AMLO, de sus crisis y compromisos

Perfiles Políticos
Francisco J. Siller _____________

La suma de una crisis tras otra y la pérdida en el apoyo popular al presidente Andrés Manuel López Obrador en su segundo año de gobierno debiera ser suficiente motivo para corregir el rumbo y dar un golpe de timón importante, pero no. Es un hombre necio y testarudo, como él mismo se define.

Y se agrega una más, esa que envuelve a Morena, el partido del presidente que está imbuido en una lucha intestina por el poder, sin que haya visos de lograr la unidad ante el desafío de las elecciones intermedias del próximo año. No solo se juegan los puestos directivos, también la sucesión presidencial.

López Obrador no lo ve, o no quiere verlo. Lo menos deseable es que en estos momentos políticos se destape la carrera por la presidencia para 2024, porque de no frenarla el resultado podría ser terrible para su gobierno y su intento de transformar al país y moldearlo a su intenciones personales.

Mucho se ha dicho y escrito sobre los posibles relevos de López Obrador. Ahí están a su derecha e izquierda el canciller Marcelo Ebrard y la Jefa de gobierno de la CDMX, Claudia Sheinbaum. ¿Quien de ellos estará más cerca de su corazón? Y podría surgir de atrás otro personaje: Ricardo Monreal.

Con los tres, Andrés Manuel tiene compromisos políticos y de amistad. Ebrard declinó su posible candidatura a la presidencia en el 2006 —aún cuando sus posibilidades de triunfo eran mayores— a favor de éste. Monreal aceptó la imposición de Sheinbaum en el 2018. El política, favor con favor se paga.

Estoy seguro que la lista de aspirantes será aún más larga y tortuosa y no corresponderá a los deseos presidenciales, en buena parte porque los intereses de Morena han tomado caminos distintos a los del presidente, porque se ha perdido el interés común a causa de la lucha por el poder.

López Obrador es un hombre que despierta pasiones y odios, que usa como combustible para impulsarse día con día. Descrito por quienes lo conocen de cerca como un hombre amable, incluso bromista, que solo sabe escuchar cuando le tocan los temas que lo mueven, pero tajante y sordo, cuando se le lleva la contraria.

Y para muestra, “un botón”. La advertencia que lanza a los magistrados de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, en caso de que declaren inconstitucional su solicitud de consulta popular contra los expresidentes. Va a enviar una iniciativa para modificar la Constitución y ajustarla a sus intenciones.

Así lo ha hecho desde el inicio de su mandato. Cuando las leyes se oponen a su manera de interpretar las cosas, pues hay que cambiarlas y adecuarlas y en ello Ricardo Monreal en el Senado y su contraparte, Mario Delgado, en San Lázaro, han sido primordiales.

Tenemos un presidente que en 22 meses de su llamada cuarta transformación ha conducido a México a una crisis generalizada —agravada por el coronavirus— con el pretexto de acabar con la corrupción generada en los últimos 36 años con los gobiernos del neoliberalismo.

No hay día en que no afronte una nueva crisis o remonte alguna ya existente, como en el caso del movimiento feminista. Economía, seguridad y salud, son suficientes para tener un diagnóstico de lo que está mal, lo que hay que corregir y mejorar para dar a los mexicanos una mejor forma de vida.

Basta ver las redes sociales —dejando de lado esa prensa conservadora que lo critica todos los días— para palpar ese descontento creciente que se fragua día con día, hora con hora y que mella y abolla esa credibilidad que las encuestas le daban al inicio del sexenio. ¿30 puntos abajo? Pues “yo tengo otros datos”.

Es tal su seguridad de que el pueblo bueno y sabio lo apoya que lanzó un reto los inconformes con su gobierno: «A la primera manifestación de 100 mil y que yo vea que en las encuestas ya no tengo apoyo, me voy a Palenque, Chiapas”, allá donde esta su finca a la que nombró como “La Chingada”.

Dice que en una condición así no esperaría a 2022 a la revocación la revocación del mandato, No hay apoyo popular y “ahí nos vemos, porque tengo principios, porque tengo ideales”. Pero en esta propuesta hay que leer la letra chiquitas escondida entre líneas… “Que yo vea en las encuestas que ya no tengo apoyo”.

Hasta ahora, López Obrador es un presidente que solo acepta aquellas en las que lo ponen a la cabeza y en las que no, pues entonces están cuchareadas o son pagadas por los conservadores que quieren mantener sus privilegios y seguir viviendo de la corrupción.

Treinta millones votaron por él, convencidos en que sería promotor del cambio, pero México tiene alrededor de 90 millones de electores. ¿Qué pasaría si de verdad sus opositores se dieran a la tarea de reunir algunos millones de firmas y ponerle un plantón de más de cien mil frente a Palacio Nacional?

Bueno, también estaría el asunto de las encuestas, que le demostraran al presidente que ya no tienen apoyo de su pueblo —beneficiario de sus programas sociales—, de los electores y de reconocer que los que protestan contra él no son acarreados, que es gente inconforme.

Llenar el Zócalo para un mitin político no es tan difícil como se piensa. Lo hicieron los priístas durante 70 Años. También el PAN con Fox y porque no, Morena, para aclamar a su líder convertido en el transformador de México. Para hacerlo basta tener un motivo común, un sentimiento, nomás.

Todo sería tan fácil para López Obrador si se comportara como el hombre de estado que millones pensaron que el país tendría. Pienso que al final tirios y troyanos (chairos y contrachairos) no querrían que el presidente renuncie, pero sí que corrija el rumbo y se olvide de sus caprichos personales.

Los mexicanos quieren un presidente que vea al futuro, progresista, impulsor del cambio y no uno regresista empecinado en revivir la historia a su modo, buscando corregir los errores del pasado. Sin aceptar aquellos cometidos en el presente y que afectarán indudablemente el futuro nacional.

Un líder que no polarice al país con eso de “si no estas conmigo, eres mi enemigo”, que acepte que los mexicanos integran una sociedad acostumbrada a la autodeterminación, que no necesita de un “padre” que les diga que hacer, como comportarse, que comer o con cuanto dinero es suficiente para vivir.

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