Los soldados de la Conquista, revindicados en la obra de Bernal Díaz

Conferencia de Guillermo Turner Rodríguez

Norma L. Vázquez Alanís _______________

 Los protagonistas ignorados de la conquista de Tenochtitlan fueron los soldados que venían con Hernán Cortés, según la particular visión del cronista Bernal Díaz del Castillo, quien en su ‘Historia verdadera de la conquista de la Nueva España’ expone lo que hacían y decían éstos en su vida cotidiana.

En su conferencia “Los otros conquistadores”, el maestro en Historia por la UNAM Guillermo Turner Rodríguez abordó el tema, basado en el texto de Bernal Díaz del Castillo, como parte del ciclo de charlas que con motivo de los 500 años de la llegada de los españoles a Tenochtitlan organizó el Centro de Estudios de Historia de México (CEHM).

Los soldados de la conquista procedían en su mayoría de Andalucía, León, Extremadura y Castilla la Vieja; pero no sólo llegaron españoles, también genoveses, italianos, portugueses, así como algunos griegos, una diversidad de individuos de regiones muy distintas y disimiles estratos sociales y culturales.

Había, relata Díaz del Castillo, personas de calidad e hidalgos que pertenecían a la aristocracia del nivel más bajo, residían en pequeñas ciudades o en el campo, donde sus parientes habían luchado en contra de los árabes y por eso habían ganado este rango, bellacos que era el nivel más bajo socialmente hablando, así como de gente de la mar, por la cual sentía un cierto desprecio porque tenían muy pocos conocimientos y cultura, o eran muy rústicos.

Contra lo que se pensaba, sólo un16 por ciento de los soldados de la conquista no sabía leer ni escribir, así que una buena cantidad eran letrados, a diferencia de quienes acompañaron a Cristóbal Colón y que tenían otro perfil, pero todos ellos venían en busca de beneficios que no tenían en sus lugares de origen, tierras y oro, precisó el investigador de la Dirección de Estudios Históricos del INAH.

Bernal Díaz del Castillo sabía leer y escribir por ser hijo de un regidor en Medina del Campo y llegó a América con 18 años, dijo Turner Rodríguez, de manera que es posible suponer que en algún momento hizo labores de amanuense como copista por su habilidad para escribir o que haya estado involucrado con cuestiones de comercio porque en su crónica se nota que tiene muy claro cuál es el valor de un arma, o de un caballo.

Una de las motivaciones para la obra de Díaz del Castillo, comentó el ponente, fue que cuando leyó las crónicas de la conquista de Francisco López de Gómara y Gonzalo de Llescas, a quienes llamaba ‘coronistas’ porque escribían para la corona española, se indignó mucho de que no se hablara de los soldados y pareciera que el único participante había sido Hernán Cortés; otra fue obtener mercedes y el botín, así como tierras y encomiendas, además su idea era ganar fama y gloria.

La voz de los otros conquistadores

En “La verdadera historia de la conquista de la Nueva España”, Bernal plasma lo que él escuchó de otros soldados, más allá de lo que realmente vio, y menciona quiénes eran sus fuentes, un tal Juan de Herrera, o Juan de Guzmán o Cosme Román; también leía las cartas que llegaban adonde se reunían Cortés y sus demás capitanes, porque algunos no sabían leer y es posible que él haya sido uno de los soldados que debían decirles qué se escribía y qué información recibían escrita.

Algo muy curioso en Bernal Díaz que no he visto en otros autores, apuntó el historiador, es que escribe sobre la voz que tenían; la voz es realmente algo que me parece muy original, pues de la forma de hablar y de la conversación ya en libros del siglo XV se había escrito.

Así, dice que el capitán Luis Marín ceceaba, que Cristóbal Olea tenía la voz clara, de Pánfilo de Narváez señala ‘era hombre que hablaba muy entonado y su voz en la plática como que salía de bóveda’, de Juan Velázquez de León comenta ‘era de voz algo alta y espantosa, gorda y algo tartamuda’, si bien era de buena conversación, algo que en esa época significaba el nivel cultural que tenía el personaje.

