Según historiadora, Gilberto Bosques no salvó a 45 mil judíos

Conferencia de Daniela Gleizer (2 y fin)

Norma L. Vázquez Alanís ___________________

 La inmigración es un fenómeno social total por su implicación en la vida política y cultural tanto de la comunidad receptora como de la de origen, lo cual constituye una experiencia enriquecedora para ambas; por tal razón el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM), de la Fundación Carlos Slim, le dedicó su ciclo de conferencias de primavera en este 2018 al que denominó ‘Los que llegaron inmigrantes a México’.

Tocó a la doctora en Historia Daniela Gleizer abordar el tema de los judíos que se afincaron en este territorio, desde 1580 en la Nueva España hasta los años 40 del siglo pasado, y que lograron constituir una de las comunidades judías del mundo con un crecimiento demográfico natural, muy integrada al país y cuyos miembros pueden desarrollarse en todos los espacios laborales, profesionales, industriales, académicos y artísticos.

La doctora Gleizer -investigadora del Departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM)- comentó: “estamos acostumbrados a pensar a judíos y árabes como comunidades distintas, a veces hasta enfrentadas por todo el contexto de Medio Oriente, pero ese conflicto es posterior. Incluso hay historias de que fueron los inmigrantes de origen árabe quienes financiaron a veces la llegada de las familias de los judíos, cuando estos todavía no las podían traer, les prestaban dinero; eso sucedía a principios del siglo XIX en México”.

Posteriormente llegó por Veracruz el grupo de los judíos askenazíes, quienes hablaban el idioma idish, que es cercano al alemán, pero que se escribe con letras hebreas. Venían de la zona de Europa oriental, de Polonia y de Rusia, de manera que tenían un perfil mucho más politizado y trajeron consigo las pugnas que estaban dándose en el viejo continente.

A ellos los sorprendió la Revolución Mexicana y hubo judíos que participaron en todos los bandos; claro muy pocos, puesto que era una comunidad todavía muy pequeña, pero estuvieron del lado porfirista y del maderista e incluso con los huertistas, apuntó la conferenciante.

Por ejemplo, Jacobo Granat, vendedor de antigüedades y uno de los primeros inmigrantes de origen austriaco, era dueño del Salón Rojo, el principal cine de la época, y le prestó ese elegante local a Francisco I. Madero para sus mítines y que desde ahí desarrollara su campaña.

Muy pronto se organizó la comunidad judía y en 1912 estableció la primera alianza llamada ’Aldeas del Monte Sinaí’, explicó Gleizer. Lo primero que crearon fue un panteón, algo indispensable porque la gente se moría y había que enterrarla de acuerdo con el rito judío; esta agrupación congregó en un principio a los judíos de todos los orígenes; se dividió al salirse los askenazíes en 1922, y en 1924 se marcharon los sefaradíes, un poco más tarde la abandonaron los de habla árabe, de suerte que se quedó como la organización de los judíos de Damasco.

Inmigración de judíos norteamericanos

Los judíos norteamericanos comenzaron a venir a México en 1917, cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, pues trataban de evadir el servicio militar. Aquí formaron la YMCA (Young Men Christian Asociation) cuyo objetivo fue que los jóvenes socializaran sanamente y se enfocó al deporte.

El permiso para establecer la primera sinagoga en México lo otorgó Venustiano Carranza en 1918 y se inauguró dos años después en el centro de la ciudad, en la actual calle de Justo Sierra.

La doctora Gleizer -también autora de numerosos capítulos para libros y revistas especializados- indicó que hasta la segunda década del siglo XX la inmigración fue muy acotada, no masiva, pero en 1921 y 1924 Estados Unidos empezó a cerrar la inmigración y se establecieron cuotas, que se fueron reduciendo continuamente.

Así, toda esa corriente masiva de judíos que se dirigía a Estados Unidos de pronto necesitó hallar otros espacios y se desvió hacia México, pero con la intención de cruzar por tierra a EU; no iban a quedarse aquí, entraban por Veracruz y se dirigían hacia la zona fronteriza a fin de intentar pasar al otro lado, en muchos casos de manera ilegal.

La comunidad judía de Estados Unidos tuvo que negociar con el gobierno para que estos inmigrantes no fueran enviados a sus lugares de origen sino regresados a México; para tal efecto se comprometieron a crear las condiciones que requería una comunidad judía para desarrollarse y no quisieran ya cruzar la frontera, de manera que decidieron mandar a un rabino y establecer una organización conocida como ‘Bnei Brith’.

Las restricciones en EU coincidieron con una declaración por parte del gobierno de Plutarco Elías Calles en Europa, durante una gira como presidente electo, en el sentido de ser favorable a una corriente de inmigración judía. Este interés se debía a que el país había quedado devastado después de la Revolución pues se perdieron cerca de un millón de personas (el diez por ciento de la población) y urgía que tanto el campo como las ciudades se reconstruyeran, además quería atraer capitales.

Llegada masiva de judíos

Entre 1924 y 1929 entraron al país cerca de siete mil 500 judíos y para 1930 la comunidad sumaba ya cerca de 10 mil; en 1940 el 40 por ciento de la comunidad judía había nacido en México y hoy día tiene entre 40 y 45 mil integrantes.

En 1934 se prohibió la entrada de judíos a México, según lo estableció la circular confidencial número 157 emitida por la Secretaría de Gobernación en abril de 1934; había no sólo fundamentos raciales sino también políticos, con la restricción a los rusos y polacos en 1929 se quería evitar que llegaran anarquistas y comunistas al país. Era una reacción natural a cierta xenofobia que se generaba en la población ante todos los extranjeros por la idea de que éstos los desplazaban, comentó la historiadora.

Y sucede que en 1933 llegó Adolfo Hitler al poder y comenzó la emigración de opositores políticos, principalmente de la izquierda, y de judíos. Al principio salieron de Alemania hombres solos, pero después lo hicieron familias enteras a medida que los métodos para expulsar judíos se fueron haciendo más violentos, pues en un principio les imponían una serie de prohibiciones que minaban sus condiciones de vida y los hacían emigrar por sí mismos.

Después de la anexión de Austria -con una población de cerca de 200 mil judíos- en 1938, se empieza a obligarles a salir de Alemania, la gente buscó entonces cualquier lugar para huir de la persecución y México apareció como una opción por la postura diplomática del país respecto a las invasiones de Etiopía y Austria, así como ante la Guerra Civil Española.

De tal manera que llegaron miles de solicitudes de asilo, pero la circular 157 estaba vigente y prohibía la entrada de judíos, el presidente Lázaro Cárdenas quería abrirles las puertas, pero su gabinete estuvo totalmente en contra y él ya había gastado todo su capital político con los refugiados españoles -lo que no todo el mundo veía con buenos ojos- y no pudo hacer nada.

México aceptó alrededor de mil 800 judíos de los 100 mil refugiados que arribaron a América latina; llegaron quienes tenían parientes porque la Ley de Inmigración de 1936 permitía la entrada de parientes de primero a tercer grados, así como un pequeño grupo de exiliados políticos entre los cuales había importantes personalidades como Paul Merkel, el único miembro del politburó del partido comunista alemán que no acabó en la URSS, escritores como Anna Seghers, y periodistas como Alexander Abusch, quienes recibieron la visa porque organismos de Estados Unidos como la Liga de Derechos Americanos pidió su salida.

Al referirse a la idea que según ella hay, de que el cónsul de México Gilberto Bosques salvó a 45 mil judíos, la doctora Gleizer aseguró que no hay ninguna evidencia histórica que apoye ese número; no llegaron 45 mil personas en esa época, no hay ningún rastro en los archivos, ni en el registro de extranjeros. “Peinamos todo el Registro Nacional de Extranjeros y ahí aparecen 338 visas que fueron firmadas por Bosques -no 45 mil- pero tenían autorización de la Secretaría de Gobernación; refugiados judíos llegaron mil 800”. (Concluyó).

Fueron inmigrantes judíos los primeros aboneros en México

Conferencia de la historiadora Daniela Gleizer

Norma L. Vázquez Alanís _____________________

 La inmigración judía a México desde el siglo XVI tras su expulsión de España y Portugal, hasta finales de los 30 del siglo pasado, fue el tema de la conferencia dictada por la doctora Daniela Gleizer dentro del ciclo ‘Los que llegaron inmigrantes a México’ organizado por el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM), de la Fundación Carlos Slim, con el propósito de analizar este fenómeno social y, muchas veces, con implicaciones políticas.

La historiadora situó el inicio de su charla en 1492 -año del viaje de Cristóbal Colón a las Indias que dio como resultado el descubrimiento de América-, cuando los reyes de España, Isabel y Fernando firmaron el decreto de expulsión de judíos y árabes de su territorio, lo que implicó su salida del reino, o bien su conversión al catolicismo.

Muchos de estos judíos se exiliaron en Portugal, pero con la unión de las coronas española y portuguesa en 1580, nuevamente surgió la necesidad de escapar y fue entonces cuando llegaron más judíos y judíos conversos (llamados cripto-judíos porque dentro de sus casas seguían llevando a cabo algunos rituales y en el interior de sus corazones se sentían judíos a pesar de esta conversión) al llamado nuevo mundo.

Sin embargo, explicó Gleizer -quien es doctora en historia por El Colegio de México- no hubo continuidad entre esta presencia judía o cripto-judía en la Nueva España y la inmigración que tuvo lugar desde finales del siglo XIX y especialmente en el XX. Es decir, ningún elemento relaciona a estos dos tipos de inmigración; se dio una especie de vacío que va desde la segunda mitad del siglo XVII, el siglo XVIII y hasta fines del siglo XIX.

En este periodo prácticamente no hubo presencia judía en el país, aunque muchos historiadores refieren herencias de la anterior, sobre todo en Monterrey, ciudad fundada por cripto-judíos, lo que hace suponer que por eso es tan industriosa y con gente dinámica; un rastro de su estadía en esas tierras es la manera de matar y cocinar el cabrito, similar a como lo hacían los cripto-judíos que llegaron a la región.

