EE.UU. mantiene soldados en Somalia, pese a derrota hace 25 años

Antonio Paneque Brizuela* __________________

La Habana (PL).-  Somalia integra un “selecto” grupo de siete países donde Washington reconoce una presencia militar, pese a que sus tropas huyeron de la nación africana hace 25 años en la segunda derrota estadounidense, después de Vietnam.

El Pentágono solo admite de forma oficial el despliegue de fuerzas en aquel país del Cuerno de África, junto a Afganistán, Iraq, Siria, Yemen, Libia y Níger, aunque todo el mundo sabe que en realidad la potencia occidental mantiene 200 mil hombres sobre las armas en 180 Estados del planeta.

Washington, incluso, enmascara la cantidad real de sus militares en Somalia, las que estimó en marzo pasado en 300 efectivos, cuya misión se reduce, según el discurso oficial, a contrarrestar la “amenaza terrorista” del grupo fundamentalista Al Shabab, desde hace años aliado de Al Qaeda.

Aunque otras fuentes hablan de 400 soldados, expertos en el tema recuerdan que la potencia norteña mantiene su prudencia respecto a incrementar esas tropas, por el recuerdo traumático que dejó entre sus líderes el citado fiasco militar del 3 de octubre de 1993.

Respecto a Estados Unidos, y en especial a sus acciones militares, es difícil discernir la verdad, pero a juzgar por declaraciones de sus dirigentes esos centenares de soldados le bastan para garantizar su actividad de asesoramiento, sin descontar otras acciones contra los insurgentes, más su habitual oficio de espionaje.

Los militares de Washington apoyan también determinadas operaciones del Ejército somalí, respaldado, a su vez, por unos 22 mil soldados de la Misión de la Unión Africana en el país (Amisom).

PRIMEROS MARINES MUERTOS DESDE 1993

Tras la precipitada huida de 1993, el Pentágono siempre pensó en restaurar su presencia militar, un ejemplo de lo cual fue el envío en 2010 de dos docenas de instructores y consejeros, por primera vez en 20 años, y de otros contingentes después.

Esas fuerzas tuvieron además su descalabro durante un combate contra los extremistas en mayo de 2017, con saldo de un muerto y otros dos heridos entre las tropas especiales (Navy SEAL), primeras bajas de ese tipo desde 1993.

Otro soldado del grupo de operaciones especiales del país norteño murió el 8 de junio pasado en un ataque en el sur, en el que también resultaron heridos otros cuatro militares estadounidenses y uno somalí.

Declaraciones estadounidenses sobre un eventual mejoramiento militar, diplomático y político en Somalia signaron durante los últimos años las posibles variaciones del protagonismo en la nación africana, aunque sus estrategas políticos incumplieron hasta ahora reiterados anuncios de reabrir la embajada en aquel Estado.

La presencia militar de Washington se materializa también mediante ataques selectivos de aviones sin tripular (drones) que matan por igual a terroristas y a civiles.

Esas acciones aéreas dirigidas a distancia son las más constatables y directas de las realizadas contra las milicias insurrectas, en especial en el sur.

Los ataques mediante drones incluyen desde el ajusticiamiento de líderes de Al Shabab, hasta el bombardeo contra cualquier conglomerado de civiles inocentes donde el mando estadounidense sospeche que hay aunque sea un solo extremista.

Veteranos pilotos controlan a distancia esos aviones-robot para que despeguen con plena libertad desde bases de Estados Unidos como la emplazada en Djibouti.

¿PORQUÉ EE.UU. PERSISTE EN SOMALIA?

Aunque según Washington la explicación más simple es el mencionado asesoramiento y preparación de las fuerzas del ejército local, “ineficaz y corrupto”, para su enfrentamiento a las milicias islamistas de Al Shabab, algunos expertos argumentan otros propósitos geopolíticos, militares y económicos.

Esas aspiraciones datan de hace mucho, pero tuvieron una nueva fase con la puesta en marcha en 2007 del Mando África de Estados Unidos o Africom, destinado a controlar las riquezas y las decisiones políticas de esa región.

El exembajador de Washington en Somalia Daniel H. Simpson incluyó entre las razones de su gobierno el hecho de que “tiene su única base en África en Djibouti, la antigua Somalilandia Francesa, en una costa relativamente cercana a Mogadiscio”.