Bernal alude a las creencias, las prácticas heterodoxas y los temas de lo sobrenatural, fenómenos a los que se les vinculaba siempre con el demonio; en esta época se acuñó la expresión ‘tener familiar’ y significaba que alguien tenía un trato con el diablo para un provecho personal.

El caso que relata Bernal es el de Blas Botello Puerto de Plata: “estaba con nosotros un soldado que se decía Botello, al parecer un hombre de bien y latino (que sabía latín), era una persona educada y había estado en Roma, decían que era nigromante, otros que ‘tenía familiar’, algunos le llamaban astrólogo; este hombre había dicho que cuatro días haría que hallaba por sus suertes o astrología que si aquella noche que venía no salíamos de Tenochtitlan, que si más aguardábamos, ninguno saldría con vida”.

Precisó Turner Rodríguez que era una época en la que había muchas supersticiones. Bernal y otros soldados hablaban de varias caídas de caballos que eran interpretadas como algo de mal agüero; pero en todo momento Hernán Cortés se mostraba como alguien no supersticioso.

Las enfermedades de los soldados

Bernal Díaz describe qué hacían los soldados para recobrar la salud si estaban enfermos o habían sido heridos, todos ellos hablaban de sus heridas con mucho orgullo porque demostraban su participación activa en los combates, o bien actos heroicos realizados durante la conquista. El autor cuenta, por ejemplo, que en Iztapalapa fue mal herido con el rebote de una lanza que le dio “junto al gaznate”, que estuvo en peligro de muerte, haber recibido unas cuchilladas, o un flechazo, e indica que por esas heridas graves no estuvo presente en varios de los enfrentamientos, dijo el investigador del INAH.

En especial menciona el “mal de lomos” que cobró la vida de seis o siete soldados jóvenes y al buscar cuál era la causa de ese mal, llegó a la conclusión de que se trataba del dolor de costado relacionado con la pulmonía o pleuresía. Lo asoció a la “sangre y polvo que estaba cuajado en las entrañas y que los soldados vomitaban por la boca después de los enfrentamientos”.

Díaz del Castillo refiere de soldados que estaban tullidos de bubas o tumores, síntoma que hoy se sabe puede deberse a la sífilis o una modalidad de lepra; otros padecimientos eran el mal de espanto, tener cámaras, es decir diarrea, y ‘mal de modorra’ o peste.

Bernal alude de manera muy discreta y diplomática a las dudas que tenían muchos soldados sobre la muerte de distintos personajes, ante la sospecha de que el propio Cortés les hubiera dado arsénico o hierbas venenosas, pues se sabía que en los ejércitos el capitán traía alguna persona que se encargaba de hacer estos trabajos.

Díaz del Castillo habla de médicos, cirujanos, maestres, barberos, boticarios, matasanos y salvadores, y asegura que los matasanos cobraban muchísimo por curar. Un grupo de italianos manejaba los remedios más empleados en la época como sangrías y purgas o aceite caliente y sal, pero si no los tenían echaban mano de la grasa de los indios muertos, explicó el maestro Turner Rodríguez.

La obra de Bernal Díaz del Castillo revela que aquellos soldados eran un grupo heterogéneo que, a pesar de no tener los mismos elementos culturales, tenían las mismas experiencias de la conquista; los momentos de estar en peligro en las luchas contra los indios los cohesionaron hasta cierto punto, porque también había dificultades entre ellos. Empero, dos elementos culturales estaban muy presentes: que de alguna manera seguían la religión católica y que se comunicaban en castellano, así supieran alguna otra lengua. Tales eran “los otros conquistadores”, concluyó Guillermo Turner Rodríguez.

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Escrito por en Jul 9 2019. Archivado bajo PASEO POR LA HISTORIA. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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