Durante gran parte del siglo XIX la intolerancia religiosa fue uno de los motivos por los cuales no se registró presencia judía en México, aunque la Constitución liberal de 1857 estableció la libertad de cultos.

Política de atracción de inmigrantes

Porfirio Díaz fue el primer presidente que estableció una política de atracción de inmigrantes, pues pensaba que México contaba con recursos naturales infinitos y ello lo hacía una región sumamente rica y potencialmente productiva, pero que necesitaba brazos para explotar esos recursos, pero también tecnología, así como la experiencia de quienes pudieran sacarle más provecho a dichos bienes; por ello creía que debía fomentarse la llegada de extranjeros.

Sin embargo, esta política porfirista no fue efectiva porque los emigrantes que en las últimas décadas del siglo XIX salían de Europa, preferían irse a otros países, especialmente a los extremos del continente americano; en primer lugar Estados Unidos y Canadá en el norte, y Argentina y Uruguay en el sur.

Los europeos consideraban que las condiciones del campo mexicano no ofrecían un panorama muy alentador, estaba poco desarrollado, los salarios eran muy bajos y había mucha mano de obra disponible para trabajar por menos de lo que esperaban los inmigrantes.

En la segunda mitad del siglo XIX se inició tal oleada emigratoria desde Europa, que si entre 1492 y 1820 -poco más de tres siglos- cruzaron el Atlántico menos de tres millones de europeos, en cambio de 1850 a 1930 -apenas 80 años- las personas que emigraron del viejo continente sumaron entre 55 y 60 millones. Fue una emigración como nunca se había visto en la historia de la humanidad, dijo la doctora Gleizer, coordinadora de la licenciatura en Humanidades de la Universidad Autónoma Metropolitana campus Cuajimalpa.

De esos 60 millones de personas, 2.5 millones eran judíos y, de estos, 1.5 millones fueron a Estados Unidos; el otro millón se distribuyó en los distintos países de América.

Ese gran éxodo de Europa fue provocado esencialmente porque, por primera vez en la historia del mundo, sobrevino un crecimiento demográfico; hasta entonces la población mundial -con altas y bajas por guerras o epidemias-  había mantenido un 0.6 por ciento de incremento.

Este desarrollo exponencial demográfico hizo que de pronto sobrara gente y hubiera desempleo, lo que fue agravado por la Revolución Industrial que eliminó fuentes de trabajo para personas que fueron sustituidas por máquinas, además de que ya era demasiada población para la estructura social existente.

En el caso de los judíos, un factor importante fue el antisemitismo, sobre todo en el sector oriental de Europa donde hubo episodios de violencia muy fuerte y hasta asesinatos, por lo cual esta población trató de escapar, pero también huyeron del servicio militar pues en general las minorías étnicas eran enviadas a la primera línea de fuego. Es decir, en esas condiciones cumplir con el servicio militar era prácticamente una condena de muerte.

Judíos en busca de oportunidades

Los primeros judíos que llegaron a México no eran hombres de negocios, sino inmigrantes que buscaban una mejor oportunidad de vida y de desarrollo económico. Provenían del Imperio Otomano que siempre tuvo una significativa presencia judía en su territorio -desde los de habla griega que habían vivido en el Imperio Bizantino, hasta los que fueron expulsados de España y que acogió bajo la Declaración de la Alhambra- y que con su desintegración a principios del siglo XX dejó de ser aquel Estado multiétnico y multinacional donde se permitía la coexistencia de distintos grupos religiosos.

Entonces las minorías nacionales quedaron en una situación muy desprotegida y fueron los primeros que llegaron a México; el Censo General de Población de 1910 reveló que había 134 judíos, quienes encontraron muy rápidamente un espacio en la economía mexicana con el desarrollo de la venta en abonos -el antecedente de las actuales tarjetas de crédito- que en aquella época fue una gran innovación porque sólo había ventas al contado.

Ellos introdujeron aquí la venta en abonos, mediante la cual se podía ir pagando la mercancía a través de cuotas que los aboneros iban a cobrar personalmente a los clientes; en aquel momento, los árabes y judíos que se establecieron en México tenían un perfil muy parecido. (Concluirá)

Las Islas Marías, el “infierno del Pacífico”

.- Concebida como Colonia Penal y Complejo Penitenciario.

.- A más de un siglo de su creación, sólo una pesadilla para 3 mil reos.

.- Supuesta fortaleza inexpugnable, pero también se han dado fugas.

.- María Madre, María Cleofas, María Magdalena e islote San Juanico.

.- Un sacerdote católico ofició 37 años como reo voluntario; al morir lo enterraron junto a su mejor amigo, un sanguinario crimina.l 

.- La colonia penitenciaria de las Islas Marías, nació, como todas las cárceles, ante la necesidad de solucionar problemas tan añejos como sobrepoblación, hacinamiento, autogobierno y, sobre todo, la nunca alcanzada readaptación social, pese a haber pagado su deuda con la sociedad.

José Sánchez López _____________________

pepepomo2017@gmail.com

Reportaje especial

En principio, gracias a la férrea disciplina del modelo carcelario y a una honestidad a toda prueba del personal, se logró, en parte, el objetivo primordial, pero como en todas las prisiones con el paso del tiempo, los intereses creados y la corrupción de los carceleros, se terminó de tajo con lo que alguna vez funcionó como una verdadera colonia carcelaria.

CUÁNDO Y CÓMO NACEN LAS ISLAS MARÍAS

El 27 de julio de 1532, Diego Hurtado de Mendoza, enviado de Hernán Cortés de Monroy y Pizarro Altamirano, descubrió en el Océano Pacífico un pequeño archipiélago formado por tres islas y un islote: las “Magdalenas” les llamaban en aquellos tiempos, pero luego serían rebautizadas como María Cleofas, María Magdalena, María Madre y San Juanito.

En su libro “María Madre”, el político y escritor Juan de Dios Bojórquez León, señala que en aquellas fechas, Francisco Cortés de San Buenaventura, gobernador de Colima, había enviado una expedición de conquista rumbo al Norte y que a su regreso, fue cuando ambos descubrieron las islas. Sin embargo Cortés se limitó a consignar el descubrimiento sin ordenar una exploración.

En otro documento fechado el 18 de febrero de 1531, recopilado por Francisco del Paso y Troncoso, se narra que fue Nuño Beltrán de Guzmán quien ordenó preparar dos barcos para explorar las islas recién descubiertas, pero sus órdenes no pudieron ser ejecutadas, ya que la Audiencia había ordenado que las dos naves se entregaran a Hernán Cortés.

Fue hasta 1857, cuando Vicente Álvarez de la Rosa, rentó las islas a José Ignacio Gregorio Comonfort de los Ríos, entonces gobernador de la Nación, pero las perdió por incumplimiento de contrato. En mayo de ese mismo año, le fueron dadas en propiedad a José López Uranga, como recompensa a sus servicios, sin embargo le fueron confiscadas cuando éste decidió servir al Imperio.

López Uranga se acogió a una Ley de Amnistía y le fueron devueltas en 1878, pero un año después las vendió a Manuel Carpena en 45 mil pesos, quien inició la explotación de las islas, trabajando las salinas y sacando maderas preciosas.

Al morir Manuel Carpena, su viuda Gila Azcona, las vendió en enero de 1905 al gobierno federal en 150 mil pesos y el 12 de mayo de ese mismo año, por Decreto el Presidente José de Jesús Porfirio Díaz Mori, se destinaron para lo que sería la primera y única Colonia Penal.

De esa manera nacerían “Las Marías”, como son llamadas en el argot del hampa, ubicadas en el Océano Pacífico, a la altura de San Blas, en Nayarit. La de mayor superficie es la Isla Madre, después, por su tamaño le siguen las islas María Magdalena, María Cleofas y el islote de San Juanito, que por ser el más pequeño no fue considerado para destinarlo como penal.

Dos años después, en 1907, ya vivían en la isla María Madre 190 reclusos y un profesor. En esa época, “Las Marías” estaban destinadas únicamente para albergar a los delincuentes y criminales más peligrosos, pero junto con su familia, a fin de evitar la desintegración familiar y, sobre todo, en aras de lograr una verdadera reinserción social.

Y efectivamente, durante tres años, aproximadamente, se pudo hacer que los presidiarios más peligrosos, los asesinos más despiadados y sanguinarios, pudieran convivir, si no en armonía completa, sí con respeto a los demás presos y sobre todo a sus familias, ya que era una cárcel sin rejas, era una colonia más, donde reclusos y familiares de éstos podían vivir en paz.

Su primer director-gobernador, fue el general de brigada Rafael M. Pedrajo, en cuya gestión se construyó el hospital, las escuelas, el almacén, la biblioteca, el muelle y ordenó que el penal se transformara en una cárcel sin rejas, donde ya no había presos con uniforme, sino colonos libres hasta en su manera de vestir.

En aquellos tiempos, los que ingresaban a las Islas Marías debían cumplir con ciertos requisitos: tener una condena mínima de dos años, no pertenecer a grupos delictivos organizados, tener entre 20 y 50 años, estar sanos física y mentalmente, ser personas de bajos ingresos y no haber sido procesados por delitos sexuales o considerados como psicópatas.

Los presos trabajaban los siete días de la semana para sufragar sus gastos y los de su familia, en actividades como la agricultura, carpintería, ganadería, porcicultura, acuacultura, apicultura, actividades manuales y la pesca.

No obstante, al concluir la lucha armada de 1910, el gobierno decidió encarcelar allí a los rebeldes derrotados, a los políticos opositores a su régimen, bajo órdenes precisas de hacerles entender que había sido un error haberlos enfrentado.

Fue entonces cuando la situación cambió diametralmente para los presos y recomenzaron las historias de malos tratos y torturas hacia los reclusos, pero ya no sólo hacia los presos políticos, sino a la población pernal en general, y así se mantuvo durante más de medio siglo.