Algunos funcionarios y medios de prensa, por su parte, opinan que el interés estadounidense radica en las potencialidades energéticas de África del este, con yacimientos como el de la cuenca del lago Alberto, en Uganda, junto a otras reservas de petróleo y gas natural en Tanzania y Mozambique, mientras otras investigaciones privilegian a Etiopía y Somalia.

Un director ejecutivo de una firma occidental declaró bajo condición de anonimato que esta es “la última área con verdadero alto potencial en el mundo sin ser plenamente explorada”.

¿QUÉ PASÓ EL 3 DE OCTUBRE DE 1993?

El piloto de Estados Unidos Mike Durand lucía aterrorizado cuando tomó su micrófono y casi gritó, pese a saber que de todos modos sería oído a través del éter: “Súper 64 cayendo, Súper 64 cayendo. “¡Black Hawk derribado!”.

La voz del soldado, herido también por el cohete, parecía crepitar aún 25 años después en los oídos atónitos de los oficiales y sobre el polvo levantado alrededor de algunos militares, que corrieron de un lado a otro en aquel barrio de Mogadiscio devenido ratonera.

Pero no fue solo el miedo y las heridas en el cuerpo, sino también el asombro, lo que hizo temblar al piloto cuando el cohete RPG derribó su imponente helicóptero MH-60 Black Hawk.

En tierra, una multitud de hombres, mujeres, niños y ancianos celebraron la debacle de los enviados de Washington mediante una especie de danza macabra alrededor de las estructuras destruidas de una nave y de algunos cuerpos calcinados, mientras otros arrastraron por la calle el cadáver de un soldado.

Un silencio de muerte siguió al grito de alarma a través de la radio del piloto Durand (luego rescatado en otra costosa operación) en ese domingo 3 de octubre de 1993 en la capital somalí, como un preludio mudo de lo que devendría fatal descalabro.

Durand narraba aquella tarde la caída del segundo súper helicóptero Black Hawk (Halcón Negro) en apenas minutos ante el fuego de milicias locales, cuya preparación estaba muy lejos de la de los marines de la base estadounidense próxima al aeropuerto de Mogadiscio.

¡Nada menos que 18 soldados estadounidenses muertos, 71 heridos y uno capturado!

Una catástrofe bélica y una seria herida al orgullo militar de la gran potencia, cuyas trágicas incidencias serían descritas luego en la literatura por Mark Bowden en su libro “Black Hawk Down” (La caída del halcón negro) y en el cine por Riddley Scott, mediante el filme homónimo.

Pero antes de materializarse en letras, celuloide o video, transcurridos escasos minutos del hecho, sus incidencias se sintetizaron en imágenes mediáticas que asombraron al planeta y estremecieron a la población estadounidense: las fotos con los cadáveres de los marines le dieron la vuelta al mundo.

Cuentan que el comandante estadounidense William F. Garrison puso sus manos sobre la cabeza, gesto que imitarían luego muchos de sus colegas, sin entender cómo simples guerrilleros de una nación africana subdesarrollada con un caudillo al frente, Mohamed Farah Aidid, destrozaron un comando de flamantes marines.

Militares bien instruidos habían preparado y calculado la operación de aquel día para la presunta captura de Aidid y el rescate de los marines cercados y hostigados alrededor del centro de operaciones de los insurgentes en aquel mercado de la barriada de Bakara.

La estrategia consistió en el envío de una fuerza integrada por varios helicópteros y tropas de élite Delta y Rangers para tomar por asalto un edificio en el que, según informes de inteligencia, se escondían Aidid y miembros de su estado mayor.

Pero el derribo de las naves y la desactivación de sus ocupantes se trocaron en casi 100 bajas y el final de la guerra para las fuerzas de Washington, desembarcadas por el litoral somalí entre diciembre de 1992 y enero de 1993, mediante una supuesta “operación humanitaria” y bajo el nombre eufemístico de “Restaurar la esperanza”.

Fue al entonces presidente Bill Clinton (1993-2001) a quien le correspondió la tristemente célebre decisión de retirar de inmediato sus tropas, en lo que sería la segunda estampida militar estadounidense después de la de Vietnam, el 29 de marzo de 1973.

*Periodista de la redacción África y Medio Oriente de Prensa Latina.

Escrito por en Nov 24 2018. Archivado bajo INTERNACIONAL. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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