Hannah, de Andrea Pallaoro

Gillian Turner ___________________

Hannah vive en un pequeño apartamento en Bruselas, con su marido y su perro.

Hannah es trabajadora doméstica en la casa de una joven mujer con un hijo que tiene una discapacidad mental.

Hannah participa en un taller de teatro.

Hannah acude a una alberca.

La vida de Hannah es monótona, rutinaria, gris, y totalmente extraordinaria. ¿Por qué? Porque la retrata Charlotte Rampling.

La primera escena muestra a Hannah con su grupo teatral, emitiendo unos sonidos bizarros. Nos llena de inquietud hasta entender que es parte de un ejercicio en el cual todos los miembros del grupo participan.

Poco a poco vamos adentrando en la rutina y la soledad de Hannah. El marido parece haber cometido un crimen con tintes pedofílicos. Hannah lo acompaña cuando se entrega a las autoridades para quedarse en la cárcel.

Ya sola, el mundo de Hannah se contrae. El perro extraña a su dueño y no quiere comer. Su participación en el grupo de teatro, que disfrutaba, le vuelve más difícil, y expresarse es cada vez más duro. Su membresía para la alberca está cancelada. Su hijo la rechaza. No quiere saber de ella ni mucho menos del padre encarcelado. No deja que el nieto se le acerca. Hannah se queda sola en la calle con el pastel de cumpleaños y regalos para su nieto. Es el único momento cuando la vemos desmoronarse por completo. Se encierra en un baño público y grita de dolor.

Aunque en un principio parece que apoyaba a su marido y creó en su inocencia, por accidente encuentra un sobre con fotos que revelan su culpabilidad. Hannah se queda aún más aislada.

Cualquier relajamiento o diversión en la vida de Hannah se va extinguiendo. En lugar de participar, ahora es tan solo una observadora: observa a una chica despechada que grita a su amante; y a un bailarín que da una función de danza moderna en el metro.

Hannah es autocontrol, contención, disciplina. Su rostro sin expresión no delata emoción. No deja de caminar erguida, de buen porte; su presentación es siempre pulcra y ordenada. Igual que no nos enteramos del principio de sus problemas, tampoco sabemos cómo va a sobrevivir, pero sospechamos que su vida continuará en un espiral descendiente de mayor y más profunda soledad. De hecho, la película no da explicaciones, no hay narrativa, el espectador debe sacar sus propias conclusiones.

Hannah es apenas el segundo largometraje del director, el joven Andrea Pallaoro, italiano radicado en Los Ángeles. Su primera película, Medeas, (2013) ganó varios premios. Ahora Hannah le ha ganado a Charlotte Rampling el premio al Mejor Acriz en el Festival de Venecia en 2017. Pallaoro dice que se construyó la película pensando en la Rampling y confiesa que si no hubiera aceptado el papel de Hannah, no hubiera hecho la película.

Charlotte Rampling es formidable. Es Hannah. Es la película. Su presencia llena la pantalla el noventa y cinco por ciento del tiempo. Hace su quehacer diario, se ocupa de su trabajo, acude al grupo teatral, a la alberca, se viste y desviste. Se desnuda física y emocionalmente.

La película está filmada en gran parte en interiores, el pequeño apartamento de Hannah, la casa de su patrona, el metro. El cinematógrafo, Chayse Irvin, hace mucho juego con espejos y con los reflejos de las ventanas, que aumenta aún más lo enigmático y misterioso de la película. Es cierto, es lenta, con tiempos muertos, tomas largas donde no pasa gran cosa. Pero el personaje de Hannah nos llena de inquietud, turbación, desasosiego. Es todo menos una película aburrida.

Escrito por en Nov 27 2018. Archivado bajo ESPECTACULOS. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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