“Las Marías” se habían convertido en el exilio ideal para quienes representaban un riesgo para el gobierno en el poder.

Para 1970, el presidente Luis Echeverría Álvarez viajó al penal donde recibió cientos de quejas sobre maltrato, torturas y una mala y escasa alimentación.

En teoría el mandatario tomó cartas en el asunto, pero las cosas siguieron igual y desde entonces se ha pretendido cambiar, infructuosamente, el perfil de dicho penal.

En la actualidad ya no es la colonia penal planeada, pese a que ahora le llaman Complejo Penitenciario y consta de cinco Centros Federales de Readaptación Social: Rehilete, Aserradero, Morelos, Laguna del Toro y Bugambilias.

En dichos centros habitan, además de los sentenciados, principalmente en la Isla María Madre, empleados de la Secretaría de Educación Pública, Secretaría de Medio Ambiente, Secretaría de Comunicaciones y Transportes, Correos de México y de la Secretaría de Marina Armada de México, asignados para el trabajo carcelario.

Otro tipo de habitantes son aquellos que desarrollan actividades religiosas, entre ellas, ministros y acólitos de la Iglesia Católica, hermanas religiosas de la Orden del Servicio Social, Jesuitas (Compañía de Jesús en México), maestros, capacitadores técnicos y artísticos, y familiares de todos los anteriores que están como voluntarios..

En este rubro, tuvo un lugar especial el sacerdote católico Juan Manuel Martínez Macías, mejor conocido como “El Padre Trampitas”, que vivió como voluntario 37 años en las Islas Marías, donde reposan sus restos, pero de este personaje nos ocuparemos ampliamente líneas adelante.

Entre los prisioneros notables que albergaron las Islas Marías, figuraron; María Concepción Acevedo de la Llata, mejor conocida como “La Madre Conchita”, una religiosa acusada de ser la autora intelectual del asesinato del entonces presidente Álvaro Obregón Salido, el famoso “Manco de Celaya”.

José Maximiliano Revueltas Sánchez, escritor y activista de ideología comunista, cuyas obras más famosas fueron “El Apando”, inspirado en las mazmorras del Palacio Negro de Lecumberri y “Luto Humano”.

José Valentín Vázquez Manrique, alias “Pancho Valentino”, un luchador profesional que asesinó a un sacerdote católico, por lo que a partir de entonces lo llamaron “El Matacuras” y que estuvo a punto de asesinar al padre “Trampitas”.

El general Ricardo Martínez Perea, acusado de mantener vínculos con el Cártel del Golfo, aunque entre la misma tropa se habló que su encarcelamiento fue una venganza personal por pugnas al interior del Ejército.

Jorge Hernández Castillo, “El Wama”, el reo con más tiempo de reclusión en las Islas Marías: 57 años.

Lo detuvieron en 1961, cuando tenía 20 años, por un homicidio que, asegura, no cometió, pero que tuvo que aceptar luego de ser interrogado “científicamente”. Fue enviado a la Penitenciaría de Lecumberri donde se hizo adicto a la heroína, que consumió durante 16 años.

En ese lapso, para poder sobrevivir y conseguir la droga, se convirtió en “pagador”, esto es echarse la culpa de delitos cometidos por otros reos. Antes de ser enviado a las Islas María, llegó acumular una pena de 99 años con ocho meses por culpas ajenas.

En un recorrido que hizo la investigadora Catalina Pérez Correa por las Islas Marías, tras un motín en el que participaron más de 600 reclusos, plasmó cuál es la realidad de cómo viven actualmente los reos que dejaron de ser colonos.

En su movimiento de protesta, los reclusos demandaban mejor alimentación, mejor atención médica y un cese a los severos castigos impuestos por el personal de custodia.

Tras el trabajo de Pérez Correa, quedó más que claro que las Islas Marías ya no son el paraíso penitenciario que siguen ofreciendo las autoridades carcelarias, cuando en un tiempo fue una colonia penitenciaria en la que los presos vivían en casas junto con sus familias y trabajaban para mantenerse y sostener a su familia.

Pero la situación no cambió, todo siguió siendo igual. Los carceleros, desde el más alto nivel hasta los celadores han sido, y son los amos y señores de las islas.

Empero, la islas fueron haciéndose inviables al proyecto porque los presos eran liberados y volvían a tierra firme junto con sus familiares, en tanto que las autoridades habían dejado de mandar nuevos internos de tal manera que las islas fueron quedando casi desiertas.

Las casas que habían construido los mismos reos terminaron en el abandono, desmanteladas, además de que las carencias de los servicios básicos se agudizaron por lo que paulatinamente se convirtieron en islas fantasmas.

En el 2006 había 900 presos en todas las islas, pero cuando el presidente Felipe Calderón Hinojosa asumió la Presidencia de la República, dijo que daría nueva vida al proyecto del Porfiriato, con la construcción de nuevos centros y el traslado masivo de presos.

De esa manera la población aumentó en más de 8 mil internos, sólo que las reglas cambiaron; dejaron de ser colonos para volver a ser reos, ahora tienen que vestir el uniforme carcelario, que ya no era obligatorio; viven en dormitorios donde hay hacinados hasta 200 internos, cuando anteriormente lo ocupaban 20 y se tienen que ajustar a estrictos horarios y rutinas.

Laguna del Toro, uno de los cinco centros que ahora conforman el “Complejo Penitenciario”, es el que más carencias tiene en términos de servicios e infraestructura: mala comida, escasez de agua potable y bebible, imposición de castigos extremos y no reglamentados y la falta de medicamentos, además de la falta de trabajo y actividades educativas, deportivas y múltiples dificultades para recibir la visita de familiares.

El agua para beber no está debidamente tratada por lo que es de color café, contiene sal y causa enfermedades gastrointestinales; el agua para el aseo es racionada a 20 litros de agua (dos cubetas por interno al día), que les debe alcanzar para que laven su ropa, se bañen, le jalen a los sanitarios y se laven las manos.

En el Centro Morelos hay una población penal de más de 2 mil 500 hombres. Las cocinas, administradas por una empresa privada, preparan, en teoría, tres comidas diarias para cada interno pero difícilmente llegan a comer dos veces al día, regularmente es sólo una vez, además de que los internos la consideran muy mala.

En lo que corresponde a las visitas, para que los familiares puedan ver a su interno, primero deben ser aprobados por el Consejo. El proceso lleva un plazo mínimo de 6 meses, en el que los familiares tienen que entregar una serie de documentos. Una vez aprobada la visita, se realiza un sorteo para decidir qué internos y cuando pueden recibir visita.

Los lugares en el barco son contados, así como los espacios para recibir a los familiares en la Isla, que deben viajar hasta el puerto de Mazatlán para abordar el barco de la Marina que llega una sola vez a la semana. Una vez en la Isla, cada familiar es sometido a una inspección rigurosa que implica la revisión de su equipaje y de su cuerpo.

Cada prenda es inspeccionada y el visitante, ya sea hombre o mujer, debe desnudarse totalmente para mostrar que no trae artículos de contrabando; muchas veces son objeto de manoseos por parte de los vigilantes.

Las visitas deben permanecer una semana en la Isla y volver con el barco al concluir la semana.

Los costos del viaje resultan impagables para muchos. Algunas familias, arruinadas por el proceso penal y por la pérdida de un ingreso por parte del interno, no pueden costear el viaje o ausentarse de sus casas por tanto tiempo. Otros, no logran cumplir con los complicados tramites que exige la institución.

A veces, simplemente no consiguen los documentos necesarios y muchos de los internos optan por no someter a sus familiares al viaje y lo que implica la visita. Ello explica porque el 90% de los reos dicen no haber recibido visitas nunca.

Si el propósito principal de la pena fuera, como lo establece la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la reinserción social, resulta cuestionable un sistema penitenciario que obliga a los internos a romper de manera definitiva con los lazos familiares. Un sistema que aísla a las personas de sus seres queridos y sus relaciones sociales, que además los maltrata y denigra difícilmente es un sistema orientado a lograr este propósito.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación, establece que uno de los derechos de los reos es el purgar su pena cerca de sus comunidades, pero eso es letra muerta para las autoridades penitenciarias federales que envían más y más presos a las islas.

FUGAS DE LA “INEXPUGNABLE” FORTALEZA

José Revueltas describe las islas como una prisión con muros de agua, infestada de tiburones que son los más fieros guardianes para impedir cualquier fuga, sin embargo aún de ese lugar se han dado varias escapatorias.

A principios de 1989, las autoridades de las islas dieron por muerto al recluso Carlos Miralrio Mujica. Ese fue el reporte oficial y no hubo mayor explicación, sin embargo en septiembre de 1990 dicha versión rodó por tierra, al publicar su captura un medio de circulación.

Según los antecedentes de Miralrio Mujica, llegó el 2 de agosto de 1988 a las Islas Marías. Había estado internado en el Reclusorio Sur por robo y lesiones, pero no se llamaba Carlos, sino David Cortes Quintero.

Sin embargo se descubrió su verdadera identidad y porque había fingido ser otra persona: había asesinado a dos hombres, uno de ellos era policía. Lo sentenciaron a 26 años y fue enviado a las Islas Marías.

Al llegar a la colonia penitenciaria, puso en práctica una de sus mejores habilidades, hacerla de trovador: tocando la guitarra y cantando, con tan buena suerte que le simpatizó al director en turno, todo un bohemio, que lo hizo personaje infaltable para amenizar sus fiestas y celebraciones.

A fines del año de 1989, el director lo mando llamar. Había organizado su fiesta decembrina y quería que él tocara y cantara. Sin embargo no fue una fiestecita, fue una bacanal en la que tanto el director como los demás funcionarios, terminaron en calidad de bultos.

