El Día de los Muertos

Una de las tradiciones más arraigadas en los mexicanos

.-  En el siglo XVI en el México dominado por los españoles, se introdujo el temor a la muerte y a lo desconocido, por ese tiempo, la muerte se representó como un esqueleto, con una puntiaguda guadaña en su mano derecha, como una realidad espantosa, con una imagen trágica.

Aldo Bonilla Chávez _____________

México y Aguascalientes, obviamente, son dueños de bellas y grandes tradiciones, en las que se refleja el sentir del pueblo y muchas se remontan desde antes de la llegada de los españoles.

Una de ellas es la celebración del Día de Muertos.

Es la fecha en que se recuerda con alegría en algunos casos y con tristeza en otros, a los que nos precedieron en esta vida, con la esperanza siempre presente, de que en algún lugar nos encontraremos con ellos.

Desde la más remota antigüedad el hombre ha mostrado preocupación sobre su destino final, ese lugar al que según las creencias de cada cultura van a dar las almas.

Para los Pieles Rojas de Norteamérica es el “reino de los Espíritus”; para los cristianos “Paraíso o Infierno”; para los griegos “Campos Elíseos”; para los celtas “Círculo de la Felicidad”; para los germanos “Walhalla”; para los pueblos de la India “Nirvana” y para los Aztecas “Mictlán”.

Dentro de estas manifestaciones por honrar a sus seres queridos hacia su destino final, también se dan diferentes formas para dar sepultura al cuerpo físico: en cuevas, mausoleos, incineración, bajo tierra, túmulos, inmersión, embalsamamiento y momificación.

Sin importar la forma, la ceremonia fúnebre siempre va acompañada de muestras de respeto y veneración, por las almas que han partido.

La humanidad está convencida de que a pesar de que el cuerpo es perecedero, la vida continúa más allá de la muerte física, bajo una forma etérea, inmaterial, en un lugar donde disfrutará de algún otro modo de vida.

En México se acostumbra recordar el primero de noviembre a Todos los Santos, y el día dos a los Fieles Difuntos, son días en que nuestras tradiciones y forma de recordar a nuestros seres queridos, se mantienen vigentes.

Una costumbre muy arraigada es la visita a los cementerios, que por estos días se visten de flores y la instalación de los altares de muertos.

Hay que señalar que la tradición de recordar a los muertos el dos de noviembre, viene desde el Siglo XVI por disposición del Papa Gregorio IV, aunque en México se viene celebrando desde la época Precolombina.

Los Mexicas tenían en su calendario dos meses dedicados a este tipo de festividades, el primero era el noveno mes o fiesta de los difuntos niños, el segundo o décimo mes, dedicado a los muertos adultos.

En ese México se veía con mucha veneración a la muerte, a los que emprendían este viaje se les acompañaba con una gran cantidad de objetos de cerámica, como vajillas, figuras y máscaras.

La ceremonia fúnebre era según el personaje, y el destino final del individuo estaba determinado por el tipo de muerte con que abandonaba este mundo.

Con el encuentro de las culturas Europea y Prehispánica, se combinaron una serie de elementos que trajeron los religiosos que venían con los españoles y los de origen autóctono.

Para el Siglo XVI en el México dominado por los españoles, se introdujo el temor a la muerte y a lo desconocido, por ese tiempo, la muerte se representó como un esqueleto, con una puntiaguda guadaña en su mano derecha, como una realidad espantosa, con una imagen trágica.

Un evento que se ha hecho tradición en estos días, es la representación de la obra de teatro Don Juan Tenorio, del autor español José Zorrilla, la cual data de mediados del Siglo XIX.

En abril de 1844 se estrenó en España, y en México se presentó por primera vez el 7 de diciembre de 1844 en el Teatro Nacional, entonces llamado de Santa Anna, y a partir de entonces se ha venido representando año con año con motivo del Día de Muertos.

Al Don Juan se debe la costumbre de dedicar calaveras a los personajes de la época, por medio de versos, en que se les ve como difuntos.

