Panamá 500: la puja entre el hombre y su medio

Osvaldo Rodríguez Martínez * ___________________

Panamá, (Prensa Latina).-  Una familia en Arraiján quedó asustada al encontrar a una enorme boa en el patio de la casa comiéndose a su conejo.

Así ocurrió en septiembre de 2014 en el sector oeste de esta capital, cuya zona metropolitana colinda con una frondosa selva, donde la vida transcurre en un ambiente silvestre que los naturalistas intentan proteger de los depredadores.

Es común ver en árboles y cables telefónicos dentro de la ciudad, a juguetonas ardillas que nerviosas se esconden entre las ramas o saltan de un lado para otro con su agilidad característica.

La urbe creció desde hace medio milenio al borde de la selva, y desde entonces permanece en una puja constante entre el hombre y su medio natural que compiten por la vida, en la cual el depredador humano atenta contra el entorno, sin percatarse de que es una autoagresión.

La conservación de la cuenca del canal de Panamá (a pesar de daños) permite disfrutar de un medio natural que contrasta con la alta tecnología que transita por la ruta fluvial, y convierte los 77 kilómetros del trayecto en una gira turística por medio de la jungla tropical.

Gamboa es uno de los lugares escogidos como base para explorar la vida salvaje, donde las especies conviven en su hábitat, en la lucha por la supervivencia que impone la Madre Natura y los excesos del hombre.

Se encuentra a pocos minutos de la ciudad por carretera y es un punto intermedio en la vía interoceánica, justo sobre el río Chagres, el principal afluente del lago Gatún, embalse artificial construido para facilitar la navegación y suministrar agua para el funcionamiento del canal.

Una guía de nombre Sahimí nos llevó en un recorrido acuático, adonde llamó la atención de cada elemento extraordinario que al visitante pudiera interesar, y comenzó con la cercanía de un enorme portacontenedores, cuyas dimensiones se conoce como Panamax.

A su lado, nuestra pequeña lancha semejaba una cáscara de nuez, y la explicación fue precisa: estas son las mayores embarcaciones que podían cruzar por la vía hasta que entró en funcionamiento el tercer juego de esclusas, por donde transitan los Post Panamax o Neopanamax.   El lanchero detuvo la marcha, giró el timón y enfiló hacia la orilla, donde se divisaba a un pequeño cocodrilo tomando el sol con las fauces abiertas en espera de alguna víctima.

En estas aguas hay muchos -afirmó la guía-, lo que puso en guardia a los tripulantes y de inmediato todos empezaron a rastrear infructuosamente los alrededores en busca de otro ejemplar que nunca apareció.

La joven habló entonces de la colonia de los monos aulladores que habitan en un lugar cercano, pero que no siempre se dejan ver por los excursionistas, aunque el grupo tuvo la suerte de que una familia completa jugueteaba de rama en rama muy cerca de la orilla.

El espectáculo circense parecía ensayado múltiples veces, y una decena de ejemplares saltaba con agilidad para quedarse en ocasiones colgados solo de su cola, pero sin caer, mientras emitían sus ensordecedores gritos por los cuales tienen bien ganado el nombre.

Un simio de la especie cariblanca se subió confiado a una lancha cercana, en busca tal vez de algún alimento, pero al no recibir comida, tranquilamente se marchó a su árbol, aunque antes «posó» para las múltiples cámaras fotográficas que capturaron la imagen.

En un recodo, la frondosa vegetación parecía querer precipitarse sobre el agua y solo de vez en vez pequeños claros o trochas hechas por los animales permitían observar más adentro.

Al estar muy cerca de la orilla, llamó la atención de que en las raíces de los mangles decenas de ostiones o almejas de agua dulce son testigos de que el hombre no frecuenta estos lugares, o lo hace con respeto al entorno.

Más allá, en su improvisado solárium sobre la piedra, una tortuga pintada, conocida como jicotea en otras regiones, miraba a los intrusos que se acercaban lentamente hasta que, a una distancia prudencial, escapó en una aparatosa zambullida.

Resulta difícil de lejos percibir cuántas tonalidades tiene el verde de la vegetación de la zona, característica de esta capital próxima a sus 500 años, que permite el contraste con cualquier otro color de las flores y las ramas secas.

Varias aves revolotean cerca del bote como en misiones de inspección a los invasores de su territorio. Sahimí mencionó nombres de especies y alguien preguntó por el ave nacional, «el águila harpía», pero la guía aseguró que no se avista por esta zona.

Dentro de esa selva húmeda que teníamos delante habita el temido jaguar, una especie en extinción a causa de la deforestación que destruye su hábitat, la cacería furtiva y de las presas que sirven de sustento. Tal vez por eso ni uno asomó sus fauces entre la maleza, aunque quizás alguno nos acechó.

La guía explicó que conviven también en este bosque el venado de cola blanca, armadillo, tapir, oso perezoso y hormiguero, mapache, serpiente verrugosa, boa constrictor y muchos más que pueden apreciarse, solo si el visitante se arriesga a pie por sus senderos.

El Parque Nacional Soberanía, que ocupa la ribera Este del canal de Panamá desde el Pacífico hasta el Atlántico, es un área protegida de 19 mil 545 hectáreas, donde habitan más de mil 300 especies de plantas, 525 de aves, 105 de mamíferos, 79 de reptiles y 55 de anfibios, entre otros.

La tranquilidad que trasmite este ambiente natural con sus olores característicos y los ruidos del bosque son una invitación para la exploración a pie por dentro de la densa jungla, pero… eso quedará para otra expedición, porque a fin de cuentas, la selva está al borde de la ciudad.

*Corresponsal de Prensa Latina en Panamá.

URL: http://misraicesdigital.com.mx/?p=17083

Escrito por en Ago 10 2019. Archivado bajo INTERNACIONAL. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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