Según la averiguación 4ª/1330/990-06, Carlos se aprovechó de eso y se hizo de bolsas de plástico de varios tamaños, cajas de cerillos, un encendedor, un machete, un cuchillo, y otros implementos. Salió de la Isla Madre hacia la Isla Magdalena. Después, en una balsa que fabricó con quiotes, se dirigió  hacia la Isla Cleofas y luego hasta el Puerto de San Blas en otra balsa.

Para ello rompió unas hieleras y se amarró las tapas al pecho. En las bolsas de plástico metió  los cerillos, el  encendedor y algo de comida sobrante de la fiesta y se arrojó al mar. Cuando veía cerca los tiburones se quedaba quieto, como si fuera una tabla, para que no le hicieran nada.

Ello le llevó una travesía de 13 días, hasta que después, vía terrestre, llegó al Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Los directivos del penal lo dieron por muerto y así lo informaron a sus familiares. Por eso, cuando Carlos llegó a su casa no lo podían creer, estaban frente a un muerto.

Posteriormente se reunió con José Malfavón Espinosa, uno de sus amigos, al que conoció años atrás en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla y llevaron a cabo el robo de famosos cuadros y figuras religiosas en el Convento de Regina Coeli, situado en Bolívar y San Jerónimo, en pleno Centro Histórico de la capital de la República Mexicana.

Tiempo después, los agentes de la procuraduría capitalina dieron con el comprador de uno de los cuadros, prosiguieron con sus pesquisas y así llegaron hasta los  ladrones. Carlos fue detenido en la colonia Obrera, llevaba una pistola 9 milímetros.

Nuevamente dio un nombre falso, pero al verificar sus antecedentes, descubrieron que “el muerto”, según reporte de los directivos de las Islas Marías, estaba más vivo que nunca.

Pero no fue la única evasión de las temibles Islas Marías.

Adrián Martínez Gómez, fue trasladado a las Islas Marías tras la masacre del 19 de febrero del 2012 en el Cereso de Apodaca, donde 44 reos fueron asesinados y 37 más escaparon.

Fue sujeto a proceso y el juez de la causa, desde mayo del 2012, hizo varios requerimientos a la dirección del penal para realizar diligencias en torno al caso, pero no hubo respuesta. Los oficios siguieron llegando a los directivos de las islas que simplemente no contestaban.

Finalmente, el 11 de diciembre de 2016, es decir, tres años y siete meses después de que Adrián había sido requerido una y otra vez, el Juez Primero de lo Penal fue informado que Adrián estaba “desaparecido” desde el 7 de mayo del 2012.

En este caso no se supo cómo pudo escaparse Adrián o si murió en el intento, ya que nunca se volvió a saber de él.

EL PADRE “TRAMPITAS”, TODO UN PERSONAJE EN LAS ISLAS

“Nada te turbe, nada te espante, miéntales la madre y sigue adelante”, fue el lema principal, a manera de jaculatoria, del sacerdote católico Juan Manuel Martínez Macías, quien profesó su sacerdocio a lo largo de 37 años, en el penal de las Islas Marías, al que llegó como voluntario.

Juan Manuel y varios de sus amigos eran conocidos por su actitud violenta y anticlerical. No era extraño verle en conflictos con la Iglesia, inclusive llegó a golpear a Juan María Navarrete, quien llegaría a ser obispo de Sonora.

Pero su gran golpe, en el que participarían sus amigos, sería volar la Catedral de Aguascalientes.

Cuando todo estaba a punto de ejecutarse, a tan solo nueve días, la madre de Juan Manuel descubrió unos papeles que le comprometían y que detallaban lo que había planeado.

Su madre, llorando, le dijo: “te quiero mucho hijo, pero al mismo tiempo te odio porque eres enemigo de Dios”. A lo que respondió que sabía lo que iba a hacer y que seguramente le costaría la vida.

La mujer simplemente le respondió: “y ¿para qué quieres la vida si no la das por Cristo?”.

La frase le caló hondó, a tal grado que decidió entregarse a Cristo, pero tuvo que irse a estudiar a los Estados Unidos, con los jesuitas porque no podía estudiar para sacerdote en México, ya que si lo veían en el seminario, no faltaría que alguien dijera que estaba planeando algo en contra de la Iglesia Católica.

Luego de haberse ordenado como sacerdote en la Unión Americana, el padre Juan Manuel Martínez regresó a México, pero no quiso profesar en un templo católico común, dijo que consagraría su vida a aquellos que estuvieran privados de su libertad y, voluntariamente, pidió ser uno más de los reos en las Islas Marías, sin distingos, sin diferencias, tan sólo un preso más, pero entregado a predicar la palabra de Dios.

Su llegada, pero sobre todo de aceptación no fueron fáciles. Se trataba de hombres que decían haber sido olvidados de Dios, de sanguinarios criminales que lo menos que querían era acogerse al poder divino.

Así, de pronto, Juan Manuel se vio ante hampones y delincuentes a los que no podía dirigirse como lo hacía con los feligreses comunes. Aprendió que tenía que combinar las bendiciones con las mentadas de madre, las amenazas de ex comunión si no oían misa, si no se arrepentían, pero aun así, poco a poco fue imponiéndose a la singular grey.

Cada vez que flaqueaba en su labor y pretendía desistir de su tarea evangelizadora, recordaba las palabras de su madre: “¿Para qué quieres la vida, si no la das por Cristo?”

Al referirse a sus compañeros de presidio, decía: “Son un poco malitos, un poco ladroncitos, un poco matoncitos, pero también son hijos de Dios…” y aclaraba que para convencerlos de ir a misa, tenía que recurrir a toda clase de estratagemas, de ahí que los presos comenzaron a llamarle: “El Padre Trampitas”.

En ese lugar conoció a José Ortiz Muñoz, alias “El Sapo”, apodo que le impusieron por sus características físicas, ya que era chaparro, gordo y de ojos saltones. Fue condenado inicialmente a 28 años de cárcel y después a 40 más, tras el asesinato de Isidro Martínez García, un migrante cubano ultimado a puñaladas.

Se trataba de uno de los delincuentes más crueles y sanguinarios de su tiempo, a quien se le atribuían, sin comprobar, más de 100 asesinatos, siendo su primera víctima un compañero de escuela a quien le clavó en el pecho un compás.

Trascendió que “El Sapo” estaba al servicio del gobierno, para hacer algunos trabajos cuya finalidad era acabar con los enemigos de algunos generales post revolucionarios, para lo cual lo dotaron con el mejor armamento.

En cierta ocasión, Ortiz Muñoz llevaba una ametralladora que disparó indiscriminadamente sobre los integrantes de una marcha de inconformes, lo que derivó en decenas de muertos.

En cierta ocasión, el ya entonces “Padre Trampitas” y “El Sapo” coincidieron en el cementerio del penal, cerca de la tumba de uno de los pocos amigos del despiadado criminal. Ambos se sentaron sobre un sepulcro y el sacerdote le preguntó si quería confesarse.

-Sí, respondió José.

-¿Cuáles son tus pecados”, le preguntó.

-¡Todos! fue la respuesta de Ortiz Muñoz.

El sacerdote le preguntó qué oraciones sabía rezar para darle una penitencia, pero “El Sapo” respondió que ninguna.

–“No te preocupes, yo haré la penitencia por ti, pero me gustaría que este domingo asistieras a Misa”, dijo el ministro de Dios y desde aquél día “El Sapo” aprendió a rezar, jamás faltó a Misa y ambos se volvieron grandes amigos.

José nunca dejaba un enorme machete con el que se defendía, hasta que lo convenció el cura de dejarlo, ya que si iba a cambiar tenía que hacerlo de manera completa.

Así lo hizo José, pero al verlo desarmado y con una actitud diferente, sus enemigos que no eran pocos, le tendieron una celada y los destrozaron a machetazos.

El padre Juan Manuel se sintió en parte culpable de la muerte del “Sapo”, por lo que pidió que al morir fuera sepultado junto con su amigo.

A los 87 años de edad, los padecimientos del padre Juan Manuel se recrudecieron por lo que fue llevado a Guadalajara, Jalisco para que lo atendieran, pero finalmente murió en dicha ciudad.

De acuerdo a su última voluntad, Juan Manuel fue devuelto a las Islas Marías donde, entre muchas otras tumbas, figuran las de “El Sapo” y la del “Padre Trampitas”.

Pero antes, “El Padre Trampitas”, además de su misión sacerdotal, en la pequeña capilla del penal más grande de México, ayudó a que muchas personas y sus familias se adaptaran a un nuevo modelo de vida y se habla de miles de bautizados y convertidos a la fe cristiana.

Otro de los cientos de anécdotas que se contaban del “Padre Trampitas” fue el de José Valentín Vázquez Manrique, José Izquierdo Domínguez, José Manrique Vázquez o Sergio Montes de Oca, mejor conocido como “Pancho Valentino”, un luchador profesional que asesinó por estrangulamiento a un sacerdote católico en una iglesia de la colonia Roma.

Cuando llegó a las Islas Marías, se presentó así ante el Padre Trampitas:

–“Yo soy Pancho Valentino, el matacuras, ¡eh!”.

–“Pues yo soy el Padre Trampas, mejor conocido como el que mata a los matacuras, y no te me enchueques porque te lleva la chingada”.

Por muchos años no se hablaron.

Todas las mañanas “El Padre Trampitas” pasaba cerca de aquel hombre y lo saludaba: –“Buenos días Pancho”, a lo que éste sólo lo miraba despectivamente y escupía al suelo.

Cierto día un preso fue a buscarlo para decirle que “Pancho Valentino” le había pedido que lo ayudara a matar al cura.

–“Ándese con cuidado, padre, el Pancho lo quiere matar”.

Ese mismo día, después del toque de queda, a las 8 de la noche, “El “Matacuras” fue a buscar al sacerdote y le ordenó que saliera. Éste lo siguió sin cuestionarlo, seguro de que esa noche iba a morir.