Para fines del Siglo XIX y principios del XX, se le da a la muerte un toque humorístico y aquí el grabador José Guadalupe Posada tuvo una importante participación.

Nos mostró a la muerte vestida con un humilde calzón de manta, de china poblana, de revolucionaria, vestida con levita y hasta de gran señora, con un inmenso sombrero.

Posada no dejó de satirizar a través de sus grabados en zinc y plomo, a los altos personajes del clero, de la política y de la sociedad de su época.

Sin embargo son las costumbres del pueblo de México las que predominan, y así podemos ver que no hay un sólo sitio en donde no se recuerde de alguna forma a los muertos, por medio de una oración, con el uso de las flores, las ofrendas y los altares.

Los altares de muertos son una muestra de la devoción tradicional de nuestro pueblo, en los que pone de manifiesto su imaginación e ingenio, son representados con gran colorido en sus elementos principales, como son la tierra simbolizada con flores y frutos; el aire con papel picado; el fuego con copal y veladoras y el agua; así como una serie de objetos que recuerdan al personaje celebrado.

La costumbre de instalar altares de muertos en México se remonta al año de 1563, en que el beato Sebastián de Aparicio dio inicio a las festividades religiosas en la Hacienda de Careaga, en el Barrio de Azcapotzalco.

Estas costumbres se han conservado hasta nuestros días, debido a que los primeros misioneros europeos que llegaron a nuestro país, no suprimieron esas muestras de culto que practicaban los naturales, por considerar que tenían cierta similitud con otras festividades cristianas, sin embargo sí les dieron un nuevo enfoque más acorde con sus ideas.

Aguascalientes  cuenta con una costumbre muy arraigada para la celebración del Día de Muertos, antiguamente los festejos se verificaban en los alrededores del viejo Parián, cuya construcción se inició en 1828.

Por las calles de Juárez, Allende, Morelos y Rivero y Gutiérrez, se instalaban gran cantidad de puestos, con venta de las tradicionales calaveras de dulce o de barro, los esqueletos con cabeza, manos y pies de barro, unidos por alambre; las frutas de la temporada, como cañas de azúcar, cacahuates y las flores; además de los volantines y las carpas, como La América con su payaso Falfurrias y sus variedades, la de la mujer araña o las de las víboras.

Ese Parián fue el sitio de celebración de esta fecha hasta su demolición. Con la construcción del segundo Parián los festejos continuaron en este lugar por algunos años, hasta que los trasladaron a las calles cercanas a los panteones de La Cruz y Los Angeles, habrá que destacar que visita obligada para muchas personas son las Catacumbas y los Panteones.

Las más concurridas son las de San Diego, en donde se encuentran los restos momificados del M.R.P. Fr. José Sainz de la Peña, popularmente conocido como el Padre Peña, en vida guardián del Convento de San Diego, muerto en olor a santidad el 18 de octubre de 1835 a los 85 años de edad, inicialmente sepultado en la bóveda del Camarín, al lado del Evangelio y actualmente se encuentra en una urna de cristal, donde por estos días se le puede apreciar.

Entre los asistentes a estas Catacumbas, no deja de comentarse la existencia de una extensa red de túneles, que conectan a este Templo con algunas otras construcciones religiosas y particulares de la ciudad.

En cuanto a los Cementerios, Aguascalientes a través de su historia, ha tenido varios sitios para el descanso final de sus pobladores.

En los años de su fundación, eran sepultados dependiendo de su posición social, en la Iglesia Parroquial o en alguno de los conventos que existían por entonces, como el de La Merced o el de San Diego; en el Templo de San Marcos y de San Juan de Dios (actualmente de San José).

Por el año de 1776 los entierros se realizaban en San Marcos, en el Señor del Encino, o en el Cementerio de la Iglesia Parroquial.

