Alma Delia Murillo llega a la FUL 2015 a desmitificar la imagen de la mujer perfecta

 “Las noches habitadas”, una novela reveladora de la condición humana que se nutre de la experiencia de cuatro mujeres y la predisposición enfermiza al insomnio.

Pachuca de Soto, Hgo. México., a 9 de agosto de 2015.- En un edificio de la ciudad de México habitan tres mujeres que comparten una condición: el insomnio. La cuarta mujer de la historia no mora el mismo edificio pero también es víctima del desvelo. Cuatro historias que abordan temas como soledad, deseo, sexo y orfandad, entre otros, se entrelazan en “Las noches habitadas” de Alma Delia Murillo, una novela cobijada por el sello de Editorial Planeta.

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En “Las noches habitadas”, Alma Delia Murillo aborda cuatro historias que abordan temas como soledad, deseo, sexo y orfandad, entre otros, para Editorial Planeta (Foto: Cortesía Grupo Planeta).

“Claudia y Carlota son madre e hija y tienen una relación muy peculiar, la tercera es una vecina que se llama Magdalena, una dama que a las otras dos les intriga mucho porque parece ser la mujer perfecta o por lo menos lo que en estos tiempos se define socialmente como la mujer perfecta. Hay una cuarta mujer que no vive en el mismo edificio pero que también es insomne, es hermana de Claudia y tía de Carlota, su nombre: Dalia, una mujer que se encuentra en profunda depresión consolándose con alcohol debido a que su pareja la abandona”.

Alma Delia intentó, en ésta su ópera prima, derribar el cliché de la mujer perfecta, exitosa y todopoderosa. Un roll que lejos de dar libertad, convierte a las mujeres en prisioneras.

“Comencé a escribir queriendo hablar mucho de la condición humana, desnudando todas esas ideas políticamente correctas y que hoy hacen que uno deje de mirar la esencia de lo humano. Al contar la historia de estas cuatro mujeres, desde un lugar muy psicológico y muy introspectivo, el resultado fue desmentir el mito de la mujer perfecta, desbaratando esta idea de que las mujeres todo lo podemos, que somos buenas, solidarias, sonrientes, ayudándonos y además con el vientre plano, cabello planchado y con las puntas hidratadas, porque no es cierto. Nadie puede con todo, sea mujer o sea hombre porque sólo somos seres humanos. Me parece una tiranía intentar cumplir con ese roll de supuesta superación porque es imposible, es inhumano”.

Obsesionada con el tema de la postmodernidad y luego de trabajar por años entre cuatro paredes, Alma Delia decide dar rienda suelta a su pasión y vocación por las letras. Algo a lo que ella le dedicaba algunos ratos libres pues pese a ser una profesional en la mercadotecnia, ya contaba con algunos cuentos escritos.

“Esta es mi primera novela y por supuesto que estoy muerta de susto. Escribir una novela y publicarla da miedo porque es exponerse. Escribir es un acto de impudicia. Yo tengo publicado un libro de cuentos que se llama “Damas de caza” y escribo desde hace poco más de dos años mi columna en SinEmbargoMX. La novela surge a partir de Gabriel Sandoval, director literario de Planeta. Él me había leído en la columna y me contactó, yo le enseñe mis cuentos y él me dijo que podía escribir una novela. Firmamos contrato y comencé a escribir en mis tiempos libres, en cafeterías hasta que dije: “me la voy a jugar” y renuncie a mi trabajo, al godinismo, y comencé a disfrutar lo que más me gusta”.

La joven escritora pero no novata, narra que el acercamiento a las letras y la lectura fue gracias a sus hermanos.

“Desde niña quise entrarle a las letras. Yo creo que las palabras las ama uno desde muy pequeño. Soy la menor de 8 hermanos y viví en un entorno difícil, un contexto de carencias, de pobreza, en fin, muy duro y que le tocó solventar a mi madre, pues como se pudiera.

“Mis 7 hermanos eran muy lectores y cualquier libro que cayera en sus manos lo leían y cuando lo dejaban por ahí, yo iba como carroñera a leerlos, pepenando lo que dejaban los otros. Desde muy chiquita comencé a leer cosas muy profundas, quizás inapropiadas para una niña pero a mí nadie me corregía las lecturas, mi madre se la pasaba trabajando para solventar 8 hijos ella sola. Mi hermana, la que sigue de mí en edad, me enseñó a leer y escribir con su libro mágico. Yo tenía 4 años y desde entonces sentía yo ya una pasión y fascinación por las letras y por el lenguaje y escribía mi diario, discursos en la escuela, poemas”.