No hizo ningún intento por pedir auxilio, pues para él era un honor morir por Dios y en la cárcel. Sólo ofreció su vida por la salvación de todos los internos de aquel penal.

Llegaron hasta la capilla y entonces Pancho Valentino comenzó a carcajearse. Volteaba para todos lados con un rostro desfigurado y se burlaba del sacerdote.

Cansado de tantas blasfemias, “El Padre Trampitas” se armó de valor y le dijo: “Termina ya Pancho, ya sé a lo que vienes, mátame como mataste a mi hermano sacerdote”.

Pancho se quedó inmóvil y sus ojos se fijaron en la imagen de la Virgen de Guadalupe. Después de varios minutos rompió en llanto y en exclamaciones.

–“Ya no Virgencita, ya no, por favor”, dijo y corrió hacia el Sagrario. Desesperado, golpeaba el piso y gritaba “ya no, ya no quiero matar, perdóname, Señor. Si quieres quítame la vida, pero perdóname, por favor, ya no quiero matar”.

Después salió corriendo de la capilla y se perdió.

Al día siguiente fue nuevamente a buscar al sacerdote, pero ya no para amenazarlo con matarle, sino para confesarse. Después comulgó y a partir de ese momento todos los días iba a la iglesia y participaba de las celebraciones, pero siempre de rodillas.

Nunca más atacó a nadie y todos los viernes se iba a un cerro y subía y bajaba con una cruz de 70 kilos que hizo él mismo, con madera de un árbol llamado “palo negro”, hasta que finalmente murió por enfermedad.

Ese fue, sin duda, uno de los personajes más peculiares que vivieron en las famosas Islas Marías, que a 113 años de su creación, perdió su concepción original, como colonia penitenciaria y actualmente están convertidas en otra de las 358 prisiones que existen en México, con las mismas carencias, vicios y prácticas ancestrales que las convierten en “universidades del crimen”, jamás en los pomposamente llamados “Centros de Readaptación Social”.

1968, el año que no se olvidará

José Antonio Aspiros Villagómez  ________________

Buenas noches. Hace una década escribí -y se publicó- una serie de artículos sobre los sucesos más importantes de 1968 en México y en el mundo de los cuales ahora se cumple medio siglo.

Sería ocioso abordar otra vez los mismos temas, pues lo poco nuevo que se ha sabido o ha sucedido desde 2008 acerca del caso mexicano, figura en libros y revistas que los lectores sobrevivientes de entonces y las nuevas generaciones, ya deben conocer.

En aquellos textos me faltó referirme a Jean-Paul Sartre y su participación en el Mayo francés, pero eso también ya ha sido muy documentado y conocido, lo mismo que el papel de ciertos militares el 2 de octubre de 1968, a lo cual se refieren libros como -por ejemplo- Jinetes de Tlatelolco (Ediciones Proceso), de Juan Veledíaz.

Conforme se acerquen este año las fechas del cincuentenario -26 de julio y 2 de octubre principalmente- surgirán nuevos libros, ediciones especiales de revistas, suplementos, programas en medios electrónicos y material en sitios digitales, y también habrá marchas, actos, conferencias y minutos de silencio, de manera que será poco lo que me resuelva a agregar (o “sepultar” en los complejos laberintos de Internet) a la montaña de textos que habrá sobre estos temas.

Salvo excepciones en su momento, otros sucesos de 1968 ajenos a los movimientos estudiantiles se quedarán como los escribí hace una década.

Por ello, mi aporte principal será compartir directamente con ustedes mis trabajos anteriores (archivo adjunto) y les pido que, si los leen, tomen en cuenta que en todos menciono que los hechos ocurrieron hace “cuatro décadas” y no cinco, o “40 años” y no 50, porque esos textos datan de 2008. Y si los divulgan, por favor no olviden el crédito correspondiente.

Adjunto también la foto que tomé de la puerta histórica que sucumbió hace medio siglo a aquel bazucazo que muchos recordarán, y otra con la fachada completa y no sé quién la tomó, ni (ojo) si esté sujeta a derechos de autor.

Agradezco que reciban este material y quedo en espera de sus siempre nutrientes y bienvenidos comentarios en cualquier sentido.

Gracias.

Un corredor de cuadrigas, el deportista más rico de todos los tiempos

Yelena Rodríguez Velázquez (*) ___________________

La Habana (PL).- La competitividad entre los fanáticos de Real Madrid y Barcelona es la historia de nunca acabar. Cristiano Ronaldo y Lionel Messi, líderes de uno y otro conjunto, centran debates acalorados en lo referente a la superioridad en el campo de fútbol y los millones de euros acumulados.

En este último punto, la balanza favorece al portugués, considerado el deportista mejor pagado con 93 millones de dólares al año; monto que deja por debajo al argentino con unos 80 millones, según estadísticas de 2017 publicadas por la revista Forbes.

Sin embargo, y aunque ambas cifras son impresionantes, el atleta más rico de la historia no es de este siglo, ni del anterior, sino un auriga (conductor de cuadrigas romanas) llamado Cayo Apuleyo Diocles, de la antigüedad.

Muchos cronistas e historiadores confirman su nacimiento en el año 104 de Nuestra Era, en Lusitania, provincia romana al oeste de la Península Ibérica. Dicen que fue hijo de un transportista, razón por la cual comenzó desde muy joven a manejar ese tipo de carro.

Su destreza le abrió paso en el mundo de las carreras; primero en su provincia natal y luego en la capital del Imperio Romano, donde llegó con apenas 18 años.

En aquella época los equipos estaban representados por colores: Blanco, Azul, Verde y Rojo, pero no se sabe con certeza cuál fue su primer conjunto.

Algunos lo sitúan primero en los Blancos, luego en los Verdes y finalmente en los Rojos.

En cambio, el padre jesuita Juan Francisco Masdeu no coincide con esa tesis. Basándose en la copia de una lápida esculpida en el Circo de Nerón, hoy Ciudad del Vaticano. El reconocido estudioso de la literatura española argumenta que perteneció siempre a la facción Roja.

“Agitavit in factione Alba” o “in factione prassina”, quizá no signifique (…) que Diocles fuera cambiando de colores y sugiere que corrió siempre con los Rojos, dijo el historiador.

Más allá del equipo al que representaba, lo significativo fue el hecho que lo convirtió en leyenda… y en multimillonario.

Es preciso recordar que la ciudad de Roma vivía entonces del entretenimiento. El Circo Máximo era foco de deseos para las multitudes, y las carreras de cuadrigas, celebradas allí, un pasatiempo venerado.

Como en la actualidad, existían los fanáticos que seguían las victorias, derrotas y posiciones, acopiadas en actas. Diocles empezó a romper récords y, por consiguiente, a sumar seguidores.

Dicen que participó en cuatro mil 257 carreras, en las cuales obtuvo mil 462 victorias, equivalente a un 34 por ciento de triunfos. Aunque posicionado entre los primeros, no fue el mayor vencedor de los aurigas. En este puesto, la historia cita los nombres de Pompeius Musclosus con tres mil 559 éxitos y Scorpus, con dos mil 48.

En lo que sí coinciden muchos es en reconocerlo como el corredor más selectivo porque escogía rivales poderosos y carreras prestigiosas, con mayores premios en metálico.

Peter Struck, profesor de la Universidad estadounidense de Pensilvania y apasionado investigador de su obra, calculó su capital.

Según el catedrático, Diocles ganó durante los 24 años de trayectoria un total de 35 millones 863 mil 120 sestercios (antigua moneda romana), cifra igualada al costo anual de todo el grano consumido en la ciudad de Roma o a una quinta parte del salario anual del ejército romano.

Una verdadera barbaridad de dinero en aquellos tiempos.

Créanlo o no, estamos hablando en la actualidad de unos 15 mil millones de dólares aproximadamente; una suma improbable de alcanzar por Ronaldo, Messi o cualquier deportista contemporáneo, aun teniendo en cuenta sueldo, contratos, premios, bonos e inversiones.

“Su marca personal merecería estar en los museos”, dijo el experto en comunicación Víctor Sánchez del Real, refiriéndose a Diocles.

Esa fortuna, añadió, no se debe solo a las ganancias por carreras ganadas, cuando remontaba posiciones en los últimos metros y sometía a sus adversarios, sino a la capacidad de movilizar seguidores.

En otras palabras, se refiere a la “mercadotecnia” de la época, un principio de publicidad que generaba ingresos adicionales a los premios, como las apuestas y todo el material promocional, bien conocido y desarrollado en nuestros días.

Con ese capital y a los 42 años, Diocles dejó atrás los peligros de la arena. Cuentan que se instaló en Praeneste (actual Palestrina) y tuvo dos descendientes, quienes lo homenajearon con una estela (monumento), erigida en el templo de Fortuna, la diosa de la suerte.

“Presente ofrecido a Fortuna Primigenia de parte de Cayo Apuleyo Diocles, el primer auriga del equipo Rojo, hispano de nación. Sus hijos Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia”.

Así versaba la traducción de la estela que, aunque ya desaparecida, es el más certero testimonio de la vida de este corredor de cuadrigas, devenido el deportista más rico de todos los tiempos.

(*) Periodista de la redacción de Internet de Prensa Latina. yas/yrv

Armando Ávila Sotomayor

Salvador  Flores  Llamas  ___________________

Este 9 de marzo  hizo 3 años que falleció Armando Ávila Sotomayor, mexicano ejemplar, amigo entrañable y padre amoroso de 9 hijos (murió Carlos Eduardo) que procreó con su excepcional esposa, la moreliana Ana María Guzmán Rangel, y tuvo en suerte celebrar el tercer año de su primer bisnieto tres días antes de pasar a vida mejor.

Líder estudiantil desde sus mocedades, logró la autonomía del Instituto de Ciencias de Aguascalientes, su terruño, que se convirtió en la Universidad Autónoma del estado, con el respaldo del “Maestro de América” José Vasconcelos, que lo distinguió con su amistad.