El de San Marcos se erigió en el frente y parte de los lados del Templo, con el fin de sepultar a los que fallecieron a causa de la peste, siendo el primer entierro el día 30 de mayo de 1738 y el último se hizo el 18 de septiembre de 1739, debido a este mal.

A espaldas del Templo de San José, por su lado oriente existía un Cementerio, en lo que fue el hospital y posteriormente la escuela de Rivero y Gutiérrez. El primer cuerpo que se sepultó en ese lugar fue el del indio Joaquín, el 15 de marzo de 1767.

En el actual atrio de la Catedral existía un Panteón, el cual según inventario del año de 1787, era de mampostería, con sus almenillas y en las esquinas dos relojes de sol de piedra, una bóveda que se utilizó como osario, con su cruz de cantera sobre un sotabanco de piedra, con su puerta.

Contaba con cinco portones con sus postigos, chapas, llaves y aldabones.

El atrio de aquellos años tenía una superficie mayor que el actual, por el lado sur ocupaba parte de la calle del Beneficiado -posteriormente llamada calle de Iturbide, de la República y actualmente Plaza de la Soberana Convención Revolucionaria), por su costado norte calle de Felipe de Alturra -actualmente Moctezuma- y en su frente ocupaba buena parte de lo que es la Plaza.

El último entierro que se realizó en ese sitio fue en 1818, a partir de entonces quedó en total abandono causando mal aspecto, por lo que el secretario de Gobierno envió un oficio al Párroco, con el fin de que procediera a su demolición, sin que hubiera respuesta.

Sería hasta septiembre de 1837, cuando se procedió a su demolición y la posterior construcción del actual atrio.

A estos panteones seguirían otros como el de La Salud en el Barrio de Triana, el de Guadalupe, el de Los Angeles y el de La Cruz.

A inicios de la segunda mitad del Siglo XIX se puso en servicio el de Guadalupe, el cual estaba ubicado al poniente del Templo, en el lugar que ocupa actualmente una escuela. Funcionó hasta que fue abierto al público el Panteón de Los Angeles.

Este fue mandado construir por el gobernador Ignacio T. Chávez, para ser puesto en servicio el año de 1873.

El primer cuerpo que se sepultó fue el del Doctor Antúnez.

Este Panteón ostenta en su fachada de cantera un hacha, una guadaña y un reloj de arena.

El de La Cruz mandado construir por el gobernador Carlos Sagredo, fue inaugurado el 1o. de julio de 1903, ocupaba inicialmente una superficie de 24,240 metros cuadrados con un costo de $6,077.48 que fue cubierto por el Estado.

Tiene su fachada forma de una gran letra Omega en cantera, obra del maestro Refugio Reyes, quedando con frente a la letra Alfa, que se encuentra en el templo vecino.

La escultura que se encuentra a la entrada de ambos Panteones, originalmente se encontraba en una tumba, y fue entregada al municipio el 12 de julio de 1918, el mismo día que se terminó de construir.

Para 1921 se proyectó derribar la barda que dividía en su parte interior los dos Panteones, para ser sustituida por una calzada de árboles, y se destruyeron algunas bancas que obstruían las calles, con el fin de construir nuevas fosas.

En 1922 se construyó una fuente en el Panteón de Los Angeles y se plantaron cien árboles, con el fin de separar las diferentes categorías y al poniente se construyó un osario.

Por ese mismo tiempo se hizo otra fuente en el Panteón de La Cruz, se colocaron varios tramos de tubería y se plantaron doscientos árboles.

Finalmente en 1923 se destruyó la barda que dividía los dos Panteones y se construyó una en el frente de ambos.

En la administración del gobernador Manuel Carpio, la Legislatura decretó la expropiación de unos terrenos adyacentes al Panteón de La Cruz, con el fin de ampliar su superficie.

Una vez logrado esto el gobernador decreta conceder en forma gratuita y a perpetuidad, una fosa a la primera persona que sea sepultada en la ampliación.

