¡El más grande..!

A tres años del adiós de Muhamed Alí

.- Ama y haz lo que quieras, porque quien posee el amor todo lo posee, decía Cassius Marcellus Clay,  el mejor deportista de todos los tiempos, pero también, uno de los seres  más grandes que haya conocido la humanidad.

 Heriberto Bonilla Barrón _______________

Callado y casi inmóvil por la enfermedad, el 3 de junio del 2016 se apagó el hombre y creció el mito, rodeado de un respeto casi universal.

Es evidente que la muerte de Muhammad Alí no podrá con su fama.

Hoy a tres años de su muerte en FUERZA AGUASCALIENTES y MIS RAICES DIGITAL podemos asegurar que será para siempre ¨El Más Grande¨.

Ama y haz lo que quieras, si te callas, calla por amor, si hablas, habla por amor.

Si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor; ten la raíz del amor en el fondo de tu corazón.

De esta raíz solamente puede salir lo que es bueno.

Ama a tus enemigos y haz el bien a los que te lastiman y te odian, pues nuestro Señor llamó amigo al que lo entregaba y se ofreció espontáneamente a los que lo crucificaron.

Ama y haz lo que quieras, porque quien posee el amor todo lo posee, decía Cassius Marcellus Clay, ¨El Más Grande¨ deportista de todos los tiempos, pero también, uno de los seres humanos más grandes que haya conocido la humanidad.

El fallecimiento de Mohamed Alí alcanzó mucho más que al mundo del boxeo sino también a un icono de la sociedad estadounidense y del mundo en general.

Es indudable que Ali, ¨El Más Grande¨ fue una de las personas más reconocidas en el mundo por sus acciones dentro y fuera del ring.

Su postura sobre el servicio militar y la conversión al Islam traspaso las líneas raciales y polarizo a todo Norteamérica y al mundo.

Más tarde habría de convertirse también en el símbolo que unificó a la gente con sus mensajes de libertad, la paz y de igualdad.

Y al igual que todos los Medios del planeta, FUERZA AGUASCALIENTES y el diario hermano MIS RAICES DIGITAL no quieren quedarse atrás para dar a conocer algunos de los pasajes de este hombre por el cual los afroamericanos pueden gritarle al mundo su libertad.

Y para hacerlo, vimos durante gran parte de la madrugada de ayer la emotiva serie documental de su vida y sus peleas que transmitió ESPN, en una jornada que hasta nos hizo llorar porque aunque personalmente yo era casi un niño, me acuerdo de cómo me emocionaba con sus peleas y no se diga mi señor padre Don J. Cruz Bonilla M., quien fuera su gran admirador.

«Su contribución a este país y al mundo serán recordados por las generaciones venideras», dijo el día de su muerte el presidente norteamericano Barack Obama, quien presumió unos guantes firmados que le regaló Ali.

El significó tanto para muchas personas alrededor del mundo -tuvo un efecto tan transformador en la sociedad norteamericana y un impacto tan grande en el mundo debido a su espíritu- que será recordada como una de las personas icónicas de la historia, dijo a su vez el ex presidente Bill Clinton.

Y NACIO EL GRAN MITO

Muhammad Alí nació el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky, hijo de la pareja de clase media formada por Cassius Marcellus Clay Senior y Odessa Lee Grady Clay.

Hablamos de clase media negra, de modo que no es la que uno se imagina, aunque tampoco llegó a pasar hambre de niño.

Y además, en el sur de los EU de los años 40 y 50 existía un trasunto del régimen del Apartheid en Sudáfrica que, por descontado, marcaría de forma indeleble la existencia del campeón.

“Después de 32 años de luchar contra la enfermedad de Parkinson, Muhammad Ali murió a la edad de 74 años”, anunciaba el 3 de junio del 2016  Bob Gunnell, el portavoz de la familia Ali.

“El triple campeón de pesos pesados del mundo murió en la noche”, dijo el comunicado. Minutos después, la confirmación llegó a través de su cuenta oficial de Twitter, en la que apareció una imagen del boxeador con la leyenda 1942-2016.

Los pesos pesados nunca habían conocido un ejemplar semejante: un atleta anatómicamente armonioso, de finos rasgos faciales, que se desplazaba por el cuadrilátero como si pisara sobre un lecho de plumas o gravitase sobre un colchón de aire.

Una estatua animada de 192 centímetros y 102 kilos de músculos flexibles, animados por una plasticidad innata.

Poseído por las musas en lugar de las furias, eludía el contacto brutal de los de su género y reemplazaba los impactos por picaduras.

No tenía puños, sino aguijones.

“Pico como un abeja”. No tenía pies, sino alas. “Floto como una mariposa”.

Parecía despreciar el intercambio de puñetazos como única forma de violenta imposición, sustituyéndolo por una variedad selectiva de roces letales.

Su ferocidad era poética; y su potencia, sedosa.

Era humano, pero, en su decisión de distinguirse de los demás, se revestía de un distanciamiento despectivo hacia la especie.

Odiaba pero, en la idealizada construcción de sí mismo, adornaba ese destructor sentimiento con ironía creativa.

Se llamaba Cassius Marcellus Clay, en honor al abogado antiabolicionista del mismo nombre, embajador de Lincoln en Rusia y propietario liberador del tatarabuelo del púgil, a quien cedió su nombre.

Esa mezcla de apostura física y originalidad mental supuso el primer impacto de Clay en la cambiante, vitalista y neurótica sociedad estadounidense de su tiempo y, más tarde, en su extensión a la del mundo entero.