Lo fue también de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), pilar de la batalla por la autonomía de la Universidad Nacional, donde coincidió con otros destacados jóvenes idealistas: Armando Chávez Camacho, Carlos Septién García, Luis Calderón Vega, Gonzalo Chapela, Luis Islas García, Jesús Hernández Díaz, Juan Sánchez Navarro, Manuel Ulloa, Daniel Kuri Breña, entre muchos, de quienes fue asesor sin par el jesuita Ramón Martínez Silva

Dirigió igualmente la Confederación Nacional de Estudiantes.

Armando Ávila Sotomayor.

Con tal carácter participó en congresos internacionales en España y otras naciones europeas, donde difundió el mensaje de la juventud estudiosa mexicana auténtica.

Aportó sus dotes al Partido Acción Nacional (PAN), recién fundado por Manuel Gómez Moría, Efraín González Luna, Miguel Estrada Iurbide (“la Triada Fundadora”), Manuel Herrera y Lasso, Rafael Preciado Hernández, Juan Gutiérrez Lascuaráin, Luis Calderón Vega, Alejandro Ruiz Villaloz, Gustavo Molina Font, Juan Landerreche Obregón, Francisco Fernández del Cueto, Manuel R. Samperio y Aquiles Elorduy, entre otros.

Tocó a Gómez Morín, como rector de la UNAM, consolidar la autonomía y a petición suya, Armando colaboró con él en la expansión del nuevo partido.

Recién llegado al DF y por su ascendiente entre los universitarios de Aguascalientes, D.Manuel lo envió a dirigir la campaña de Aquiles Elórduy, primer candidato del PAN a gobernador del estado; pero el régimen no le reconoció el triunfo y después fue de los 4 primeros  diputados federales del partido en 1946, con Juan Gutiérrez Lascuráin, Manuel Ramírez Munguía y Antonio L. Rodríguez.

Armando fue varias veces candidato a diputado federal, mas no llegó hasta a la LI Legislatura, segunda del sexenio de López Portillo (1979-82) coordinada por Luis M. Farías, antiguo compañero en los afanes autonómicos, cuando éste militó en el llamado grupo secreto “Los Conejos”.

Compartió curules con Abel Vicencio Tovar, Luis Calderón Vega, Esteban Zamora Camacho,  Luis Castañeda Guzmán, Carlos Castillo Peraza, Juan Antonio García Villa, Salvador Morales Muñoz, Eugenio Ortiz Walls, Raúl Velasco Zimbrón, Rafael Morelos Valdés, Pablo Emilio Madero, Juan de Dios Castro Lozano, Graciela Aceves de Romero, Fernando Canales Clariond, entre otros panistas distinguidos.

Ellos llegaron por la Reforma Política de 1977 (promulgada por López Portillo e ideada por Jesús Reyes Heroles) e inició la transición democrática: así México pasó del partido hegemónico (PRI) al pluriparidismo, 20 años después a la mayoría de diputados opositores en la LVII Legislatura y a  la alternancia en la Presidencia de la República el 2 de julio de 2000, con el triunfo de Vicente Fox.

Al renovarse la Cámara Baja en las elecciones intermedias de 1979, el PRI recibió el 69.84% de votos, le tocaron 296 diputados y perdió 4 de mayoría a manos del PAN, que logró 10.79% de sufragios y mereció 42 curules plurinominales, 46 en total.

La Reforma Política de 1977 reconoció a los partidos Comunista Mexicano y al Demócrata Mexicano (sinarquista) que obtuvieron 4.97% de la votación (18 diputados) y 2.05% (10 diputados). El Popular Socialista alcanzó 2.59% (12 diputados), el Socialista de los Trabajadores 2.12% (12 diputados) y el Auténtico de la Revolución Mexicana 1.81% 10 diputados., según Google.

Dicha reforma implicó importantes cambios legales, promovidos por el político, jurista e intelectual Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación, para resolver el problema de legitimidad surgido porque López Portillo ganó la elección sin oponente real, pues el PAN no lanzó candidato por disputas internas y a Valentín Campa le anularon casi un millón de sufragios, porque lo lanzó el proscrito Partido Comunista Mexicano.

“Bajamos a los guerrilleros del cerro para que dirimieran sus diferencias en el Congreso en forma civilizada”, expresó Reyes Heroles.

Armando fue también dirigente de la Acción Católica, cuyo presidente nacional Manuel E. Cal y Mayor lo propuso a Don Rodrigo de Llano, director general de “Excélsior”, como editorialista –cuando éste le solicitó prospectos– con Carlos Alvear Acevedo y Efraín González Morfín; fue editorialista de edición la principal del rotativo y de la primera de “Últimas Noticias”, además articulista de ambos.

Su primer editorial fue a la muerte de Vasconcelos: gustoso delineó una soberbia semblanza de ese mexicano impar; con la que ingresó al diario por la puerta grande y D. Rodrigo lo felicitó.

Como director del periódico estudiantil “Reforma Universitaria”, Amando me ordenó entrevistar a Vasconcelos, en la Biblioteca de México, que D. José dirigía, en la Ciudadela en 1958; él me consiguió la cita.

El egregio pensador, a quien apoyaron, entusiastas, los estudiantes y los jóvenes en general, me recibió muy atento y obsequió casi una hora de su valioso tiempo en charla muy ilustrativa y sabrosa, tras haberla programado de 15 minutos.

Meses después encontré al mejor secretario de Educación que ha tenido México (lo fue con Obregón) conversando con su amigo Gómez Morín por la calle de Motolinía (en el Centro Histórico). En eso pasó una bella joven, y D. José la siguió con la vista hasta que desapareció en la esquina próxima.

Consciente de haber dejado a D. Manuel con la conversación en la boca, le dijo: “Perdone, licenciado, pero el Señor no ha querido librarme de la pasión por las mujeres”.

Armando tuvo la gentileza de honrarme con su amistad y aceptar que desayunáramos cada mes por muchos años; me enseñó mucho, compartió experiencias y narró anécdotas, como cuando estudiaba en San Ildefonso, llegó Islas García, articulista de Diorama de la Cultura de “Excélsior”, e invitó a los estudiantes a ir a conocer a Diego Rivera, que pintaba el gran mural de la escalinata central del Palacio Nacional.

Él lo acompañó. Al llegar al escenario de Diego, Islas le gritó “Sapo, Sapo”. Oyó que muy arriba rechinaba y se estremecía el andamio. Asomó el corpulento guanajuatense, quien contestó “ya voy” y bajó.

Así conoció al gran artista, de quien contaba que al resultar embarazada su hija, Guadalupe Rivera Marín por su condiscípulo Juan Manuel Gómez Morín, hijo del fundador del PAN; cuando ya no pudo ocultarle su estado; el comunista recalcitrante y anticlerical le advirtió: “A ver si la próxima vez no me llegas embarazada por el Arzobispo de México”.

llamascallao@hotmail.com

@chavafloresll

Nueva puerta a la arqueología maya

Maitte Marrero Canda* _________________

Guatemala, (PL).-  Parados ante la monumental pirámide del Gran Jaguar, imponente desde su altura de 45 metros y 90 escalones, podríamos pensar que no hay mayor ejemplo de magnificencia en el parque Nacional Tikal, en el Petén guatemalteco.

Sin embargo, muy cerca de allí, aún bajo el manto de la tupida vegetación de la selva, yacen más de 60 mil estructuras mayas que empiezan a dar respuesta al enigma de la ciudades perdidas y a cambiar muchas de las teorías acerca de esta fascinante civilización.

La “magia” ha sido posible gracias a la revolucionaria tecnología Lidar (Laser Imaging Detection and Ranging), la cual penetra en el manto sin dañarlo y brinda una imagen tridimensional detallada de lo que se esconde debajo de la superficie sin cortar ni un árbol.

Más de dos mil kilómetros de la Biosfera Maya, al norte del departamento de Petén, sirvieron de estudio a la Fundación Patrimonio Cultural y Natural Maya (Pacunam), cuyos científicos y arqueólogos de prestigiosas instituciones académicas comienzan a reconsiderar viejas teorías.

Hallazgos anteriores, por ejemplo, favorecían la idea de que las ciudades mayas estaban aisladas y eran autosuficientes. Sin embargo, las imágenes aportadas por Lidar mostraron  las ruinas de una extensa civilización precolombina  mayor, más compleja, e interconectada de lo que se suponía.

“Con estos nuevos datos ya no es inaceptable creer que aquí vivieron entre 10 y 15 millones de personas”, aseguró el arqueólogo guatemalteco Francisco Estrada-Belli a la revista National Geographic, la cual consolidó parte del ambicioso estudio en un documental llamado Tesoros perdidos de los mayas, estrenado el pasado 11 de febrero en Guatemala.

Según los resultados expuestos, esta revelación constituye una revolución en el campo de la arqueología maya en los últimos 100 años.

Hallazgos prometedores

Se cree que la mayoría de las 60 mil estructuras recién detectadas son plataformas de piedra que pudieron soportar las tradicionales casas de cubiertas vegetales de los mayas, pero también hay grandes palacios de la realeza y pirámides.

Una de las sorpresas mayores fue la compleja red de calzadas que unían a las ciudades en el área explorada: Tikal, El Zotz y el norte de Petén.

Los datos de Lidar no dejan ninguna duda de que la función del sistema de foso y muralla de 14 kilómetros de longitud que rodea la ciudad de Tikal fue construida para protegerla de invasores. La frecuencia y escala de las fortificaciones es inesperada y se incrementará cuando la tecnología muestre nuevas áreas, detalló Marcelo Canuto, otro de los líderes del estudio.

Las carreteras elevadas, que permitieron el paso fácilmente incluso en temporada de lluvia, eran suficientemente amplias, lo cual sugiere que fueron muy transitadas y útiles para el comercio.