Irónicamente, como ya lo había publicado FUERZA AGUASCALIENTES y MIS RAÍCES DIGITAL, sería el propio gobernador Carpio quien en 1929 ocupara dicha fosa, al morir en un accidente aéreo en el cerro de la Villa del Carbón, a su regreso de un viaje a la ciudad de México.

Cuentan que para el año de 1882 existían algunas quejas sobre el servicio que daban los Panteones existentes, como da cuenta un escrito enviado el 28 de agosto al jefe político de la capital, en el que se menciona que en el Panteón de Guadalupe están obstruidos los canales, en razón de haberse formado una alameda y la excesiva humedad está destruyendo con gran prisa los muros.

Que en la pared que posteriormente se levantó en la parte agregada al Panteón de Los ángeles, se ha caído un gran lienzo de ella, quedando los cadáveres allí sepultados a merced de los animales.

Que los cadáveres en el Panteón de San Marcos, son exhumados antes de seis meses por el encargado de aquél, por interés de vender los cajones que los contienen.

Que los cadáveres que son conducidos a los Panteones y que no van en caja sino en la medida son arrojados a golpe en la sepultura, a ciencia y paciencia de los que cuidan los cementerios.

Hay que destacar que los Panteones también han forjado sus leyendas, como la calavera que cuentan que se aparecía pidiendo compasión por sus penas, en el Panteón de Guadalupe.

Durante la etapa revolucionaria, los Panteones de Los Ángeles y La Cruz fueron escenario de diferentes eventos, sobre todo en lo que se refiere a los fusilamientos, sus muros sirvieron de paredón para muchos sentenciados, que después de recorrer algunas calles llegaban al Panteón para ser fusilados.

En uno de esos muros fue fusilado el 25 de abril de 1915, el General Dionisio Triana, también conocido como el Cura Triana, a quien FUERZA AGUASCALIENTES y MIS RAÍCES DIGITAL recordaron recientemente, por órdenes del General Francisco Villa, los restos del Cura Triana fueron sepultados en alguna tumba de esos Panteones.

Los Panteones de Los Ángeles y de La Cruz conservan en su interior una gran cantidad de tumbas, que por su antigüedad o por sus características, son de gran valor y en las que no deja de manifestarse la diferencia de clases sociales.

En ellas podemos ver desde el más sofisticado monumento, pasando por una modesta cruz, hasta las tumbas que por su abandono sólo quedan algunos fragmentos de piedra, que nos dan una idea muy vaga de lo que fueron.

Algunas de las tumbas de valor por su construcción, son el mausoleo del Señor José Bolado, construido en 1890 en cantera amarilla de estilo francés, con un ángel de mármol, acompañando un alma en su partida.

El de la familia Douglas, construido en cantera, mármol, vitrales y herrería.

La tumba del señor Juan Silva, con su lápida de cerámica de 1996.

Son de llamar la atención las tumbas con apellidos extranjeros, como Simorth, Teillery, Straub, Jarvis, Grim, Rábago, Berlié, Jacques, Krauss, Laux, Otalora, Stiker, Emery, Eikel, Fritsche, Devis, Egure y otras, algunas de estas tumbas escritas en su idioma de origen.

En los últimos años nuestro país y en consecuencia Aguascalientes se han visto invadidos por una festividad completamente mercantilista y ajena a nuestras tradiciones, como es el Halloween, llegada a los Estados Unidos en el Siglo XVI, con los colonos irlandeses y escoceses, que a su vez lo tomaron de los Druidas (sacerdotes Celtas).

El Halloween en su origen es una tradición religiosa, que quiere decir víspera de Todos los Santos, cuya celebración es la víspera del primer día de noviembre, en que se suponía que todos los difuntos volvían a calentarse en el fuego de sus antiguos hogares.

Sigamos conservando nuestras tradiciones, pero sobre todo recordando a nuestros seres queridos que han emprendido el viaje final, que con nuestros buenos pensamientos hagamos más fácil su estancia, en esa región misteriosa que está más cerca de lo que pensamos.

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