El simbolismo planetario y el significado de los planetas en la antigüedad

Norma L. Vázquez Alanís __________

La observación del cielo la han practicado todas las culturas desde la prehistoria. El hombre tuvo siempre una extraordinaria capacidad para seguir el movimiento de las estrellas y se dio cuenta que el tránsito de algunas de ellas estaba asociado al control de cosas en la Tierra, es decir, que determinaban los cambios producidos en la naturaleza y el clima a lo largo del año.

Así explicó Francisco Javier Luna, quien es doctor en historia por la UNAM, la atracción que ha ejercido la bóveda celeste en los seres humanos, quienes en los albores de la civilización comprendieron que ciertas estrellas marcaban ciclos y establecían un calendario, pero además sus influjos alteraban esos períodos y por ello pensaron que todo estaba regido por las fases del zodiaco y que también intervenían en las variaciones de su cuerpo.

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En una conferencia sobre el simbolismo planetario y el significado de los planetas, recién dictada dentro del ciclo ‘La biblioteca esotérica de Ernesto de la Peña’ que organizó el Centro de Estudios de Historia de México Carso, Luna hizo un recorrido por el periodo histórico en el que se fue estableciendo toda una analogía entre las estaciones, el ritmo del planeta y el equilibrio de la vida; estos tránsitos, que son existenciales, se asociaron a los movimientos estelares del zodiaco y al recorrido del Sol.

Posteriormente la astrología dio mucha importancia a las constelaciones zodiacales, pues en ellas se basaban para hacer las cartas astrales, en las que desdoblaban los simbolismos planetarios y fueron utilizadas durante mucho tiempo. Se trata de una visión compacta o instantánea del cielo, que servía para determinar las influencias planetarias al momento del nacimiento de una persona.

Para los antiguos astrólogos -explicó el conferencista- las direcciones astrales eran muy importantes, pues el ascendente representaba la puerta al exterior, el medio cielo las cualidades plenas y el descendente las internas. En el caso de las cartas astrales de natalicio, los planetas de abajo representan la interioridad y los de arriba la exterioridad de la persona, pero cuando los planetas aparecían enfrentados, los astrólogos consideraban que había cualidades en oposición o en conflicto.

Las influencias astrológicas están presentes en muchos autores como Tolomeo, para quien las estrellas también determinaban los ritmos de los acontecimientos en la Tierra; este razonamiento lo retomaron los estudiosos de la astrología para definir que no solo había una cantidad de tiempo, sino una calidad de tiempo, pues este no siempre es igual, y llegaron a la conclusión de que el tiempo mismo está determinado por ese gran reloj que son las constelaciones, y a veces es maligno y, otras, es benigno.

El también catedrático de la UNAM dijo que se trata del razonamiento por analogía, es decir, que lo que pasa abajo está determinado por lo que pasa arriba; este principio se encuentra en los textos herméticos de la antigüedad. El primer principio del hermetismo de Platón fue que las estrellas estaban ahí para marcar cambios y acontecimientos, para dar señales. Sin embargo, Carlos de Sigüenza y Góngora dio otro enfoque al hermetismo, opuesto al determinismo astrológico, es decir, pensaba que no todo estaba decidido por las estrellas.

Recordó el historiador que para el pensamiento antiguo solo existían siete planetas, incluyendo al Sol y la Luna; el último planeta era Saturno y no se conocía nada más. El pensamiento astronómico anterior al siglo XVI no consideraba la existencia de planetas sino solamente de estrellas, fueran fijas o errantes, de manera que los astrónomos y físicos de aquella época lo primero que se preguntaron fue si las estrellas se movían a capricho o si seguían algún patrón que les permitiera entender cómo lo hacían.

Para Platón y Aristóteles, las estrellas que se desplazaban lo hacían cada una dentro de una esfera, que a su vez estaba cubierta por una gran esfera celeste; con esta concepción se le daba un orden al Universo, pensaban que en la oscilación circular del cielo, las esferas eran las que se movían mientras que los astros mismos permanecían inmóviles.