“Las noches habitadas” es la historia de mujeres insomnes e incapaces de sostener una relación de pareja, sufren y se aíslan en su propio mundo. Viven sus años observando y fingiendo tener una vida perfecta y plena pero en su interior libran una batalla en contra de sus propios monstruos.

Narrada en primera persona por parte de sus protagonistas, entreverada con la voz narrativa, es un collage que poco a poco nos muestra de cuerpo entero a Carlota, Magdalena, Claudia y Dalia.

La novela “Las noches habitadas”, editada por Grupo Editorial Planeta, será presentada el 22 de agosto a las 11:00 horas en el auditorio «Josefina García Quintanar» de la 28 edición de la Feria Universitaria del Libro FUL 2015, auspiciada por Conaculta y el Patronato de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).

Blas A. Buendía___________

blasalejo@gmail.com

Leer a Alma Delia es muy atractivo, porque conduce al lector a vibrar con su imaginación, ese algo, sui géneris, que invita al desbordamiento mental; la carcajada en toda su explosividad; la creatividad de Alma Delia, tiene carisma, posee una peculiar forma lasciva. Escribir no es fácil, plasmar y construir edificios de letras, tampoco. He aquí uno de esos talentosos trabajos literarios.

AMLA DELIA, DESMITIFICAN LA IMAGEN DE LA MUJER PERFECTA (2)
Alma Delia. Desmitifican la imagen de la mujer perfecta.

ESTÁS BIEN RICO, PAPACITO

Estimado lector: sí, usted señor, joven, adulto contemporáneo, adolescente rozagante, a usted le propongo que hagamos un ejercicio.

Imagine que, mientras va viajando en un abarrotado vagón del Metro, una señora se le acerca y se masturba junto a usted o, dejémonos de consideraciones: se masturba con usted restregándole el pubis contra su brazo, sus nalgas o la parte de su cuerpo que le quede a modo para tal propósito.

Una señora que, desde luego, a usted no le gusta en absoluto, todo lo contrario: para usted se trata del tipo de mujer que, en tanto que macho de mamífero humano tiene preferencias particulares, no es atractiva para aparearse con ella –suponiendo que las hembras de mamífero humano constituyan el interés de su orientación sexual–.

Esta señora, tan mitad animal y mitad racional como corresponde a nuestra especie, simplemente pasa por alto si a usted le halaga o no ser el objeto de su erotización. Imagine también que, por causas misteriosas, ese día todas las mujeres que lo rodean están decididas a manifestarle el incontenible deseo carnal que provoca en ellas.

Avancemos, pues.

Estamos en el momento en que usted, paciente y aguerrido, se sobrepone al suceso poco agradable que acaba de vivir, baja del vagón en la estación de su destino y camina por el andén buscando la salida del Metro no sin antes enfrentar otro episodio: justo antes de subir, una mujer agazapada bajo la estructura de las escaleras y asegurándose de haber hecho contacto visual con usted, se levanta la falda y, carente de ropa interior, le muestra la vagina sólo porque sí, porque quiere y porque puede hacerlo.

Usted trepa los escalones de dos en dos y, todavía perturbado por la imagen del vello púbico de la desconocida, sacude la cabeza y trata de concentrarse en llegar a la oficina.

Pero he aquí que, tres mujeres que están a cargo del sitio de taxis que queda unos metros delante de la salida del metro, no pasan por alto su presencia y lo interpelan con estas frases pronunciadas con entonación sugerente:

–       Estás bien rico, papacito.

–       Qué sabroso se ve tu pito, mi amor.

–       Yo sí te daba, mi rey.

Irritado por la falta de respeto, porque lo que escuchó no le gusta y porque de una manera que no puede explicar, lejos de sentirse elogiado se siente expuesto y agredido, usted les contesta:

–       No me estén molestando, déjenme en paz.

Y esto es lo que recibe por respuesta:

–       No seas grosero, te estamos diciendo un piropo, un halago.