En algunas áreas, los mayas manipularon el flujo del agua y mitigaron la erosión, guiando el agua de lluvia hacia las tierras fértiles con redes de canales que a veces se extendían hasta tres kilómetros cuadrados, una evidencia de la gran sofisticación e inversión en sistemas agrícolas sostenibles.

Canuto confirmó que por lo menos tres sitios nuevos aparecen ahora en el mapa: Xmakabatun, Kunal y Kanalná. Si se llegara a cubrir toda la región tendríamos un patrón urbano maya y llegaríamos a saber por qué vivían donde vivían, explicó al presentar el mapeo en la ciudad de Guatemala.

Uno de los hallazgos más impresionantes es una pirámide de siete pisos en Tikal, intacta en gran parte pero tan cubierta de vegetación que casi está fundida en la jungla.

Otra sorpresa deparó a los arqueólogos que ya habían explorado el sitio El Zotz, en el norte de Guatemala, pues aunque consideraban haber logrado un estudio detallado de la zona, ahora surgió un muro fortificado de nueve metros de largo que antes ni siquiera podían sospechar.

Estas extensas defensas y fortificaciones respaldan la teoría de que los mayas participaban en guerras a gran escala, las cuales fueron un factor determinante hasta el punto de configurar el surgimiento y desarrollo de algunas de sus ciudades más grandiosas.

La presencia de áreas agrícolas especializadas y capaces de sustentar a una población masiva a un nivel casi industrial echa por tierra la creencia de que en Petén no había evidencias de agricultura intensiva, precisó Estrada-Belli.

El centro urbano de la ciudad preclásica de El Palmar es 40 veces más grande de lo que se estimaba, incluyendo varios complejos monumentales que se pensaban eran sitios separados.

El peligro de la depredación

Todo el tesoro mostrado por Lidar deja en evidencia a un Estado incapaz de velar por su conservación, reconoció el ministro de Cultura y Deportes de Guatemala, José Luis Chea, quien tiene la responsabilidad legal de conservar este patrimonio y el ya desenterrado.

Sin embargo, la protección solo será parcial y posiblemente no corresponda a su cartera, ya que los fondos para estos nuevos monumentos no existen.

A duras penas se puede proteger los 21 sitios arqueológicos ya excavados con los 540 millones de quetzales presupuestados (unos 73.5 millones de dólares), una partida que se divide a la mitad, una para el área de Deportes y otra para Patrimonio, Desarrollo y las Artes.

Durante el proceso de investigación, una de las ciudades descubiertas fue nombrada Xmacabatún por Estrada-Belli. Tan solo para entrar y rescatar” el sitio, el número 22 del país, se necesitarían unos 30 o 50 millones de dólares que no tenemos, reconoció con pesar el ministro.

De ahí que recalque una y otra vez que más allá de las piezas preciosas, lo importante es “el redescubrimiento de la civilización, sus estudios y la develación de la dinastía de los reyes de las serpientes, así como la desmitificación de un maya pacífico”.

Pero Chea no se quedará de brazos cruzados. El próximo 15 de marzo mandará una comunicación a 20 de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y Europa para que sean los guardianes, a modo de concesión, de algunos de los sitios descubiertos siempre y cuando participen arqueólogos guatemaltecos y los bienes y piezas preciosas se queden bajo resguardo de nuestra nación, afirma.

Por las características de la selva petenera, donde campea el narcotráfico, los narco ganaderos y los traficantes de flora y fauna, el ministro de Cultura asume que los saqueos deben estar a la orden del día, de ahí que la sobrecarga de 60 mil monumentos resulte ahora abrumadora, sin embargo, el futuro puede ser promisorio.

No hay duda de que la riqueza prehispánica sigue sorprendiendo al mundo científico y en Guatemala queda aún mucho por explorar para responder todas las incógnitas.

Las imágenes de Lidar son la primera parte de un proyecto de tres años que permitirá mapear más de 14 kilómetros cuadrados de tierras bajas en este país.

El solo hecho de pensar en una población cercana a lo que hoy es Guatemala, con un nivel de autosuficiencia incalculable y en un terreno menor, estremece.

Saber ahora que Tikal solo habría sido un gigantesco centro ceremonial, porque es mucho más grande de la monumentalidad que se le conoce, inspira.

Quizá el encanto radique en tener bajo tierra parte de su secreto, o tengan que pasar unos 100 años para entender en su totalidad la grandeza de una de las civilizaciones más antiguas del continente.

Lo cierto es que Lidar estará ahí para desvelar, de lo más profundo del suelo, nuevos tesoros mayas.

* Corresponsal de Prensa Latina en Guatemala.

La mala fortuna de Maximiliano de Habsburgo

Textos en libertad

José Antonio Aspiros Villagómez __________________

 Debe haber sido muy penosa la vida de Maximiliano de Habsburgo porque casi siempre le resultó mal todo, inclusive después de muerto.

Habría que estudiarlo más para entender cómo sobrellevó tantos reveses, enfermedades y burlas. Y por qué todo eso lo aceptó con paciencia, a veces con ingenuidad, o lo arrostró con frivolidad como cuando decidió renunciar al trono que le idearon en México… y se puso a jugar -incluso durante el sitio de Querétaro- boliche y billar, o a estudiar las plantas y las mariposas.

A pesar de todo lo sabido sobre el Segundo Imperio que él encabezó, hay un libro que compendia en sólo 166 páginas la tragedia del personaje y que nos suscitó una reflexión sobre su condición humana al margen del debate ideológico y no siempre racional en torno a esa etapa de la historia de México y sus protagonistas.

Se trata de Maximiliano emperador de México (Editorial Debate, 2017), donde su autor Carlos Tello Díaz muestra a un hombre capaz en unos aspectos y débil en otros; a un Habsburgo sometido a un Bonaparte y a un estratega político que terminó por disgustar prácticamente a todos, tal como lo detallan también desde extensos relatos históricos, hasta las óperas, dramas, películas y novelas del mismo tema.

Pero en una obra tan condensada como la de Tello Díaz, es mayor la impresión que provoca recrear los detalles de su malograda vida porque, de principio a fin, aparecen casi eslabonados los desengaños que tuvo. Fernando del Paso lo dice con mucho estilo en Noticias del Imperio, sólo que lo suyo es más literario y menos concreto.

El pasado 20 de enero se cumplieron 150 años de que Fernando Maximiliano José María de Habsburgo-Lorena fue inhumado en la Cripta Imperial de su estirpe, bajo la iglesia de los Capuchinos en Viena. Su cuerpo llegó allí desfigurado por dos embalsamamientos hechos en México, por los varios meses olvidado en Querétaro y casi en descomposición, y porque en un principio quedó dentro de un ataúd donde no cupieron sus pies. No se pudo cumplir su deseo de “gozar de calma en el féretro”, como tampoco sus intenciones a lo largo de su vida.

Tuvo malas relaciones con su hermano el emperador de Austria, fue desafortunado en el amor (no obstante sus aventuras en Brasil), padeció de un prognatismo hereditario que ocultaba con la barba, y se casó con una princesa belga cuya inteligencia le preocupaba, y quien al final de esta triste historia perdió la razón. También fue muy penosa la vida de “Mamá Carlota”, como la llamó con ironía Vicente Riva Palacio, hijo de uno de los defensores del archiduque cuando fue llevado a juicio.

El liberalismo de Maximiliano lo llevó al fracaso como gobernante de la Lombardía y el Véneto, fue abucheado por los italianos que le llamaban “archidupe” (architonto) y su mujer le regaló una isla sobre la cual había la condena de que sus propietarios morirían con violencia.

Y más: se rumoró que era hijo de Napoleón II y no de Francisco Carlos de Austria; fue despojado de sus derechos sobre la corona austriaca, lo engañaron los monarquistas con un dudoso plebiscito por el cual los mexicanos lo reconocerían como emperador y titubeó antes de aceptar una corona para la cual nunca hubo una ceremonia de coronación.

Ya en México las chinches lo obligaron a pasar su primera noche sobre una mesa de billar y toda la aventura en este país terminó cuando fue abandonado por el emperador francés, quien le retiró la ayuda económica y militar, pese a lo cual el consejo de ministros rechazó su intención de dimitir.

Sin descendencia porque su esposa era estéril o porque él padecía de una infección, debió adoptar a dos nietos de Agustín de Iturbide. Peleó con la Iglesia; Napoleón III le reclamó por construir teatros en lugar de caminos; su gobierno estuvo en bancarrota; abortó su propósito de ceder territorio del norte de México a Estados Unidos y conquistar a cambio el de América central; enfermó de disentería y malaria. En el colmo de su infortunio, sus sirvientes desmantelaron el Castillo de Chapultepec por lo que se alojó en otro sitio, y fueron robadas por bandoleros las mulas de su carroza.

Ya preso el austriaco que se asumió mexicano desde su arribo al país, Benito Juárez fue inflexible ante los ruegos de famosos y poderosos del mundo para que le perdonara la vida. El presidente tampoco quiso indultar a Miramón y Mejía como le pidió su principal cautivo. Por cierto, cuando en el bando juarista se defendía celosamente la forma republicana, el juicio a Maximiliano -en el que Manuel Azpiroz fungió como fiscal- fue en un teatro que tenía el nombre de otro emperador, Iturbide, en Querétaro, ciudad “baluarte del catolicismo” dice Tello, donde lo fusilaron después de que él gritó “Viva México”.

El libro de Tello Díaz menciona muchos otros aspectos, entre ellos -siempre destacables por mucho que sean del conocimiento general- que Maximiliano formó un gabinete liberal y hasta anticlerical, ratificó las Leyes de Reforma y rechazó la petición papal de abolirlas, decretó la libertad de cultos y de prensa, y fue -“tal vez”, dice Tello- el primer estadista del mundo en legislar a favor de los trabajadores, en los términos que detalla el autor. También creó el ministerio público y dispuso la enseñanza gratuita y obligatoria. Por todo ello los conservadores mexicanos decían que no era emperador, sino “empeorador”.