Tolomeo dictaminó que el mundo estaba dividido en dos partes: la región elemental y la etérea. La primera comprendía los cuatro elementos (tierra, fuego, aire y agua) y estaba sujeta al cambio, mientras que la segunda era la llamada por los filósofos la quintaesencia, cuya sustancia no tiene variación alguna.

El modelo de Copérnico quitó la Tierra del centro del Universo y puso al Sol, contrapuesto al sistema de Tycho Brahe en el cual la Tierra estaba fija en el centro y los planetas orbitaban al Sol.

En la Edad Media los estudiosos llegaron a la conclusión de que la Tierra no era un planeta y que no estaba en los cielos, consideraban que estaba situada en medio del Universo, suspendida libremente y sin estar sostenida por nada; se mantenía firme a causa de su distancia semejante respecto a todas las cosas y establecieron que la Tierra era el hogar del hombre y las estrellas el lugar para los dioses o las inteligencias angélicas.

Explicó el historiador Luna que los planetas situados alrededor de la Tierra -en aquel tiempo sólo siete- estaban acomodados de acuerdo con una jerarquía, así en la parte superior estaba Urano, el gran gobernante, flanqueado por el Sol o Apolo, o el nuevo rey, y al otro lado Saturno, o rey antiguo; hacia la parte media aparecían Venus y Marte, o complementos más femeninos, y abajo la Luna, caracterizada como Diana, y Mercurio, con sus alas y una vara que representa al hermetismo y a la medicina, por último estaba Júpiter que personifica lo masculino.

Los pensadores de este periodo de la historia discutieron infinitamente sobre dos teorías. Para algunos como Platón, Aristóteles y Tolomeo, los planetas estaban hechos de éter, la sustancia perfecta que no se encontraba en la Tierra, en tanto que los hermetistas Atanasio Kirsher y Carlos de Sigüenza y Góngora planteaban que estaban constituidos por los cuatro elementos, pues de otra manera sería imposible explicarse sus afinidades.

En su observación del cielo, los astrónomos se percataron que había unas estrellas que no se adaptaban al esquema establecido, no estaban sujetas a ninguna norma, aparecían espontáneamente sin ningún tipo de aviso, brillaban durante un tiempo efímero y después desaparecían; se trataba de los cometas. Los estudiosos de estos fenómenos se peguntaron para qué existían y cuál era su razón de ser si no formaban parte de las esferas; llegaron a la conclusión de que Dios los mandaba ex profeso para manifestar algún propósito particular, por lo cual la tradición greco-latina los consideró mensajeros y no pocos autores los calificaron como mensajeros del mal.

Esta relación con las calamidades provocó que sus colores se vincularan con desastres, por ejemplo los cometas rojos estaban asociados con la sangre, la guerra y las enfermedades como la viruela, mientras que los verdes podían causar enfermedades acuosas y eran signo de una muerte particular, a su vez los negros estaban ligados con los terremotos, los amarillos con las enfermedades de la mente, y el más común, que es el azul, con enfermedades acuosas como la peste.

Sin embargo, para Sigüenza y Góngora, quien era astrólogo, los cometas no debían ser interpretados como fenómenos malignos sino como obra de la naturaleza; no tenían por qué ser signos de maldad. En el razonamiento de este hermetista los cometas desempeñan una función natural: reunir todos los efluvios de las estrellas, sus desechos y purificarlos en la atmósfera.

Esta tesis la plasmó en su ‘Manifiesto filosófico’ (1528) en el que escribe: “Los cometas son para que nos maravillemos de la perfección de la naturaleza”, y con este enunciado finalizó su extensa plática el doctor Francisco Javier Luna.

Escrito por en Jul 31 2015. Archivado bajo OPINION. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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