Su prestancia y su inteligencia, o, al menos, su viveza mental, plasmada en un verbo caudaloso y punzante, atrajeron sin obstáculos hacia su persona la atención de ámbitos ajenos a la vidriosa aureola del boxeo y su hipnótica tenebrosidad.

Un deporte mestizo de grandeza y miseria, del que emanaba una áspera lírica o una sórdida épica que atraía, fascinándolos mientras los repelía, a artistas e intelectuales.

Clay, una estrella amateur dirigida por el legendario Angelo Dundee, había sido campeón olímpico de los semipesados en los Juegos de Roma, en 1960.

Pasó ese mismo año al profesionalismo y, entre esa categoría y la de los grandes pesos, entre 1960 y 1964, fue desembarazándose, con golpes casi desdeñosos de prestidigitador, ilustrados con rimas chuscas, de los rivales que los organizadores le ponían en su locuaz e histriónico camino.

Especialmente del ilustre Archie Moore, un ídolo envejecido de 48 años.

El público, no sólo el aficionado, divertido, admirado y escandalizado, perplejo y revitalizado en sus afectos más heterodoxos, lo descubrió entonces.

Y, tras la conquista del título mundial frente a la turbia y hosca mole llamada Sonny Liston, “el oso feo y torpe”, lo elevó a la cima de un mundo -el del espectáculo, en el fondo- siempre ávido de celebridades insólitas pero impactantes y luminarias estrafalarias pero irresistibles.

En la muerte de Clay no queda nada de su existencia dentro y fuera del cuadrilátero que no se haya contado, glosado, analizado, interpretado y contextualizado hasta la saciedad.

Hacía tiempo que el hombre, destruido por el Parkinson, había dado paso al mito y todo cuanto se había hablado y escrito acerca de su persona, su universo y su influencia habían adquirido el tono y la trascendencia de un único, universal y definitivo obituario.

Aunque resulte superfluo, recordemos que, en 1964, al día siguiente de vencer a Liston, y subyugado por la personalidad radical de Malcolm X, anunció su conversión al islamismo y se autobautizó como Muhammad Ali.

Repetimos por enésima vez que renunció a vestir el uniforme (“ningún vietcong me ha llamado negro”), fue condenado como desertor, se le desposeyó de su título mundial y se le retiró la licencia.

Con su fama intacta, incluso acrecida por la polémica, se ganó entonces la vida como orador incendiario en institutos y universidades.

Detengámonos, ¡cómo no!, en su victorioso regreso al ring en 1970, frente a Jerry Quarry, y en sus tres terribles peleas con Joe Frazier.

La primera, en 1971, denominada “el combate del siglo”, terminó con él en la lona y con Frazier reteniendo el título.

La segunda, en 1974, le permitió reconquistar el cetro.

La tercera, en 1975, “Thrilla in Manila”, pasó a la historia de la crueldad boxística.

Ambos rivales se asomaron a la muerte y, tras ese castigo, Ali empezó a sufrir problemas circulatorios.

Quizás imbuido de una invulnerabilidad falsa, inherente al supremo concepto que tenía de sí mismo, los ignoró.

Le sobraron, pues, las 10 veces que subió después al cuadrilátero.

Entre ellas, “cuando éramos reyes”, frente a George Foreman, en aquel octubre del 74 en Kinshasa.

El “Ramble in the Jungle”, el estruendo en la jungla, el salvaje “Ali, bomaye!, (¡Alí, mátalo!)”, de la muchedumbre sanguinaria.

Luego perdería la corona ante un neófito Leon Spinks, aunque la recuperaría en la revancha y en el canto del cisne de un hombre ya erosionado y que, con casi 40 años, sucumbía ante Larry Holmes y Trevor Berbick, mientras su fatigada memoria se detenía, entre vacilaciones y lagunas.

En sus 61 combates (56 victorias y cinco derrotas), que no le deformaron el rostro pero le devastaron el cerebro.

¡Qué paradoja! ¡Qué ironía! Apolo reducido a una existencia vegetativa.

Ali prolongó en su iconoclasta edad adulta una infancia gemela, aunque, naturalmente, a escala infantil, en Louisville (Kentucky), en donde había nacido el 17 de enero de 1942.

Hijo de una madre asistenta y un padre alcohólico y pintor de brocha gorda, estudiante pésimo pero enormemente popular, a veces hiriente, a veces quijotesco, se diseñó un futuro y se revistió de la determinación para alcanzarlo.

Había escrito en su cazadora: “Clay, campeón del mundo”.

Pero eligió el ring por espíritu de revancha y no por amor al boxeo.

Gran parte de su grandeza residió en elevarse por encima de sus imperfecciones, en sobrevivir a sus contradicciones y en proyectarse más allá de sus defectos.

Fue insolente, arrogante y provocador.

Humilló de palabra a sus adversarios, muchos de ellos tan negros y marginados como él.

No fue un modélico cuádruple esposo.

No se comportó como un patriota y se arrojó en brazos de una religión ajena a la tradición y la vocación americanas.

Se comportó como un racista inverso y su realidad estuvo a menudo por debajo de su calidad de símbolo.

Pero nada empañó su magnetismo ni rebajó su carisma.

Fue ‘The Greatest’. El más grande.

 

URL: http://misraicesdigital.com.mx/?p=12396

Escrito por en Jun 5 2019. Archivado bajo DEPORTES. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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