–       Además tú tienes la culpa, para qué te pones ese pantalón apretado que te marca el paquete.

–       Y bueno, ni que estuvieras tan guapo, te estamos haciendo un favor, además de pinche feo eres malagradecido.

Usted enmudece ante el hecho de que, para el entendimiento de estas tres mujeres, el que ha manifestado una actitud provocadora, ruin y grosera, es usted. Desiste de cualquier discusión y acelera su andar pero aún apurado como está, alcanza a percibir el “tsssss” lascivo que le dedica la joven con la que se ha cruzado en la acera.

Al llegar a su lugar de trabajo, agotado y deseando un poco de tranquilidad, se encuentra con su jefa que no deja de mirarle la entrepierna pues el volumen natural de sus genitales que se marca bajo el pantalón es atractivo para ella y no pierde oportunidad de manifestarlo:

–   Qué guapo te ves hoy, eh, si no tienes con quién comer, yo te acompaño.

Usted simplemente no responde pero se siente de lo más incómodo con la mujer clavándole los ojos sobre el pene y los testículos sin ningún disimulo.

La jornada no acaba allí, suceden otros eventos, tantos que ya no puede ni citarlos pero desbordemos un poco más su imaginación: supongamos, querido lector,  que esto le ocurre todos los días de su vida, en mayor o menor grado, manifestado de una forma o de otra; con palabras, manoseos, miradas insinuantes, abordajes en cualquier sitio público que lo mismo puede ser un vagón del Metro que el aeropuerto o un restaurante que eligió para comer en soledad simplemente por el placer de tener un momento para sí mismo.

No, no me estoy desgarrando las vestiduras ni dramatizando sobre lo que muchos consideran una condición “natural”; les estoy pidiendo un poco de empatía, de resonancia humana, de conducta honorable.

Y se me ocurrió este ejemplo porque a menudo me quedo sin palabras cuando trato de explicar por qué no es agradable ni halagador que algún desconocido le diga a una mujer desde la frase más soez hasta el piropo más ingenioso cuando ella solo quiere estar sola, estar en paz, estar en silencio.

O cuando trato de explicar por qué, cada mañana debo elegir qué me voy a poner bajo el criterio de “algo que me tape” y por qué aprender a poner cara de no me estés chingando es un recurso adaptativo o por qué me parece absurdo que tenga que justificarme cuando simplemente no quiero ser abordada y por qué, apreciable desconocido, si yo respeto tu intimidad, tu espacio y tu anonimato, lo más digno en tu comportamiento sería que tú respetaras el mío.

Porque tenía trece años la primera vez que, caminando por la calle, un tipo pasó corriendo junto a mí y me metió la mano en el vestido; tenía dieciocho cuando en el Metro otro se masturbó frente a mí, porque a mis treinta y siete escucho frases viles que me dicen cuando voy trotando hacia el bosque para hacer mi carrera del día y voy por la calle esquivando grupos de hombres pues sé que para ellos lo normal, lo “natural”, será decirme algo.

Porque hoy, al estar en la línea de revisión del aeropuerto, dos miembros de vigilancia me detuvieron un poco más de la cuenta para tratar de coquetear conmigo y al no recibir respuesta me preguntaron ¿pero no estás enojada, verdad? Y esta aparente nimiedad, esta sutileza importa por esto: lo que se espera de mí es que me muestre sonriente, seductora, agradecida por el interés y que busque la manera de agradar porque soy mujer.

No dejo de cuestionar por qué esos uniformados del aeropuerto no le preguntan a otros hombres en el mismo tono sugerente que lo hicieron conmigo si están enojados aludiendo a la expresión seria o adusta de su rostro.

Pero, sobre todo, escribo esto porque sé que mis historias son las de todas. Pregúntenles a las mujeres con quienes conviven qué se siente andar, cada día de tu vida, en estado de alerta o tapándote para que ningún hombre se sienta con derecho de “halagarte”.

Una se cansa, compañeros, así que les suplico que se abstengan del comentario “agradece que todavía te dicen cosas porque cuando tengas cincuenta años… Lo digo en serio: entiendo la atracción natural, la seducción, la condición erótica de la especie pero lo que no entiendo, es que tengamos que resignarnos a que las cosas así son y nos declaremos incapaces de construir un espacio público tantito más evolucionado, nomás tantito”.

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