Pese a su brevedad, el libro incluye fotografías muy adecuadas en cada breve capítulo, como la del buque Novara, el arco levantado en la actual calle Madero para darle la bienvenida en la ciudad de México, su modesto carruaje que en nada se parece al que se exhibe en el Museo Nacional de Historia (Chapultepec) y personajes de México y Europa relacionados con esta historia, incluidos el nieto de Iturbide y heredero del trono, la cantante Ángela Peralta y los soldados del pelotón de fusilamiento a quienes Maximiliano regaló monedas acuñadas con su efigie y de las cuales ahora se venden copias en el Cerro de las Campanas.

También está una foto de él donde se muestra sin garbo alguno en contraste con la de la portada, cuyo epígrafe dice que esa fue “la última vez que apareció vivo” en una imagen, y la última también de las muchas y muy valiosas ilustraciones de este libro escrito hace más de 20 años y guardado en un cajón, porque iba a aparecer con el sello Clío de manera simultánea con una telenovela sobre Maximiliano y Carlota que -como remate de su mala suerte- finalmente canceló Televisa, aunque luego hubo un documental, como se puede ver en las imágenes adjuntas.

Rescatado el Templo Mayor, es el turno de la Catedral

Textos en libertad

(cuarta y última parte)

José Antonio Aspiros Villagómez __________________

         Hace unas cinco décadas conocimos en las calles Seminario y Guatemala de la Ciudad de México el Museo Etnográfico que mostraba el hallazgo hecho en 1913 por el antropólogo Manuel Gamio, consistente principalmente en una esquina del Templo Mayor de los mexicas con grandes cabezas de serpiente, y exhibía también la maqueta del recinto sagrado de México-Tenochtitlan elaborada por el arquitecto Ignacio Marquina, de cuyo nacimiento se cumplirán 120 años el próximo 4 de mayo.

Hoy, esa zona del Centro Histórico es peatonal y se llama Plaza Manuel Gamio. Allí estuvo por unos años, en el piso, una gran maqueta metálica del centro ceremonial, basada en la de Marquina. En la actualidad cuenta con un acceso a la zona arqueológica y al Museo del Templo Mayor, a lo largo del cual es posible ver a través de cristales parte de la pirámide monumental cuya altura ha sido equiparada con la de un edificio moderno de 15 pisos.

         Volvimos al lugar cuando, gracias al hallazgo fortuito del monolito de ocho toneladas que representa a Coyolxauhqui (21 de febrero de 1978), el naciente Proyecto Museo de Tenochtitlan se convirtió en Proyecto Templo Mayor (20 de marzo siguiente), ambos a cargo del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma. El propósito era descubrir completamente los restos del principal adoratorio de aquella civilización, derrotada y humillada por los invasores españoles.

Maqueta del centro ceremonial de México-Tenochtitlan. Foto de Héctor Montaño, INAH.

         El rescate y consolidación de la Coyolxauhqui estuvo a cargo de especialistas encabezados por los arqueólogos Ángel García Cook y Francisco González Rul y desde hace tres décadas la figura ha sido admirada por cerca de 19 millones de visitantes del museo, inaugurado por el presidente Miguel de la Madrid el Día de la Raza de 1987.

         Para explorar y rescatar los vestigios de las diversas etapas constructivas del Templo Mayor donde eran adorados Tláloc y Huitzilopochtli, fue necesario expropiar 12 mil 900 metros cuadrados según datos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). En parte de esa superficie fue construido el museo por el arquitecto que hizo también el Museo Nacional de Antropología y la Basílica de Guadalupe moderna, Pedro Ramírez Vázquez, junto con Jorge Ramírez Campuzano, Miguel Ángel Fernández y el propio Matos Moctezuma, cada uno en su especialidad.

         Y como en el Templo Mayor hay una dualidad, en el museo también. Matos, hoy investigador emérito del INAH, a través de un boletín del INAH dijo en diciembre pasado que “nada quedó al azar”. Templo y museo están orientados al poniente, “y así como el edificio prehispánico tuvo una mitad dedicada a Tláloc y la otra a Huitzilopochtli, cuatro secciones (del museo) se destinaron a los aspectos de la deidad de la lluvia y la fertilidad, y las otras cuatro salas, a los atributos de la entidad de la guerra”.

Desde 1991 acompaña al Proyecto Templo Mayor un Programa de Arqueología Urbana, coordinados por Leonardo López Luján y Raúl Barrera Rodríguez respectivamente, y así ha sido posible rescatar más vestigios sin afectar edificios, como es el caso del Centro Cultural de España en México, donde se excavó el subsuelo para descubrir el Calmecac -un colegio para la élite- y ahora hay en ese sótano un museo de sitio arriba de un nuevo estacionamiento.

         En cuanto a la Catedral Metropolitana que tanto preocupó al crítico e historiador de arte Jorge Alberto Manrique según vimos al principio de esta serie, sigue en pie, sólo que bajo cuidados no sólo por sus problemas previos de cimentación, sino por los daños que tuvo tras el sismo del pasado 19 de septiembre, y cuya reparación deberá cubrir el seguro que tiene contratado el INAH.

         El templo de los mexicas y el de los mestizos conviven ahora uno junto al otro, ya ambos a la vista. Sólo que mientras el Templo Mayor tiene abiertas sus puertas a todo el mundo, la Catedral lo hace con cautela y por la ​entrada lateral en tanto se le restaura. Es su turno de rescate. (Fin)

Una hechicera detonó el Proyecto Templo Mayor

Textos en libertad

(tercera parte)

José Antonio Aspiros Villagómez ___________________

          La historia es muy conocida: el 24 de febrero de 1978, unos trabajadores de la Compañía de Luz toparon con el monolito después identificado por los arqueólogos como Coyolxauhqui, cuando hacían una excavación en la calle de Guatemala, a una cuadra de la célebre cantina ‘El Nivel´ y prácticamente a las puertas de la también famosa librería ‘Robredo’ (ambas ya desaparecidas), establecida en 1919 en un predio que desde el virreinato había sido maldecido.

         Una voz anónima, femenina, dio aviso del hallazgo al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y llegó el personal de rescate arqueológico a proteger aquella pieza. Se sabía cuál era la ubicación del Templo Mayor de los mexicas pese a fallidos cálculos durante el siglo XIX, gracias a la maqueta y las exploraciones que hizo en las primeras décadas del XX el arquitecto Ignacio Marquina.

         ¿Qué seguía? Además de cumplir con las disposiciones legales, atender las instrucciones presidenciales de rescatar todo aquello y de esa manera fue emprendido un programa que quedó a cargo del arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, descendiente de aquel tlatoani azteca que dio la bienvenida al invasor Hernán Cortés.

Coyolxauhqui, la hechicera, fue desmembrada por su hermano Huitzilopochtli​​. (Foto Archivo Raúl Arana, INAH).

         Los reporteros nos movilizamos. En días destinados a atender a la prensa, nos fueron mostrados los sucesivos hallazgos, conocimos su significado, vimos las diversas etapas constructivas del adoratorio, un tzompantli y cabezas de serpiente; nos mostraron cómo eran tratados los objetos de las diversas ofrendas para evitar su deterioro al contacto con la intemperie, incluidos los silicones que le pusieron a la propia Coyolxauhqui… en fin, una experiencia que, cuatro décadas después, aún tiene mucho valor.

         Y así como en la presidencia de Adolfo Ruiz Cortines a los estadistas extranjeros que hacían visitas oficiales a México se les mostraba la Unidad Independencia y en tiempos de Adolfo López Mateos la Unidad Tlatelolco, ambas consideradas conjuntos habitacionales modelo, con José López Portillo y todavía después de su mandato era obligado llevarlos a conocer aquella diosa de los cascabeles en la cara y todo su importante entorno histórico y arquitectónico.

         Porque México-Tenochtitlan fue la principal metrópoli mesoamericana y encima de su centro ceremonial y con sus propias piedras, fue levantada la nueva ciudad después que los españoles derrotaron a los nativos. El Templo Mayor era el más importante de los edificios, con altares en su cima destinados a los dioses Tlaloc y Huitzilopochtli. Allí se hacían los sacrificios y ofrendas propios de su religión.

         Esas deidades eran representativas de la agricultura y la guerra, los dos pilares del poderío azteca, mientras que Coyolxauhqui era un personaje legendario que cobró interés debido a su hallazgo y al valor estético y cultural de su representación pétrea.

         Coyolxauhqui y sus hermanos, llamados los Cuatrocientos surianos, quisieron matar a su madre Coatlicue (la de la falda de serpientes) a causa de un presunto adulterio por el que nació Huitzilopochtli (Colibrí zurdo) en un lugar cercano a Tula conocido como Coatépec, que significa ‘la montaña de la serpiente’ y desde donde el poder de los mexicas se extendería “por todos los rumbos del mundo” según fuentes primarias citadas por Miguel León-Portilla (Revista de la Universidad de México # 15, julio de 1982)

         Entonces Huitzilopochtli fue alertado por un Judas que había entre los surianos y mató a su hermana y a sus cómplices; la descuartizó y arrojó desde lo alto del cerro, razón por la cual así está, desmembrada, en el monolito que encontraron los obreros de la Compañía de Luz.

         El contenido y significado completos de esta mitología es posible conocerlos al detalle en abundantes publicaciones y en las cédulas que explican los objetos exhibidos en el Museo del Templo Mayor, inaugurado hace 30 años al oriente de los vestigios arqueológicos.

En la cita ya referida, León-Portilla indica que Coyolxauhqui (la del afeite a modo de cascabeles) era una hechicera también llamada Teyolocuani (comedora de corazones de hombres), Teixcuipani (embaucadora de gentes) y Malinalxóchitl (flor de guirnaldas). El hallazgo de su imagen de piedra hace cuatro décadas, fue el detonante para emprender el Proyecto Templo Mayor. (Concluirá).

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