiento para merecer la gloria.

El poeta en ese proceso axiológico de rechazo a la moral, incide en el andamiaje de los placeres subterráneos, combatiendo el sentimiento de culpabilidad en nombre de la salud mental, que no quepa remordimiento para evitar nos ahogue después de la muerte, la supresión del deseo de ser castigado, para obtener el perdón como instrumento de compurgación mental, y por ende la renuncia al masoquismo como medio de placer en las relaciones amorosas, que deben liberarse de todo complejo entramado por la moral, busca el placer por el placer mismo, el coito sin amor la relación homosexual y la lésbica como una manifestación libre, bajo el esquema de transgresiones imaginarias, y la eliminación del hombre atormentado.

Sufriendo la cadena y freno de la moralina radical, que produce la insatisfacción de sus deseos, que se rompan las cadenas que impiden disfrutar el placer en su forma exponencial de mayor grandeza.

Su cantico a Lucifer en el Satán Trimegistro, radica en el orgullo y la dignidad para proclamar la belleza como complemento de Dios, cuya existencia se refugia en la lucha dialéctica ejercida por la deidad en tensión de un dualismo absoluto, porque Dios ocupa de Satán para mostrar su poder, y Satán requiere de Dios para autoafirmarse frente a él, preguntar al capítulo de Job, pero ambos seres despiertan en el hombre sentimientos ambivalentes de temor y veneración, concitando a Satán, a su condición terrenal como conocedor de los enigmas de la ciencia que se empeña en descifrar y abjuro de los dogmas de la fe, por eso Vallejo el poeta peruano demanda al creador con vehemencia, Dios, porque no fuiste hombre, para haber sido mejor Dios, y ante tal ignorancia de la deidad ordena aceptando sus inconsistencias, ordena a sus iconos ingresar al andamiaje terrenal, Satán y Jesús, para interpretar y traducir los sentimientos humanos.

“-¡Ah, señor!, dame fuerza y coraje para contemplar sin repugnancia mi corazón y mi cuerpo”.

Tal es la misión de Dionisio y Apolíneo, escudriñar los profundos vericuetos del alma humana, su juego de fortalezas y debilidades, sumisiones y rebeldías, los excesos que provocan la muerte y los placeres que despiertan inexorables castigos.

En este panorama, comparece la mujer arrastrando al hombre al abismo de lo animal, ahogando su inteligencia y sus proyectos de elevación, al presentarse como instrumento de voluptuosidad, en una privación de voluntad frente al deseo de obtener los placeres.

Jeanne Duval la musa del poeta encarna el afluente Dionisiaco y el encadenamiento a vínculos amorosos indestructibles, en donde la inteligencia choca ante el ornamento de la belleza, la vida una orgia perenne, bajo la búsqueda del éxtasis.

El escenario plasmado nos proyecta contemplar la abolición del bien y del mal, para entramar una comunicación humana autentica y sincera, hacia alcanzar la promesa de felicidad, bajo la concepción de un Ángel femenino de belleza paz y salvación.

No cabe duda que Baudelaire, es un Prometeo que lucha por la liviandad del amor como negación de lo prohibido para romper la castración en la búsqueda constante del deleite sexual.

De ahí la construcción de esas flores divinas aquel libro saturnal, orgiástico y melancólico.

Que impide dejarse hechizar para hundir los ojos en los abismos y aprender a amar siempre en la búsqueda del paraíso, convirtiendo a los objetos repugnantes en hallazgos de encantos, como pobres libertinos que besamos y mordemos el seno maltratado de una vieja ramera, robándole un placer clandestino, entre chacales linces y panteras, en la infame casa de las fieras de nuestros vicios,  venciendo el aburrimiento y convirtiendo con gusto a la tierra en un despojo.

A menudo los hombres por divertirse cogen albatros, grandes pájaros de los mares que siguen como indolentes compañeros de viaje al navío que se desliza por los abismos amargos.

En el océano poético, encuentra a su musa enferma, con ojos hundidos poblados de visiones nocturnas, apareciendo en su tez la locura y el horror fríos y taciturnos, el duende de color rosa ha vertido el miedo y el amor en sus vasos.

La musa amante de palacios desata un tizón que caliente sus pies amoratados, y para ganarse el pan de cada noche, ocupa como un monaguillo, mover el incensario para cantar los tedeums en los que apenas cree, exhibiendo sus cantos y su risa, bañada en lágrimas para que el vulgo pueda reír a carcajadas.

(*) José Luis Aguirre Huerta

Abogado de Profesión

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